viernes, 15 de agosto de 2014

Los labios del imaginario. Cristina Arribas



Un espasmo en el que creer saberse viva
Él es la palabra que esconde la palabra


“Alma”
Dice ella
“Le falta alma”


Mientras el imaginario
descubre unos labios
Ella bebe vino
En  el resquicio de la puerta
Él parece perderse
pero ella lo ha traído
y yo no puedo más que imaginarme
de dentro a fuera
de fuera a dentro
y ese gesto de sus piernas
que parecen decirme que las quiera
No a ellas


“No es justo”
Me susurra
“No es justo”


Y yo que sólo veo labios
En la puerta


Él
Ella
Lo ha traído
Aquel nombre que nunca he visto
es el que me articula por dentro


A
3
A




Pero ya es tarde
Ya me he visto en su cuerpo
como un fantasma que
no miente


Ella lo ha traído
¿No te he advertido?




miércoles, 13 de agosto de 2014

Aún te amo. Cristina Ocaña






Aún amo el cadáver que dejaste
el que yace inerte aquí junto a mí.
Te sigo amando a pesar de que no estés
tus ojos oscuros como caballo despiadado,
aún puedo oler el polvo que dejaste a tu paso


Amo lo obsceno de tu sexo que se clavaba en mí
una y otra vez sin tregua, sin compasión.


Y ya no puedo seguir buscándote, pues no puedo,
no puedo abandonar este bonito cadáver que es mi persona
yo yazco junto a él y siento el frío de los besos que no poseo
de las sábanas revueltas de aquel maldito y soñoliento hotel
de tu eterna posesión de mi persona, ya no era yo
era tan sólo un bonito cadáver que contemplar.


Mi cabello ensortijado se enredaba en tus manos
mientras me susurrabas dulces mentiras al oído,
me sentí la diosa de tus silencios y desventuras
bebí el dulce néctar de tus labios que lentamente
me envenenaba.


Amo lo obsceno de tu sexo que se clavaba en mí
una y otra vez sin tregua, sin compasión.


Aún amo el irreverente cadáver putrefacto
poco a poco se consume reduciéndose
a la nada.


Pero sobrevivo y encuentro otras bocas
que me dan placeres descosidos.
Un alma rota se descompone a pedazos,
y esos pedazos solo se curan
con miradas que te traspasan de placer.


Mi sensualidad conectó con tus manos
y me electricé con los latidos de tu corazón
fue tan difícil no ser mala contigo en la cama
y dejarme llevar por miradas desaprobadas.


Amo lo obsceno de tu sexo que se clavaba en mí
una y otra vez sin tregua, sin compasión.


Tal vez te amé ciegamente
Pero sólo fue un instante
En tus pensamientos.



jueves, 22 de mayo de 2014

El súper hombre. Ana Patricia Moya


Alberto Vargas




Menos mal que el guion es simple por repetitivo: llego a casa del semental, suelto la típica excusa, me quita la ropa, me soba las tetas, se la chupo, me penetra, me encula, y, al final, se corre en mi jeta. Reconozco que no tengo talento como actriz —estudié Filosofía y Letras, vaya, que no tenía vocación para la interpretación—, pero lo que sí sé hacer es follar de maravilla: eso es lo realmente importante en la profesión pornográfica. Después de dos o tres horas de duro trabajo, toca descansar, porque siempre acabo con el culo y el coño escocidos, y aunque no soy ninguna novata, cuesta acostumbrarse a tanta embestida; me ducho con agua calentita, me pongo mi albornoz rosa (con mis iniciales bordadas: todo un detalle, a pesar de que no tengo caché aún), me siento en mi cómoda silla plegable e intento relajarme leyendo a Nietzsche, que me encanta. Algunos de mis compañeros de trabajo, especialmente actores y demás reparto, se parten el culo de risa cuando me ven devorando semejantes tochos —con más pasión que cuando me trago sus trabucos, bromean los muy cabrones—, esos que conforman de mi colección particular que me llevo al curro; mi atento director y manager —especializado en películas de muy bajo presupuesto—, me replica cada dos por tres que no debería creerme esas patochadas y demás comeduras de coco, que lea revistas del corazón que son más ligeras, pero es que a mí me excita, sobremanera, el pensamiento del genio alemán. En todas las pausas del rodaje, retomo la lectura de los volúmenes que pesan entre mis manos; hoy me ha tocado reinterpretar las páginas sobre el asuntillo del súper hombre: entre polvo y polvo, a una le apetece reflexionar sobre algo que no tenga que ver con la profundidad de la vagina o ano. Y, joder, qué gran razón tenía el loco de Nietzsche. El súper hombre no es ninguno de estos machos con cincelados músculos, tatuados hasta el escroto, con esas tremendas pollas de venas reventonas que parece que te van a atravesar de parte a parte: el súper hombre —¡qué cojones!— es mi padre. El pobrecito mío, pensionista, tiene que aguantar que su única hija, la niña de sus ojos, trabaje en el porno para poder pagar la jodida hipoteca y facturas de ese miserable piso en el que vive toda la familia.



martes, 20 de mayo de 2014

Lo esencial al desnudo. Cristina Arribas


Cristina Arribas



 Nos tenemos con nostalgia

Hacia abajo nos prestamos

Y a su silencio

 



A su silencio





Yo vengo a recogerme


                                                                               

sábado, 10 de mayo de 2014

Una noche de sexo. Germán Piqueras



Hoy he descubierto el sexo por primera vez.
Y en él no hay Dioses ni creyentes,
solo un fuerte olor que aún perdura bajo la ducha.
Solo eso. Un olor permanente que no se puede borrar,
que va más allá de ser bueno o malo.
Es el sexo una tercera categoría en nuestra moral,
un espacio donde la patria es el color de un trozo
de carne degradándose hasta ser placer.
Ese placer de encontrar un charco
donde antes había un zapato,
ese placer de generar una idea
que nunca antes había presidido tu cabeza,
ese poder que solo brota cuando las lenguas se enredan
como queriendo arrancar los órganos.

Todo esto pasará y mi vida será plena,
creeré que no necesito al sexo,
hasta que los meados de perro en la pared
vayan borrando todas las superficiales capas blancas de pintura,
y solo quede una. En la que te encontré.
La real, la sucia, la mía. La que siempre está a la venta
y nunca se vende.

martes, 15 de abril de 2014

El deseo es como una herida... Teresa Domingo





El deseo es como una herida que se abre sin dolor, mostrando la sangre que tirita en el vaivén del mundo. 
Silenciosa en su devenir, roja como un manojo de cerezas, la sangre camina lentamente  y explora los  senderos de los cuerpos como si fueran mares en los que perderse como peces estivales. 
Sola en casa, me desnudo. Imagino tu piel y la memoria de tu piel, el tatuaje interior de un corazón que se agolpa y se cierne entre los muslos del tiempo, en las ingles de la alegría. 
Sola en casa, me acaricio. Huelo a incienso, a vela y me corono con un ajuar de rosas. 
Tendida en la cama, fluye el transcurrir, y el clítoris es una emanación  de la sima donde se esconde el alma de la perra, su celo y su lenguaje. 
Entre mis piernas, se evade la sombra. Las manos crean catedrales y, como el gótico, mi destino es perecer, perecer en un momento y resurgir con las olas del éxtasis. 
¡Oh aquelarre de la pasión, misterio de una luna que fracasa en los períodos de sus fases, vencida por el enigma de la carne

martes, 8 de abril de 2014

Las llamas se derraman en mi boca... Teresa Domingo

American silent film actress Anita Stewart pictured on the beach at Santa Monica,
whilst visiting Jack Mulhall, Alice White and Mervyn Le Roy
who were taking a break from filming Ritzy Rosie



Las llamas se derraman en mi boca
como besos, en el solsticio de la luz.

El sol se derrama y como Sémele
te pido tu esplendor, como si Dios pudiera
inseminarme y mi cuerpo fuera
la Pasión del Cristo.

El día me envuelve entre los coches,
huelo el alquitrán, la gasolina y el gasóleo,
el perfume del fuego y su rutina.

Sé que puedo ser hoguera, y mi carne
el combustible de tu semen.

Recreo el humo. Crea un ocaso
mítico, como un Teseo que pudiera
resucitar a Hipólito, como si la culpa de Fedra
recayera en todas las mujeres.

martes, 1 de abril de 2014

Ven, amado, y... Teresa Domingo


Hedy Lamarr



Ven, amado, y
mira el enjambre, cómo las abejas
pierden la miel y la derraman
por mi cuerpo como si mi misma sangre
palpitara en ellas.

El panal es como el motor de un coche
que se encendiera y tú, tras la ventana,
pudieses oír cómo me ducho e
imaginar el jabón que cubre mi piel de reina.

Vienes y acaricias el agua, te pierdes y yo
me pierdo, me río y tú te ríes, y
entre las risas nos resbala el día
como si fuera un reloj sin tiempo.

La colmena late mientras se alza
en el mismo rumor un mar
poblado por serpientes.

martes, 25 de marzo de 2014

La lluvia acontece en tu cuerpo y... Teresa Domingo






   La lluvia acontece en tu cuerpo  y
es musgo que te late en la piel 
con la tormenta del semen. 

Consagrada, te abrazo desnuda y
palpito en la respiración de tus flores
como si en mí viviera una perra voraz. 

Viene el fuego, y tú ardes en la purificación
como si fueras una llama que tiembla
de una estrella en el alba. 

¡Oh sol, oh rayo de Isis, oh beso de Osiris! 

domingo, 9 de marzo de 2014

Después de. Carmen Solsona







Resonó en su cabeza, el golpe seco, choque de puerta y dintel, la que el día antes había atravesado entre supuestos y conjeturas, deseando que llegado al punto culmen todo fuera como debía. No iba desencaminada, ni siquiera cuando los pasos dados en medida distancia, celeridad precisa, aún a costa de la inquietud y nerviosismo, más propio de una adolescente, que de una mujer madura, zigzagueaban en curvas asfálticas de la ciudad natal que ahora le ofrecía, dadivosa, motivaciones imprevistas, súbitas escenas que esbozaba en su cabeza, cortos y minirrelatos suficientes para hacer un maratón de sensibilidades en versión original. El portazo siguió retumbando durante el descenso, en cuenta atrás, de los siete pisos, no eran números, estaban ahí, las respuestas a aquellas que hizo en sentido contrario, una tras otra, aclaradas y resueltas.

Notaba en su boca un sabor olvidado, el que postergó en pos de un "querer estar" sin más pretensiones; el sabor de su polla, ese último momento de gozo que experimentó, felación ejecutada con torpeza, dada la falta de hábito, ni siquiera podía recordar la última realizada, y sin embargo el temor quedaba atenuado por la lascivia que experimentaba y deseo de traspasarle con su saliva la misma sensación que había experimentado cuando le había tenido entre su piernas, dentro de ella, dentro de su coño húmedo y cálido, provocándole un orgasmo casi eterno.

Apretaba con fuerza los libros, pegado a su pecho, él, poesía reveladora, la que ahora lee queriendo aprender, versos, esos u otros que perfilaron, en su cabeza e interior, lo anterior y lo posterior; el cambio de lo que creyó inamovible, pétreo, frío. Y sin más remedio, volvió al asfalto, intentando contener la pregunta del "después de", ahora sin ondulaciones, sin metáforas, aquellas que las musas reclamaban, las escritas por sus diálogos, sus miradas, sus caricias, sus besos, porque ahora, sin retóricas, explícitamente, le echa de menos.


sábado, 8 de marzo de 2014

En la distancia. Ericka Volkova


1953. Paul Emille Becat Genuine Vintage Etching Art Print



No es esta la primera ocasión en que la distancia a nosotras nos separa. Creía, por ello, que estarlo a mí escasamente afectaría, mas las habitaciones de hotel monótonas se han convertido, aseverándose que estas paredes de color desprovistas en los falsos rincones vuestra sombras ocultan.

No es vuestra voz que por el auricular escucho quien la vehemencia sosiega; es la hambruna mía que por vos exige, demandándome en este apetito por la boca engullíos para saboreaos en esa piel dócil que entre los dedos a mis labios adoso. Y en estas noches faltas, sobre este abyecto tálamo tendida de vuestro nombre sus letras a mis muslos aferro, esperando fueren ellas quienes la humedad con su lengua la ambición de una elegía desequen.

De luz falta, las sombras con vuestra voz en mis senos frente a frente escucho… 

viernes, 7 de marzo de 2014

Anfaegtelse. Angélica Liddell






Mi madre nunca me ha querido. Y por eso me convirtió en un monstruo de amor. Siempre he deseado más amor del que me podían ofrecer. Siempre he deseado el amor que no encontré en mi madre. Y por eso le pedí a los hombres un amor gigantesco, sin condiciones, sin límites, sin final, como supongo que debe de ser el amor de una madre. Los monstruos de amor deseamos ser amados sin pausas, sin descensos. Los monstruos de amor somos increíblemente ingenuos. Creemos en las cimas y en la vida en las cimas. Y eso es imposible. En la cima te congelas, te comen los buitres, o te mueres de hambre.

Recuerdo la historia de una muchacha que subió descalza hasta una cima, en Alicante, el cerro de las Águilas. Antes de marcharse dijo, me voy porque es el fin del mundo, se tendió en la cima tranquilamente, y murió. En las cimas uno siempre está solo. Los alpinistas del amor somos solitarios que llevamos a cuestas la máxima altitud. He llegado a la conclusión de que toda mi vida he buscado el amor de una madre. Y yo he amado con la bestialidad de una madre, de una novia, de una hermana, de la patria y de los ahogados del Sena, todo junto.

TU MADRE ME COME LA POLLA.

Voy buscando a alguien que me ame por la forma que tengo de comerme el arroz, alguien que no sepa quién soy, alguien que me vea en un restaurante chino, comiendo arroz, y empiece a amarme, sólo por eso, por la forma en que tengo de masticar el arroz, de tragarlo, de poseerlo en mi estómago, nada más, alguien que me ame por verme comer arroz, alguien que no me maltrate por comer mucho, o poco o no comer, como tú me maltrataste mamá.

Mamá, si me hubieras cantado esta nana no hubiera necesitado a nadie, hubiera sido fuerte, te hubiera tenido a ti, mamá, no hubiera suplicado amor como una indigente, pero me hiciste indigente, me arrodillé a los pies de los hombres, me abracé a sus piernas suplicando amor, me dejé arrastrar por unas escaleras suplicando amor. Escucha, mamá, esta es la nana que deberías haberme cantado. Esta es la puta nana que deberías de haberme cantado.

MAMÁ, TE ODIO.


jueves, 6 de marzo de 2014

Siempre soñando... Felipe Zapico





Siempre soñando
con muejeres con hoyos de venus
siempre
las camareras ante la cámara de las cervezas
siempre
fuera de alcance
cobertura
siempre
sin poder poner unas briznas
de coca
o speed
ni siquiera
un poco de sal
para el tequila
siempre
siempre
siempre
con ganas de lamerlos.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Podología. José María Martínez







Desconozco todo sobre tus calcetines.
Quiero creer que te los cambias cada día,
pero la verdad es que ignoro de dónde salen.
En ocasiones descubro alguno entre los míos,
tal vez hasta los he calzado en un momento confuso.
¿Dónde los guardas? ¿Cuándo los lavas?
¿Dan vueltas en el tambor junto a mis calzoncillos
y se secan juntos al calor de nuestra terraza?

Nunca me había fijado en ellos
aunque dan mucho de sí. Te los quito
de un tirón, y quedan colgando ridículos
como muñecos de guiñol, como moco de pavo.
¿Dónde van luego? Me da lo mismo. Te imagino
de compras en la sección de ropa interior.
¿Cómo los eliges? ¿Vas sencillamente
al cajón de los más baratos?
¿100% algodón o con algo de lycra?

La tarde que te conocí, no reparé en tus calcetines.
Las manos se me fueron a tus piernas morenas.  
Venero tus pies de estatua de diosa griega
tus tobillos de guerrera nubia, la tibia
carne en el hueco de tus rodillas.

No me importa el destino de esos envoltorios
cuando los arranco como piel de conejo
para revelar el suave relieve de tus dedecitos,
sensibles pececillos al tacto.
Cuando rezo a la bóveda de tus pies
con dedicación, cuando digito
y pulso las cuerdas que convierten en placer
la ancestral tortura china, nadie más conoce
el secreto que ocultan tus calcetines.

martes, 4 de marzo de 2014

Oopart. Federico Santarcángelo





En su prolija devoción por la filosofía oriental, por el yoga, por los mandalas, Amalia dejaba en evidencia toda su occidentalidad. En un principio yo creí, con algo de injusticia, que ella era una muchacha más de esas que saben encontrarse en las capitales de mi país, que pretenden ser reconocidas por sus gustos y querer ser alguien a través de lo que fueron los demás. A pesar de eso, me sentí fuertemente atraído hacia ella; atraído de un modo violento y melancólico. En una fotografía gastada puedo verme junto a Amalia en un olvidado jardín de una república casi lejana, caminando bajo la cítrica sombra de unos limoneros, vagando con fresca felicidad entre el rumor de algún arroyo anónimo, por calles de un marmóreo y granítico empedrado gris. Sí alguna felicidad había en aquel sitio, era sin dudas la que agregaba la sonrisa de Amalia, tan sonora, tan sincera, tan de siempre.

Pero no voy a desviar mi relato.

A medida que uno envejece, la memoria se decora de pormenores insignificantes que al fin de cuentas vienen a ser algo así como las pinceladas finales en un cuadro, que agregan lo que fue sustancial desde el principio. De ese modo ha estado trabajando mi memoria, edificando un universo tan complejo e íntimo del que yo casi podría ser ajeno. Haré un esfuerzo por recordar a Amalia tal y como era, y no como he creído verla después de tantos años de extrañarla.

Era yo, por ese entonces, un muchacho joven, fuerte, con la fortuna de que las mujeres me amaban solamente porque yo no había aprendido a querer todavía. He aquí como muchas veces los máximos placeres les son ofrecidos a las personas que menos méritos han hecho para merecerlos. Lo cierto es que yo paseaba entre abrazos y escotes con la misma fugacidad que trae implícita la urgencia de la vida; como si sin proponérmelo quisiera recuperar algo que había tenido y que había perdido alguna vez.

Pero un día nos unimos; y una sola semana bastó para alimentar toda una vida.

Fue una tarde y fue en abril que encontré a Amalia, y supe que mi búsqueda había cesado. Desde el primer día la quise y porque sus placeres diferían tanto de los míos fue que encontré en ella un desafío que me animó. Amalia caminaba bajo la lluvia cuado estaba triste, se cortaba el cabello cuando estaba aburrida, había leído y estudiado a los poeta antiguos, sabía latín y memorizaba unos cientos de poemas que citaba en nuestras conversaciones. A mi me bastaba, para estar completo, su compañía. Tenerla cerca en la hora del crepúsculo, mientras la última luz del día hacía méritos por atravesar el vidrio empañado de la casa, era mi jardín, mi vergel. Todo eso era nuevo para mí: yo la quería por su pasado, por el sabor de la literatura en sus labios pálidos, por el dibujo de sus ojeras y la caricia de su pelo, por la bebida que compartíamos en el debate lúdico y edificante sobre civilizaciones antiguas. Después de citar alguna famosa sentencia, solía decir: “lo sé porque estuve ahí”. ¿Cómo no quererla? ¿Cómo creer que hasta ese entonces ella hubiera vivido en la solitaria compañía de poetas muertos?

La tarde en la que se centra mi relato fue la última y también la más enigmática, la más dulce de nuestra historia juntos. Caminábamos del brazo por un corredor de piedra, a través del casco antiguo de una ciudad anónima. Amalia me había explicado, la noche anterior, que descubrir una ciudad nueva era redescubrir, una vez más, las cosas que nos daban felicidad, y que esas cosas no cambian con el tiempo: los arcos herrumbrados sobre una puerta antigua, las plantas que ofrecen sombra a un viejo sentado en la vereda, el color del cielo justo antes de una lluvia ligera. “En todo eso me reconozco una vez más, y entiendo por qué te quiero tanto”, me dijo. Hacia el final de la calle, un vendedor ambulante puso en mis manos una rosa pálida, y yo la acepté porque entendí que rechazarla sería una forma de negar la sentencia que Amalia había dictado con tanto amor (esas supersticiones no me abandonaron jamás). Caminamos un poco más, y bajo un árbol de copa oscura nos sentamos, extasiados de horizonte y de besos. De un momento a otro se escondía el sol y un apenas visible disco plateado adornaba el crepúsculo. No fue ni antes ni después a ese cambio brusco de luz que sentí en los labios de Amalia el más intenso halago de fruta, el más íntimo y húmedo tesoro de su pasión. Algo debió haberme alarmado, porque intenté desprenderme de Amalia con horror. Una remota brisa me golpeó como queriendo despertarme de un sueño antiguo, como si el peso de mi cuerpo hubiera sentido el cansancio y el desgaste de miles de años. Amalia sonrió, casi ancestralmente. Nos besamos y sobre la tierra húmeda nos amamos, una, dos veces. Ya desnudos, con los sentidos abiertos nuevamente al mundo, sentimos el latido acompasado de la savia en los árboles, el aleteo nocturno de los últimos pájaros espantados, el granítico paso de los insectos, la maquinaria del universo recorriendo las horas.

En una isla de Grecia, hace cientos de años, vos me quisiste así. Lo sé porque estuvimos ahí, salvo que yo lo recuerdo”, dijo Amalia. “Tenés que ver qué lindas cosas eras capaz de escribir y leerme”. El destino me perdone, yo pensé que ella jugaba conmigo; yo no entendí, en ese momento, cuánta verdad había en la oración. “Muchas veces habrás soñado con aquel umbral, nuestro umbral. Muchas noches habrás despertado con el amargo sabor de haber perdido una fortuna”, agregó.

Minutos después la había perdido para siempre, o al menos por otra eternidad. En algún otro lugar (en algún otro tiempo) ella me seguirá buscando.

Algunas noches temo que me encuentre así, viejo y abandonado al recuerdo, y que ya no me reconozca. O quizás eso no sea más que la superstición de un hombre cansado.

sábado, 1 de marzo de 2014

Comunión. Cristina Peri Rossi

En Sangrantes, VV.AA. Luna Miguel (coord.) (Origami, 2013)




Y como de un cáliz
bebí la sangre de tus entrañas
la sangre que manaba entre tus piernas
lluvia de vida y de amor
de dolor y de fuerza

Tú manabas sobre mi boca
como mana el agua al sediento

como la fuente gotea en verano.

Tú escanciabas desde los orígenes
tus óvulos de menstruo tu celo

Y luego,
te di a beber mi propia sangre
manó sobre tu boca sobre tu pecho
sobre tus mejillas

Pacto de sangre
pacto de amor
sello sagrado
cálices gemelos
la hermandad del amor
y del género.

jueves, 27 de febrero de 2014

l a v a. Jorge Coco Serrano

Jorge Coco Serrano


limpio el espejo
dedentro parafuera
desde tus ojos
me observo



cuelgo la ventana al tendedero
me miro      a   través de ella
 y
el cielo
es una
bóveda lasciva
que inventa figuras
parapalpar tus senos


ato  lapuertalaventana
salgo a través de ella
y las nubes
son lúbricas gaviotas
que al sacudirse
l l u e v e n
soy
ese lácteo
que intenta anegar tu magma selva





¿por qué no sales a la rambla para que aflore el sol?





miércoles, 26 de febrero de 2014

Algas. Javier Cristóbal





No sé si ha de llegarme la alegría Por eso me transmito instrucciones precisas de hacer fecundo el rito de encontrarte al fondo de tus muslos en mi boca Como si no supiera el último sabor de los puñales

lunes, 24 de febrero de 2014

Ser Emmet y Edith Gowin. Lara Lomas Gómez



Edith, Danville, Virginia, 1969. Emmet Gowin.



Haría leña con las vigas de la biblioteca, las ordenaría cuidadosamente en el maletero de tu furgoneta. Cerraría los libros con los que te distraes y te convencería con una sola palabra. Haría el fuego más rojo (más que tu sudadera) para calentar la casa, te bajaría la cremallera para calentarme las manos, y me pondría un nombre capicúa para que me amaras toda la vida.

Quiere que le escriba palabras en la nuca
Mientras coge mi corazón
el de la mano
Y me ayuda a dibujarle laberintos de espirales

—por los que podías haberte perdido tú.



viernes, 21 de febrero de 2014

Paradoxia (frag.). Lydia Lunch

Paradoxia (UHF, Melusina; 2008)

Lilli Herder, Fritz Rasp & Karl Platen. Warning Shadows (1923)


Follar por pasta era, para mí, la quintaesencia de la libertad. Una pantalla en blanco en la que pudieras proyectar cualquier imagen que quisieras. Una regresión de la realidad. Un lugar donde excomulgarme de mí misma. Me disolvía en un tenue velo, tras un disfraz repleto de seudónimos, estrategias, modus operandi, identidades falsas. Sentía una extraña lástima por los hombres a los que prestaba mis servicios. Sentía más respeto por ellos que por la mayoría de la gente que conocía. Todo se mantenía a un mismo nivel: tú les vendes una fantasía durante treinta minutos o una hora. Ellos consiguen lo que pagan. Tú lo que necesitas. Dinero. Y entonces se largan. Nada de mierdas. Sin tener que cuidarlos. Sin sostenerles la mano. La mayoría de los hombres eran demasiado desvalidos. Desesperados. Dependientes. Como niños , incapaces de asesinar a la niña que llevan dentro. Siempre pidiendo amor, compasión. Atención constante. Que alguien los reafirmara en su masculinidad. Que su sexualidad fuera reconocida. Que su falo fuera adorado. Exactamente igual que cualquier cliente, sólo que aquéllos no habrían admitido tener que pagar por ello. De una forma o de otra.

jueves, 20 de febrero de 2014

Déjame tocarte con mis palabras... Mark O'Brien





Déjame tocarte con mis palabras
ya que mis manos yacen inertes
como guantes vacíos.
Deja que mis palabras acaricien tu cabello
se deslicen por tu espalda y te cosquilleen el vientre
ya que mis manos, tan livianas y aladas como ladrillos
ignoran mis deseos
y se rehúsan tercamente a realizar
mis más silenciosos deseos.
Deja que mis palabras
entren en tu mente portando antorchas.
Déjalas entrar voluntariamente a tu ser
para que te acaricien suavemente desde dentro.

lunes, 17 de febrero de 2014

La madrugada roja de Barcelona. Germán Piqueras


M.R.
Flickr de M.R




No te des la vuelta,
podría ser demasiado
y ambos callaríamos
ante la violencia de tanto silencio de mentira.

Es todo lo que me sugiere el gesto
de que tú me persigas por delante,
atenta a mis desvaríos de calles e ideas,
y a ti misma, por si acaso se te olvida
perderte. Una noche más.
Y no va ninguna.

Continúas tu persecución.
Tu ego y el mío son uno,
tus pasos y los míos hedor,
de algo impalpable que amamos
porque tememos.

Sé que acabaremos lejos de aquí.
En aquella calle que no nos mira
y allí, necesitados de afecto y miedo,
follaremos los tres, mientras
Barcelona se debate entre la idea
de amanecer o morir.

Nunca perseguiste tanto una duda.


viernes, 14 de febrero de 2014

jueves, 13 de febrero de 2014

Vacacional. Antonio García Yedra




Se derrite
tu cuerpo
fogoso
entre
las olas
yo admiro
tu top-less
cadencioso
preñado de sol
se deshace
como arena
mi boca
hambrienta
de ti


miércoles, 12 de febrero de 2014

Asesina mis lunes. Noelia Olmedo


Trans-Europ-Express (Alain Robbe-Grillet, 1966)



Lame mi espalda.
Dedícame el tiempo de las arañas.
Pisa mis desmayados lunes.
No los quiero.
Sólo a ti, besándome con barba de dos noches.
Sólo a ti con tu mano en mis pestañas.


Cántame algo muy loco.
Como una canción infantil donde salga un gato.
Me gustan.
Tanto como que arañes mis hombros con tus pelos:
alambres de punta fina.


Lame mis rodillas.
No me dejes caer.
Hoy no. Maldito lunes de viento glacial.
Diez minutos dame.
Sólo diez minutos preciosos
y tú como un marinero intrépido en mis mares.


Eso es lo que necesito hoy
para que hoy sea otra cosa.
Una buena historia que contar
a nuestros nietos inventados


Eso quiero.


Ven a poblarme el vientre de saliva
y desmanes.
Que me importa un bledo este lunes-infierno
si te tengo entre mis muslos abiertos.


Lame el centro de todos los precipicios.
La laguna donde se esconde la segunda
mujer que amé
un domingo.


Y ahora te digo,
mi magnífico compañero de vida y de almohada.
Ahora te digo que haces que todos
los lunes se mueran de rabia
porque ya no rompen la risa:
no me matan.


Tú lames mis heridas
y encuentras tesoros escondidos
en lunares y sudores
que bebemos sobre sábanas
asombradas.


Asesino de mis lunes-trampa,
buen compañero de camino.
Lame mi espalda,
yo lameré tu corazón.
Sé que tú también los odias.
Tienes una pequeña colección de madrugones
con despertadores que explotan.
Yo también puedo con ellos.


Somos los guerreros que limpian
de maldad el calendario.
Y somos imbatibles.