Me he puesto la máscara
de Catwoman, sólo así puedo mirarme desnuda al espejo.
Es de charol, cutre. Más que una máscara parece una
bolsa negra de la basura a la que le han hecho dos agujeros, pero
cumple su función y, de momento, eso me basta.
Mi cuerpo no es estándar.
A mí no me gusta mi cuerpo. Después de mis caderas
anchas, de mis nalgas flácidas, de mi alta cualificación
en carnes, de mi sexo no atravesado. Yo estoy, después. Me
molesta ser reducida a un número. 33 años. 1´70
de altura. 68 kilos. 1 cabellera tierra de puntas quebradizas, a
media espalda. 1 proyector en el pecho. 1 corazón que pendula.
2 pezones que no importan. A veces, me siento un fraude.
La noche de los lunes es mi
noche libre y aún sigo, con la vista puesta en la cam, en el
hombro donde se apoyan todos los hombres que vienen a mí,
desabrigados, sedientos, buscando, como agua, a la contadora de
historias. Pero hoy, el ritual es otro. Vengo a volar donde no se
puede. Soy la que copula con la noche, con la piel translúcida,
a modo de luna, que nadie quiso tatuarme un deshielo, darme un solo
signo de referencia ¿La que copula con la noche? Menuda
estupidez.
La noche de los lunes es mi
noche libre y es mi noche de ruta, de búsqueda. Y qué
busco sino un acontecimiento de vida. Sí. Los autobuses son
útiles, ayudan a reducir la distancia de seguridad.
Desconocido me ha descubierto, con las piernas cruzadas,
observándole, aguantando. Sé dice así, con la
mirada, la necesidad. A esta hora de la madrugada, somos pocos y
entre nosotros nos reconocemos. Antihéroes de pana y sin
brillo, náufragos que recogen un deseo roto, tirado en la
calle y lo amparan y se conforman. Sigo siendo la niña que
jugaba a “hacerlo donde pille” con los chicos de otras
instituciones estatales, los que le bajaban las bragas en grupo y le
enseñaban a ser habilidosa con la lengua, en los baños
públicos o en los coches, cerca del vertedero, donde
pensábamos que, seguramente, acabaría la mierda de vida
que íbamos a llevar.
Decir
tú ahora nos
vendría de largo, en toda esta oscuridad contenida de este
portal, en medio de ninguna parte. Quién puede culpar a una
araña de tejer su red. Sé que me aguarda lo cutre en
esta ceremonia de mendicidad. Y siempre es el mismo mecanismo.
Desconocido cada vez es más sincero, suda, huele mal. Besa con
prisa y a salivazos. Porque lo vivo está en los huecos, dos de
mis dedos le abren desde atrás, obteniendo respuesta. No está
muy seguro en qué posición colocarse y eso es
precisamente lo que le excita, ser obediente, abrir su entrepierna y
ofrecerme su polla, con el fin de encontrar algo de calor entre mis
muslos, agradecido por la novedad de un encuentro furtivo a sus 50 y
tantos. Siempre he querido ser buena en algo. Y me dejo hacer. Allí
donde la desnudez nos resplandece, ha la selva de los invisibles y de
los turbios sin valor que no piensan, que no quieren pensar en la
mañana próxima. Desconocido se despeña, borda
sus manos a mis pechos, me soba. Rastrea. Como un animal que marca su
territorio, restriega su cuerpo contra el mío, pero no me
busca con los dientes, arruinando el momento. Intenta una intensidad
y tiembla. Se ajusta a mi cintura. Lo está intentando pero es
lento, embiste con dificultad, resbala en mi coño empapado.
Jadea, la respiración se le amontona. Cree que va a correrse
de un momento a otro y me arrodilla, para casi ahogarme, agitándose
hasta mi garganta, haciéndome rezumar de semen y una señal
con la cabeza para que no lo escupa y se lo dé a beber.
Todo ha terminado y está
amaneciendo. He de volver. Tengo que darme prisa.
miau ^^
ResponderEliminarsabroso relato de Isabel
ResponderEliminar...eres buena,al menos en dos cosas.
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