jueves, 6 de junio de 2013

Sueños con Fedra. Federico Santarcángelo

Lo fantástico nos acecha




Lo fantástico nos acecha. Tal vez por ese motivo acabamos por aceptar, casi como al descuido (pero no sin naturalidad), los episodio más inverosímiles. La siguiente historia podría anotarse dentro del grupo de las cosas increíbles, pero ustedes que me leen deben saber que yo no busco credibilidad, sino más bien algún consuelo. Que no quiero tanto una explicación, como volver a sentir su dulce aliento junto a mi oído; no tanto una satisfactoria relación de posibilidades, como poder recuperar, poderoso y virtual, aquel recuerdo del tacto de sus caderas y de su encaje. Sin embargo, llamado a la inevitable aventura intelectual en que todo hombre se embarca cuando necesita explicaciones, pienso que la verdad, en este caso, bien puede esconderse detrás de la antigua teoría de los pases

Para que ustedes comprendan de lo que hablo, necesitaré relatar dos episodios concretos. Uno, el reciente, el conocido por todos, es la desaparición de la bailarina Fedra Heart; el otro, más personal, el de mis dificultades para dormir.

Es cierto que ya nos hemos acostumbrado a su ausencia, y que las autoridades aun investigan la extraña magia que pudo haber provocado su espontáneo viaje secreto, pero yo, que estuve ese mismo día entre la audiencia que la vio desaparecer entre pasos de baile y acompañamientos de orquesta, no puedo pensar en otra cosa. Se levanta el telón, las luces se desvanecen y, por la alta escalera de rosas, Fedra comienza su lento descenso sensual, su erótica danza de seducción animal. Expone sus caderas y se sabe una hembra poderosa. Yo, que estaba en primera fila, viendo en pieles y sedas a mi heroína de recortes gráficos, no inventé su perfume aquella noche: puedo jurar que era dulcemente sexual y sugestivo, y que llegaba hasta el final de la sala, envolviéndola en deseos de posesión.

Aquí viene lo extraño (si dejamos pasar, desde luego, la fantástica hipnosis que es capaz de provocar una mujer), lo oscuro. Hablé al principio de la teoría de los pases, que nos explica, con delicada falta de detalles, el modo en que los exactos movimientos de las manos en un mago pueden causar la aparición y desaparición sucesiva de determinados objetos en el espacio. La teoría es antiquísima y fue objeto de estudio de numerosos magos y charlatanes. Su relación con Fedra me vino casi por casualidad, mientras leía un cuento del tipo fantástico, de Bioy Casares, en que las combinaciones del vuelo de un piloto de avión en el aire causaban su desvanecimiento y posterior aparición en un tiempo paralelo. Si aceptamos esa clave fantástica como posible, podemos entender (o jugar a que entendemos) la forma en que mi heroína, aquella noche, entre pasos tan elaborados como sexuales, se esfumó ante un auditorio de elegantes caballeros. Mientras posaba su mano sobre sus pechos, tapando como al descuido su mayor tesoro, mientras palpaba su boca con el índice, dibujando sobre él un delgado hilo de saliva y de rouge, mientras la transparencia de su falda permitía adivinar el fino encaje negro de sus ligas y la postura de sus caderas delataba el delicado triángulo de luz que se dibujaba bajo su braga, la misma Fedra se hizo perfume en el aire y desapareció. Lo que ocurrió después, en aquel teatro, es trivial, predecible, y no nos importa.

El siguiente episodio, en el que comienza el verdadero relato, está relacionado a mis píldoras para dormir. Sucedió que, en las semanas que siguieron a la tragedia relatada, yo no pude volver a dormirme antes de las dos de la mañana, y esto era una verdadera amenaza a mi empleo y a mis obligaciones. Fue entonces que un amigo me comentó lo de las píldoras y, sacando un blister ajado de su billetera, puso en mis manos los tres rosados y pequeños fármacos.

Aquella noche, luego de la cena y de la fantasía rutinaria con Fedra, luego de ingerir la píldora y de recostarme, inauguré la serie de mayor erotismo de mi vida. Estoy diciendo que yo, un simple espectador, me acosté por tres noches consecutivas con la misma Fedra Heart y que nuestro sexo fue tan real como lo fue mi concurrencia al teatro la noche del incidente.

Si pierdo algún detalle, es posible que mi imaginación alimente y multiplique el erotismo de lo sucedido, pero, como sé que la fantasía no supera a la realidad, lo contado será inevitablemente inferior a la verdadera lujuria con que Fedra y yo nos tocamos, nos besamos, nos unimos. La primera noche ella llegó hasta mi cama, vestida con los encajes de la última vez, caminando el largo corredor de mi habitación con su andar de hembra, arrojando por el suelo las plumas que cubrían sus senos. Yo pude ver, por primera vez, los más hermosos senos jamás imaginados. Fedra siguió acercándose, soltando su pelo, que ahora cubría los pezones, en finos hilos negros. Acariciaba sus caderas, como dándome instrucciones. Siguieron besos, la humedad de nuestras bocas, la saliva de Fedra en mi cuello, mis labios y su pecho. El fino encaje que cubría sus piernas se incendiaba bajo mis yemas, y la seda de sus bragas, tierna al tacto, se estremecía como un húmedo pez esquivo.

La segunda noche fue la repentina aparición de Fedra y yo en un oscuro corredor angosto, con tablas de madera húmeda a los lados, por el que nos abríamos paso siguiendo la tibia luz de una antorcha que Fedra sostenía en su mano, mientras yo me dejaba guiar cerrando mis manos en su cintura fina. Nada veía por debajo de sus rodillas, la oscuridad era pesada y sensual. Por el filo superior de su falda corta, yo veía asomar el elástico de su ropa interior, inmediata y ligera. Las curvas en las que terminaba su espalda se adivinaban como desnudas bajo la seda. El conjunto de piernas y caderas eran una maquinaria de perfecto compás y yo, predecible, las atraje a mi sexo con un fuerte movimiento de brazos. La antorcha caída en el suelo me reveló el furtivo labio carnoso, el muslo descubierto abrazando mi cintura, el encaje oscuro cediendo a mi apresurada mano clandestina. Aquel elástico, que minutos antes yo anhelaba con atracción animal, caminó por sus piernas y desapareció bajo sus tobillos. Lo siguiente, ocurrió todo en la máxima y oscura humedad.

La última noche, la de la última píldora, Fedra se escondía en la alta copa de un árbol y yo estaba con ella. Desde arriba, sentados sobre el mismo tronco, uno detrás del otro, vigilábamos la lenta marcha de un ejército furioso de sabuesos. La noche nos guardaba y el silencio era nuestro tesoro. Pero como a los amantes les place jugar con el peligro, no nos resistimos al tacto suave. Primero con lentos movimientos de roce, luego con exigente urgencia. Mis manos, por detrás, apretaban sus pechos, descendían hasta su sexo inmediato, subían hasta su boca. Ahogando el gemido, Fedra cedía a mis caprichos, y era mía, y el vértigo de la altura y el vértigo de su vientre fueron la misma cosa.

Esto fue toda mi aventura con Fedra y no hubo cuarta noche. Sé que nuestro sexo fue intenso, y que fue pasional, justamente porque su caprichoso carácter irreal le otorgaba un doble privilegio erótico: el del orgasmo y el del oscuro secreto.

Dirán ustedes que los sueños eróticos son corrientes, y tal vez tengan razón. Pero lo que fomenta mi espanto, lo que convierte la serie de noches en algo más espeluznante que una simple fantasía erótica, es la pequeña posibilidad fantástica de que tal vez Fedra ejecutara, la noche del teatro, un baile tan sensual, tan perfectamente erótico, que la volviera (al estilo de los llamados pases) a donde realmente debió pertenecer siempre: al mundo de las fantasías. Que Fedra Heart volviera a aquel mundo para alcanzar la máxima expresión de su sensualidad y que la perfección de su rojo arte erótico la encontrara con la fantasía de mis profundos sueños inducidos.

He conseguido más píldoras.

Develado el misterio (y seguro de que la fantasía es tanto o más excitante que la ejecución), me abandonaré, cada noche, a la búsqueda de la hembra en aquel otro mundo, menos trivial, más erógeno, de los sueños con Fedra.


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