jueves, 5 de septiembre de 2013

Ella vendrá. José Manuel Vara




Un cuerpo retorciéndose
sobre una desvencijada silla de madera,
-máquina de convulsiones
Con movimientos vagotónicos-,
Orines calientes de miedo
Chorreando por las piernas
Y acumulándose en los zapatos
 
   (la puta ley de la gravedad)
Manos atadas a la espalda
Entrelazadas en la madera de la silla,
Miembro inerte y lacerado
Entre los muslos…
ausente hasta su regreso,
  
   (esa es la orden)
Ella volverá con su ración de caos,
Con su cacho de zona oscura
Que él necesita como el aire para vivir,
Para sentir emociones auténticas.
 
  Pasan los minutos, las horas
Que se retuercen angustiadas
En las mazmorras húmedas de su cerebro.
Ella vendrá.
Aparecerá con su tanga de cuero,
Con su arnés de látex,
Con su careta de payaso malvado y violento,
Con sus botas de motorista,
Con sus tetas de silicona y sus pezones como cuchillas,
Con sus ojos verdes artificiales bajo lentillas caras.
Ella vendrá.
 
Aparecerá porque él ha sido el creador de su propia pesadilla,
Sueño retorcido enmascarado de creatividad enajenada,
Suicidio ritual de la razón,
De la frágil apariencia de normalidad propia de los seres humanos,
Ajenos al verdadero orígen de la especie,
 
   (en el principio de los tiempos sólo éramos bestias)
Renegando contra natura del demonio de los instintos…
y dejándonos domesticar por los poderes fácticos
Por un espacio donde vivir,
Por un supuesto amor por el que morir…
 
Ella vendrá
Después de meterse su ración diaria de cocaína,
De anular su conciencia con la perfección de las actrices consagradas
Que repiten la misma obra cientos, miles, millones de veces
Para los mismos espectadores onanistas que las ovacionan
Hasta dejarse laas palmas de las manos en carne viva,
Aplaudiendo sus propios fracasos emocionales
Y su turbio bagaje pasional.
 
Aparecerá con su pasado entregado a un malvado dios de la Duda
Que la incitó a vestirse con ropas de hombre,
 
   (los calzoncillos de su hermano mayor)
Y a temer en silencio a un padre grande como la noche,
Amenaza velada para una niña con mente masculina,
Pecadora inmunda, niña desagradecida…
 
Ella vendrá
Y, temblorosa, entrará en escena,
Guiada por una turbulenta megafonía interna
Que la impulsa a realizar las acciones más deleznables…
y yo soy el que mezcla ese malsano brebaje onírico
Y se lo da a beber en cuencos de tejido neuronal podrido
En pequeños sorbos, para que no se atragante
Con los líquidos densos que brotan de los miedos más profundos,
De las grietas abisales que rezuman bilis negra
En el hemisferio derecho de mi cerebro.
 
Ella vendrá,
Se pone en cuclillas, estirando nuevamente una pierna,
-como animal de presa acechando a su próxima víctima-,
Y se aparta las bragas para orinar sobre el suelo,
Chorro certero, caliente, inmundo,
Que anhelo penetre por todos y cada uno de los poros de mi cuerpo,
Enfermo de amor y adicto a los actos más abyectos,
Cárcel sucia de tormentos,
Costillas hechas con jirones de infiernos
Infestados de pústulas que supuran traumas infantiles.
 
Ella vendrá,
Llegará con su coño dentado como vertiginosa zozobra,
Mientras el alma es amordazada y violada sobre un somier barato.
 
Ella vendrá
Y el tiempo parecerá hacer un paréntesis,
Un estancamiento,
Un pequeño pacto con el diablo
por el puro placer de prolongar el sufrimiento.
 
Ella vendrá.
Y la tormenta se abrirá paso a través del agujero de mi culo;
Su enorme falo de látex comulgando con mi mierda
En un demencial acto carente de pasión…
sólo es látex resbalando en las profundidades de mi carne.
 
¡Cuán siniestras pueden resultar las interconexiones neuronales!
¡Cuán necesario puede volverse el dolor!
 
Ella vendrá.
Su alma hipotecada por mi miseria,
Y arrinconada por la voz fría y monocorde de mi compañero de celda:
¡oye, sí, tú, ella vendrá, te lo digo en serio, tío, ella vendrá!
Y aquí estoy yo, sólo y desnudo ante vosotros,
-ojos y mentes inquisitivas y racionales-,
Contándoos en voz baja para que nadie me escuche
Que ella, al final, vino una noche…
que ella, la locura, penetró en mi celda
Y me comió la polla con el sigilo de los amantes furtivos,
Con la parsimonia de la buena muerte
Masticando un corazón viejo, herido…
luego, poniéndose a cuatro patas me gritó:
¡si tienes cojones fóllame el alma…corazón…
FÓLLAME EL ALMA! 

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