viernes, 7 de junio de 2013

No mentía Fidel. JuanJo Mora

No mentía Fidel cuando relataba su encuentro con la bruja del lago


Por lo que decían las crónicas de la región no mentía Fidel cuando relataba su encuentro con la bruja del lago. El problema era encontrar alguien en el pueblo o en el balneario que le quisiera escuchar todavía.

En Nozindela, la historia del encuentro de la bruja del lago con Fidel era algo parecido a lo que debe ser Quasimodo para el barrio de Notre Dame, Drácula en los alrededores del Castillo de Bran o las correrías nocturnas de Kafka por las calles de Praga.

El umbrío lago es el principal atractivo del balneario de Nozindela, y la bruja, el personaje más histórico y carismático de la comarca. La particularidad del relato de Fidel, el tabernero del pueblo, era que su encuentro con la bruja había sido erótico, por no decir pornográfico –a juzgar por los visajes con que los ojos de Fidel acompañaban a su lento vocalizar–, en vez de horripilante, como cabría esperar del encuentro fortuito con una bruja en los frondosos bosques de castaños y hayas que rodean el lago.

Otra peculiaridad era su detallada descripción de la lencería usada por la bruja, que ésta le permitió ver al aparecérsele de pronto tras uno de aquellos gruesos árboles, cuando el tabernero apenas contaba diecisiete primaveras. Eso y que, por mucho que le entusiasmara contar la historia una y otra vez, su relato nunca iba más allá del momento en que la bruja le bajó los pantalones. Nadie había conseguido hacerle pasar de ahí, ni de bromas ni de veras. Decía que era su secreto y que a la tumba se lo llevaría.

Quizás ese final interrumpido fuera la razón del hastío que provocaba Fidel con su historia, y no que la llevara contando por lo menos treinta años. Esa y el hecho innegable de que Fidel era, aparentemente, un hombre feliz sin más secretos; soltero sin compromiso conocido y que nunca salía del pueblo más que una o dos veces por mes. Siempre para perderse por los bosques de la orilla del lago, salidas de las que volvía canturreando sin decir a nadie donde había pasado la noche. Y así mes tras mes, año tras año, hasta el día en que no volvió.

Dos parientes lejanos –no le quedaban ya cercanos, por lo menos en el pueblo– y tres amigos, cansados de no poder entrar en la taberna, salieron a buscarle pero no le encontraron hasta el tercer día de la búsqueda, y gracias a que el perro de uno de ellos ladró hacia arriba de pronto y allí estaba Fidel, en la copa de uno de los castaños más viejos del bosque, completamente desnudo y enganchado entre las ramas con brazos y piernas, de cara al cielo.

Necesitaron llamar a los bomberos voluntarios de Frinante para poder bajarle. Dicen que tenía los ojos abiertos y su cara era la más pura expresión del éxtasis desde que Bernardette dejó de recoger leña y se asomó a aquella cueva a las afueras de Lourdes.

Sus ropas nunca se encontraron; por esa razón la gente, desde entonces, especula con que no fuera la Virgen a quien Fidel encontrara allí arriba, en lo más alto de su único secreto.


Abril de 2009

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