lunes, 27 de mayo de 2013

Morbo (frag.). Brenda Ascoz




Tras algunas demoradas espirales que descienden hasta mi cintura y se detienen un segundo en el nacimiento de las nalgas, me vuelvo hacia él, impidiendo mediante una deliberada lentitud la pérdida de contacto entre las yemas de sus dedos y mi piel. Nos besamos sin abrir los ojos, avergonzados los dos, e indecisos, nos lamemos los labios con suavidad, cachorros que cuidan el uno del otro. Y él me toma de la mano y me la aprieta; una petición de permiso para seguir avanzando que recibe por respuesta el arqueo de mi espalda, la exhalación de un hondo suspiro. Nos sentamos sobre el colchón sin abandonar los besos, sin atrevernos -abiertos los ojos ahora- a mirarnos, y me dejo conducir fuera de la cama, hasta el blanco frío de una pared. Con una mano apoyada en el estuco, deslizo la otra hasta la cabeza de Jorge, que se ha arrodillado a mis pies. Sonrío, contenta por fin de ser quien soy, de encontrarme en el preciso lugar donde me encuentro.

Que se arrodilla en el suelo y me abraza las piernas como si abrazara a un ídolo: la misma ciega devoción en el modo de acariciarme, de presionarme con una intensidad calculada. Consigue que me sienta poderosa, feliz por formar parte de este instante que debe, puesto que es efímero, ser apurado. Trato entonces de absorber el tacto de sus manos sobre mi cintura, mis caderas, mis muslos; también a través del tacto, la textura de su pelo negro. Al mismo tiempo, y esto me resulta más sencillo, intento fijar su imagen, arrodillado a mis pies, profanándome como lo está haciendo ahora, con una veneración casi mística. Y es una imagen que, probablemente, permanecerá en mis retinas hasta el final de mis días, una de las que rescataré cando busque fotogramas felices a los que coser el pasado. Soy tan feliz como puedo serlo. Tan feliz que llega a dolerme. 







de Morbo (Ed. Eclipsados, 2013). 

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