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viernes, 5 de julio de 2013

Atlántida. Miquel Àngel






El agua, cuna de la vida; plasma transparente que sumerge e impregna todo lo que toca. En cualquier estado es increíblemente versátil. Como vapor quema martirizando la carne, como hielo también quema, pero de la manera contraria. El líquido es el punto exacto: el del equilibrio, el que humecta lamiendo los estragos de una piel reseca, el que calma la sed, el que purifica las heridas, el que endulza las lágrimas.

Agacho la cabeza y, bajo el manto líquido como un cristal en movimiento, veo tus pies; mármol esculpido, quietas, sorbiendo de esa agua que se balancea alrededor en un mareo pendular. Tus pies juntos, uno al lado del otro, tocándose, con las uñas de coral tan explosivas bajo ese tapiz transparente que parecen diez ojos ígneos. El agua sube ahora por tus tobillos. Más arriba, tus piernas húmedas, desnudas, levemente separadas, estremecidas, tibias por la tibieza del agua fría que calientas con solo tocarla son dos tiernas exclamaciones. Piel caliente por el arrobo que vaporiza las gotas heladas cuando te tocan. Del líquido al vapor. No hay otro estado entre nosotros; el sólido —el frío— aquí no tiene cabida, a no ser por el escalofrío que sientes cuando recibes parte de mi cuerpo en tu mismo interior hirviente. Te beso el cuello y experimentas ese cosquilleo de escarcha. Es insólito, con toda tu piel tan abrasadoramente ruborizada, insinúas que mis labios te hacen tiritar. Un escalofrío que va desde la nuca hasta tus pies sumergidos que permanecen quietos, para no romper el encanto, para no perder el centro de gravedad, adhiriéndose a las piedras blancas como estrellas de mar. Más arriba de tus pies y de tus piernas y de tu cintura que sostiene apenas el vestido transparentado —digno de una verdadera heredera de Poseidón—, tu espalda en donde se arremolina una cabellera oscura y chorreante, se te pega con el sudor como pegamento. No quiero ver nada más que tus pies. Tan delicados, tan tiernos, tan pasivos, tan femeninos. Apoyo mi cabeza en tu nuca, mientras arremeto con dulzura tu oscuridad salobre, y los miro sumergidos. No se mueven. A pesar del vaivén, a pesar del columpiarse de nuestros cuerpos, a pesar de mis manos que se aferran a tu cintura y del murmullo ensordecedor del agua que censura nuestros propios gemidos, tus pies parecen muertos.

De pronto te abres. Tus pies se separan, solo un poco, un temblor. Y es como si tus piernas engendraran dos islas; dos arrecifes calcáreos debajo del agua vaporosa. Y parecen dos islotes con cinco ojos de rubí en cada uno de ellos. Cinco cráteres volcánicos que veo desde arriba. El agua sigue llegando. Tus piernas cada vez más separadas. Y el placer húmedo nos envuelve, nos aísla, nos hace flotar, nos ahoga. Y ahora siento que no solo tus pies están sumergidos como el templo de Poseidón, sino que nosotros mismos nos inundamos con nuestra propia esencia opalina, nuestra propia savia elástica: por detrás, el océano mismo viene a nuestro encuentro. Nos ahogamos y no lo evitamos, y tus pies…Los veo desde mi propia inundación. Hipnotizado sigo mirando tus uñas pintadas con el color brillante de la sangre arterial, la que se derrama por el cuello abierto del toro sagrado cada año entre los pilares del templo de Atlas. El éxtasis final nos devora cuando llega el agua para arrasarlo todo. El fuego irrumpe por lo bajo y colorea de ardor tu piel, ahora pálida y helada. Todo tiembla. Todo se fractura. Todas las arcadas y todos los laberintos de marfil se deslizan hacia la oscuridad lentamente. Los siete círculos se hacen un solo vórtice. Tus ojos, tus senos, tu sexo colapsan entre burbujas calientes. La lava nos envuelve y la sentimos nuestra, como un abrigo.

Mientras nos hundimos en un abismo de siglos solo dejamos, como testigo irreverente de nuestro sexo salvaje, la furia acorralada de Zeus, que sigue lanzando sobre nosotros un mar embravecido para castigar nuestra carnalidad, nuestra lasciva elección de libertad.




lunes, 29 de abril de 2013

Fresas Salvajes. Miquel Àngel

Strawberries II by LucidoTitanio



La habitación huele a fresas salvajes.
Velas afrodisíacas derritiéndose
                 sobre la mesilla de noche.
Con los dedos y el aceite
dibuja en su espalda una silueta.
Una “ese”.
Un algo agradable sobre su piel.
Luz de unos fuegos
que humean en la oscuridad.
Gemidos ahogados
       contra el cojín
       húmedo por las babas
          donde la mandíbula
          muerde y se desencaja.
Con las manos rodea su cuello
       y aprieta su garganta.
Retuerce su columna
            inclinándola
hasta que puede lamer
                     su cuello.
Luego escupe en su cara
descorriéndole el rímel,
             agarra su melena
y la lanza violentamente
                contra la cama
desde donde la domina con los dedos
metidos en la frondosidad de su melena
presionando con el pulgar
           en el epicentro de la nuca.
Suena Caruso, Pavarotti,
la novena de Beethoven.
Suena «Invierno»,
de las Cuatro estaciones de Vivaldi
           y juega con ella a extasiarla
                           al    
                        tempo      
                                    de la música.
En sus bocas mezcladas
aún hay vestigios del sabor del vino negro
y de otras delicatesen de la cena.
Esa noche fueron la pareja
más elegante y refinada del restaurante.
Que le eyaculen en la espalda
                  es lo que más le gusta a ella.