miércoles, 15 de mayo de 2013

Cibernautas. José G. Cordonié






Malisa es una chica mala. Tiene pura candidez en la mirada cuando la deja caída. Y tiene un punto de lascivia desatada en la carnosidad de sus labios. Más aún cuando sonríe. Ahora bebe una Pepsy light y su mirada se queda anclada en el borde del vaso a cada instante, para evitar llevar los ojos directamente al rostro de él y mantenerlos quietos en su mirada.

Erick69 es un canalla, y eso se nota en los rasgos de su cara. Aunque su pose le haga parecer en este momento un hombre apocado, tímido y reservado. Bebe un trago lento de su cerveza y, mientras bebe, deja su mirada en la arruga que se forma justo debajo del voluminoso pecho de la camisa chocolate de ella. Lo hace disimulando. Deja allí varada la mirada y ella lo percibe, y le gusta.

Es la primera vez que se ven, al menos en persona, y en este momento no sabe ninguno de los dos evaluar si el otro, es decir, su acompañante, se encuentra cerca o lejos de lo realmente imaginado. De aquello que cada cual ha pensado del otro antes de producirse la cita. Tampoco pueden atreverse a aventurar si sus fantasías se llevarán a cabo. Sus rostros ya se conocían, de alguna manera, y sus cuerpos y su voz, pero esta es la primera vez que se encuentran, que se ven el uno del otro frente a frente sin que medie una pantalla de ordenador. Sus pensamientos orbitan a través de ondas de silencio y de palabras que aún no dicen nada. Buscan la manera, sin saber todavía cómo llevarlo a cabo, de romper esa situación fría y borrascosa que sin querer han compuesto, de volcar sus anhelos y las fantasías que cada uno de ellos tienen bordadas en la punta de la lengua y que crearon pensando en este encuentro.

En este momento es posible que ambos piensen que haber quedado en la cafetería haya sido un error. Un entorno muy lejano a los lugares imaginados en los momentos en que soñaron con este encuentro y al que dieron forma en sus imaginaciones exaltadas en solitario, mientras que cada uno acariciaba su cuerpo en la soledad de sus habitaciones a oscuras, en la noche, hasta llegar al clímax pensando en el otro. En el otro en ese momento que ya habían ideado juntos, que ya estaba planeado, incluso cerrado en la agenda del calendario. Pero quizá la cafetería sea un lugar equivocado para encontrarse, demasiado doméstico, donde no imaginaron que les podría costar romper el hielo para conocerse un poco mejor antes de irse a la habitación del hostal que tienen reservada desde hace días a escasamente dos manzanas de distancia.
Malisa espera que él dé el paso, que sepa cómo dirigir la situación hasta conseguir el punto justo, ácido y dulce, de la lujuria y de la salacidad, tal como siempre ha venido haciendo en sus encuentros ocasionales a través de aquel chat, hasta llegar hasta la intimidad de sus cam enchufadas frente a frente en sus msn. En ese terreno Erick69 sabe bien cómo encaminarla reptando por la lubricidad de su palabra escrita y de sus gestos en la cámara, desnudo y desatado de cualquier tipo de tabú o cohibimiento. Malisa, aún en la cortante frialdad de la cafetería, no puede dejar de pensar en esas imágenes que recuerda. O incluso de aquellas otras que en el algún momento ha imaginado. Por eso desea romper a la mayor brevedad, y de una vez por todas, esa timidez inicial que les acoge y correr hacia la pasión y la furia en la cama del hostal que les espera. Aunque sólo ve a Erick69 hasta el pecho, sentado con los brazos cruzados sobre la mesa frente a ella, no puede dejar de pensar en su inmenso pene, que tan bien conoce a pesar de nunca haberlo tocado, ni olido ni probado. Conoce su extensión, su curvatura cuando está erecto, las marcas de las venas hinchadas bajo la piel, el colorido de su glande poco antes del éxtasis.

Los ojos de Erick69 se balancean sobre el pecho de Malisa. Lo imagina claramente liberado de esa camisa y de ese sujetador que lo sostiene. Parece que su mirada, envalentonada por la imaginación, ha logrado traspasar la tela de algodón y los encajes y ha llegado a la oscuridad de la piel donde se encumbran sus enormes pezones. Dos galletas María oscuras y gomosas que ya supuso besar, lamer y acariciar cada una de las veces que ella enfocó su cam hacia sus tetas, antes de que fuera dirigiendo la lente ansiosa hacia el sur de su cuerpo abrupto, allí donde se recortaba el pubis y su coño, que más tarde terminaba abriéndose como una flor venenosa o como una planta carnívora a donde llevaba sus blancos dedos para acariciarse sensualmente. «Sigue así. Ábrelo más Malisa. Introduce tus dedos poco a poco, lentamente, imaginando que soy yo quien está ahí contigo y te penetra» decía entonces Erick69, o quizá lo pensaba y no llegaba a escribirlo mientras se agitaba frente a la cámara para que ella, estirada sobre la cama, pudiese contemplar sus estremecimientos. Incluso el olor que ahora le llega de Malisa no le parece desconocido, como si ya hubiera olido anteriormente ese perfume en su cuerpo al besarlo y al amarlo en la lentitud fascinante de aquellas noches cibernéticas. O quizá, piensa ahora Erick69 mientras termina su cerveza, que se trate del mismo perfume que lleva su mujer. No lo puede recordar, pero tiene la seguridad de haberlo tenido anteriormente en su nariz en algún momento de lujuria y de pasión. Y este pensamiento le lleva, por solo un instante, a pensar en su mujer, en lo poco que podría imaginarse a su marido en una situación así, a la espera de un encuentro esporádico y sexual en las sábanas de una pensión barata del más viejo Madrid.

Aunque la escena parece silenciosa, no dejan de hablar en un solo momento, pero lo hacen de manera pausada, entrecortada, sin que nada se diga realmente, como si fueran palabras vacías, carentes de contenidos que sólo sirvieran para establecer un espacio donde habituarse antes de liberarse de los pesos de sus consciencias y enredarse en el más salvaje amorío, donde tienen, sin embargo, la extraña seguridad, o certeza, de que reinventarán la excitación y la carnosidad de sus ardores desbordando la libido más allá de lo que nunca han alcanzado a imaginar cuando planearon su encuentro secreto.

Malisa da el último sorbo a su Pepsi, dejando casi intactos los hielos amontonados en el interior del vaso, en cuyo borde queda estampada la huella de sus labios en rojo, como el matasellos en una carta recién enviada. Levanta la pierna izquierda para cruzarla sobre la derecha y, en ese gesto manifiestamente intencionado, le permite ver a Erick69 la parte más cálida de su muslo, justo donde acaba la media transparente que lleva sujeta a una liga blanca de encaje con un lazo azul. Es una imagen muy erótica de la que él no pierde detalle y que le hace tragar saliva sin quitar un ojo de ese espacio que le permite entrever la carne y el húmedo calor que tanto ansía bajo su falda. Malisa cruza las piernas muy despacio, mucho más despacio de lo que podría hacerse en un gesto natural, y lo hace sabiendo que él la mira y la desea, que de esta manera puede lograr acelerar la pasión que ahora, en la cafetería, parece atenuada, o incluso inexistente. Con unas medias similares, sujetas por esas ligas de encaje fino, Erick69 la vio días atrás bailar delante de la cámara, desnudándose muy lentamente hasta quedar desnuda por entero, salvo por un corpiño blanco sensual, semiabierto, y esas ligas de encaje blanco, para después bajarse livianamente su tanga blanco para mostrarle su pubis de bello negro e hirsuto que, seguidamente, rasuró delante de él, hasta dejarlo como un jardín recién segado, de hierba rala extendida en un triángulo isósceles invertido donde él deseaba pacer en sus sueños.

Ella nota la erección de Erick69 bajo su pantalón vaquero y vuelve a imaginar su gigantesco pene curvado hacia su vientre. Lo imagina primero en su mano, ante sus labios recién pintados, y más tarde lo proyecta entrando dentro de ella salvajemente, al rojo vivo, como una barra de hierro sacada de la fragua del herrero. Y al pensarlo, casi lo siente. Es como si su mente agitada por el deseo anticipara incluso ese momento futuro que tiene la seguridad de que ha de llegar pronto. Lo siente dentro de ella, entrando abriendo los pliegues húmedos de su vulva, palpitando en su interior como un corazón inmenso a punto de reventar. Malisa acomoda sus codos sobre la mesa y se echa hacia delante permitiendo, de manera ensayada, que se abra el escote de su camisa para dejar asomar un pecho redondeado atrapado en el encaje blanco de un sujetador que no es capaz de recoger en su copa toda su inmensidad. Los ojos sí se miran ahora. Se encuentran a 40 centímetros en línea, a una distancia donde los besos empiezan a ser pensados, o realmente maquinados.

«¿Y ahora qué?» Dice Malisa abriendo su sonrisa hacia él y entornando sus ojos pardos perfilados con una suave y fina raya añil. Y entonces se levantan y marchan hacia la calle, donde el invierno se extiende hacia la noche más fría que puedan recordar, mientras piensan si deben caminar juntos cogidos de la mano hacia la pensión, o dejar que cada uno camine en un sentido contrario, para no llegar nunca a ese hostal y dejar los sueños como fantasías inacabadas. Infinitas.

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