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jueves, 22 de mayo de 2014

El súper hombre. Ana Patricia Moya


Alberto Vargas




Menos mal que el guion es simple por repetitivo: llego a casa del semental, suelto la típica excusa, me quita la ropa, me soba las tetas, se la chupo, me penetra, me encula, y, al final, se corre en mi jeta. Reconozco que no tengo talento como actriz —estudié Filosofía y Letras, vaya, que no tenía vocación para la interpretación—, pero lo que sí sé hacer es follar de maravilla: eso es lo realmente importante en la profesión pornográfica. Después de dos o tres horas de duro trabajo, toca descansar, porque siempre acabo con el culo y el coño escocidos, y aunque no soy ninguna novata, cuesta acostumbrarse a tanta embestida; me ducho con agua calentita, me pongo mi albornoz rosa (con mis iniciales bordadas: todo un detalle, a pesar de que no tengo caché aún), me siento en mi cómoda silla plegable e intento relajarme leyendo a Nietzsche, que me encanta. Algunos de mis compañeros de trabajo, especialmente actores y demás reparto, se parten el culo de risa cuando me ven devorando semejantes tochos —con más pasión que cuando me trago sus trabucos, bromean los muy cabrones—, esos que conforman de mi colección particular que me llevo al curro; mi atento director y manager —especializado en películas de muy bajo presupuesto—, me replica cada dos por tres que no debería creerme esas patochadas y demás comeduras de coco, que lea revistas del corazón que son más ligeras, pero es que a mí me excita, sobremanera, el pensamiento del genio alemán. En todas las pausas del rodaje, retomo la lectura de los volúmenes que pesan entre mis manos; hoy me ha tocado reinterpretar las páginas sobre el asuntillo del súper hombre: entre polvo y polvo, a una le apetece reflexionar sobre algo que no tenga que ver con la profundidad de la vagina o ano. Y, joder, qué gran razón tenía el loco de Nietzsche. El súper hombre no es ninguno de estos machos con cincelados músculos, tatuados hasta el escroto, con esas tremendas pollas de venas reventonas que parece que te van a atravesar de parte a parte: el súper hombre —¡qué cojones!— es mi padre. El pobrecito mío, pensionista, tiene que aguantar que su única hija, la niña de sus ojos, trabaje en el porno para poder pagar la jodida hipoteca y facturas de ese miserable piso en el que vive toda la familia.



miércoles, 13 de noviembre de 2013

Ansiedad. Ana Patricia Moya







Le susurro a mi amante que me encuentro muy excitada, que vaya directa a mi punto exacto de placer; me complace: me baja, de un tirón, los pantalones y las bragas, y me tumba, con delicadeza, en su cama; intenta desprenderse del jersey, pero la convenzo para que no se demore más, que me urge que me coma el coño; asiente, aunque la mueca extraña de su rostro desaprueba, claramente, tanta impaciencia; sé que tiene unas ganas de follar tremendas después de una larga temporada de abstinencia (creo recordar detalles de la conversación que mantuvimos entre copas, algo así como una ruptura complicada por la promiscuidad enfermiza de su ex; bueno, si soy franca, no estaba muy pendiente de su monólogo dramático), y por eso, supongo que no objeta nada, y prosigue; cuando separa mis piernas, gimo; ella hunde su cabeza, siento su cálido aliento sobre el monte de Venus, y el escaso vello se me eriza, me encanta; antes de rozar mis genitales, se detiene a inspeccionar mis muslos, curiosa; me vuelve a cuestionar si todo está en orden; yo, demasiado cachonda como para ponerme a discutir, le reclamo confianza, que no hay peligro alguno, que quiero que me haga gozar ya, que no sea perversa y me haga sufrir tanto (sí, me costó la misma vida convencerla para que me folle a pelo; tampoco es plan de llevar a cuestas los historiales médicos para mostrar, a todo quisqui, que mi intimidad está limpia); ella titubea por unos instantes, y aunque no parece muy convencida del todo (la costumbre a la precaución: más que lógica en los tiempos que corren), la ansiedad anula su razón, y el deseo brota. Suspira profundamente y, ¡por fin!, se agacha, y su lengua se posa en mi vulva, resbalándome, repasando labios mayores y menores; Dios, estoy mojadísima, oh Dios mío, me penetra suavemente con dos dedos, joder, y los desliza, hábilmente, dentro de mí, con esa lentitud que me tortura y me hace agarrar las sábanas; de nuevo, su lengua, su bendita lengua, que decide explorarme por dentro; me sorprende este movimiento, espasmos me recorren la espina dorsal, y chillo, ¡joder, Dios, joder, no pares!; tengo el clítoris hinchadísimo, estoy  a punto, estoy a punto, y ella, concentrada me sujeta con firmeza las nalgas, y a un ritmo perfecto, lo besa lo lame lo chupa lo mordisquea, las entrañas me arden, echo la cabeza hacia atrás, jadeando, mis manos tiran de su cabello con brusquedad, pero ella sigue, no se queja, me falta el aire, me falta el aire, y grito, y exploto, ¡Dios, joder, Dios!, exploto en su boca, ella me clava las uñas, y bebe, bebe golosa todos los fluidos que se me derraman, calando hasta las sábanas.

Al concluir, asciende por mi cuerpo hasta postrarse sobre mí; intenta besarme, mas yo freno su gesto cariñoso posando las yemas de mis dedos sobre sus labios húmedos de mí, qué delicia, le murmuro que necesito recuperarme, y ella, desconcertada, disconforme por mi frialdad, me lo recrimina al oído: que quiere besos y caricias, muchos mimos. La muy empalagosa. Se recuesta a mi lado mientras yo, satisfecha, permanezco quieta, disfrutando de este estado de relajación absoluta que precede al orgasmo. El silencio invade la habitación, y ella, seria, me observa, haciéndome cosquillitas en el costado; está expectante, esperando a retomar el juego. Sí, ha sido encantadora, ha cumplido con diligencia su parte; ha estado sobresaliente, pero yo tengo otros planes. Así que le pregunto que donde se encuentra el baño; ella me señala el fondo del pasillo, y me levanto, con el teléfono móvil; ya allí, aprovecho para lavarme la cara, con agua fría, mirarme al espejo (aprecio las inminentes arrugas, y maldigo el mal humor del peluquero y su horrible corte “moderno”), y hasta orino; después de tirar de la cadena del váter, me dirijo a su habitación para comunicarle que me acaban de remitir un mensaje del trabajo y es primordial que asista, inmediatamente, a una reunión de relevancia con unos socios, que me encantaría permanecer a su lado pero no puedo eludir esta responsabilidad. Ella, apática, se cubre con el edredón y me suelta, sin más, un seco “adiós”. Evidentemente, está muy enojada, lo sé, y es que le prometí demasiado, presumí más de la cuenta, y yo soy una actriz mediocre. O ha captado mi desinterés en retomar la sesión amatoria, o sospecha de mi pequeña mentira. Bien, mucho mejor, no me apetece interpretar el papel de amante prometedora, y eso de aparentar interés cuando, realmente, me importa un carajo el reencuentro, ya me revienta. No replico: recojo las prendas del suelo y me voy vistiendo; cuando me subo la cremallera de las botas, salgo del cuarto, sin despedirme de ella; fuera de su apartamento, me pongo el abrigo, y camino, sin prisas, rumbo a mi casa. Hasta nunca, bonita.

A la nada, me percato de que me falta algo: nerviosa, registro los bolsillos de mi chaqueta, el bolso: no encuentro la pitillera de plata. Mierda. Me detengo en la parada del autobús, y mientras espero, hago memoria. En el piso de esta última tonta no ha podido ser porque no fumé (con semejante calentón que teníamos encima, pasamos directamente a la faena nada más cruzar el umbral de la puerta). Piensa, despistada, piensa. Me mordisqueo las uñas. De seguro que me lo he dejado en el reservado del Pub de la esquina, pero ni de broma retorno a ese foso que apesta a feromonas. Y sí, me está empezando a aburrir esto de pasarme la noche de los fines de semana en cutres locales de ambiente, ya me agotan estos encuentros carnales con cariñosas desconocidas expertas en sexo oral, y me repugna que la mayoría se enrollen con los jodidos preliminares.

Espero que el inepto de mi marido aprenda pronto a comerme el coño porque ya me estoy hartando de falsos rituales de cortejo con lesbianas y viciosas.   




Inédito (segunda edición de “Cuentos de la carne”). 
©Ana Patricia Moya

jueves, 19 de septiembre de 2013

La sordera selectiva: cualidad inherente de todos los amantes del planeta. Ana Patricia Moya Rodríguez


Self-Portrait (Self-Sentimentalism) (2000), Nobuyoshi Araki.



No me culpes de tus muelas rotas:
mi corazón es un caramelo
demasiado duro.
Te lo advertí:
lleva años sin envoltorio, expuesto al frío,
sin gozar de la calidez de un paladar tierno.

A pesar del genuino sabor a piedra en tu saliva,
parece que no te importa demasiado:

el coño siempre está blandito
y nunca pide explicaciones.





Poema de “Perra”, inédito.


martes, 28 de mayo de 2013

Bragas. Ana Patricia Moya




Abro los ojos, perezosa. Me encuentro nuestras bragas encima de la mesita de noche, los sujetadores y el resto de la ropa tirada por el suelo de mi cuarto. A mi lado, está ella, durmiendo, respirando rítmicamente; me gusta mirarle cuando duerme, pero jamás lo confesaré. Me levanto, me pongo una bata y me voy a la cocina. A mi regreso a la habitación, con una taza en la mano, me la encuentro de píe, frotándose los ojos y estirándose. Yo me apoyo en la pared, la observo, en silencio, con curiosidad lujuriosa: es cierto que no tiene un cuerpo espectacular, pero para mis ojos es una mujer bellísima a pesar de su estatura, su barriguita y sus marcadas estrías. Sus imperfecciones me resultan de lo más erótico. Ella me gusta, y lo sabe; me sonríe y comienza, muy coqueta, a vestirse. Le ofrezco quedarse en la cama todo el día si quiere… ella dice no. Le invito a almorzar fuera con unos amigos… y rechaza la oferta… no sé por qué me molesto en insistir con insinuaciones porque siempre obtengo un no por respuesta… pero bueno… la fuerza de la costumbre, quizás. Termina de arreglarse, le da un sorbito a mi café, me besa y prometemos vernos la noche del próximo sábado. Con el portazo de despedida, me siento en la cama. Aspiro fuerte por la nariz: su aroma se mezcla con el de la taza. Sí: es una egoísta. Va a lo que va. Sexo… todo es sexo. Estuvo claro desde el principio. A pesar de que llevamos acostándonos meses, somos desconocidas. El roce no hace el cariño, sino el placer. Ella se limita a abrirse de piernas y evitar abrir su corazón. Sí… es egoísta… muy egoísta… pero, pienso, que yo también soy egoísta por pretender quererla.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Entonando el Mea Culpa a Golpe de Latido. Ana Patricia Moya


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Tamara de Lempicka


Me ofreciste una cama azul
de sábanas desgastadas
- demasiado sudor ajeno -,
tus hormonas desbocadas
- un parpadeo, y mis bragas,
en el suelo -
e infieles,
- compartidas extraoficialmente -,
una correa para retenerme
- en caso de emergencia
por falta del polvo de turno,
tirar fuerte de la cadena -,
tu acento pegajoso, tu saliva impura,
tus cartas y poemas de corta y pega
- trampa perfecta para princesas desorientadas -,
tu patriotismo ególatra
- tú, tú, tú, y sólo tú -,
tu exquisita colección de corazones fragmentados
y coños saboreados con avaricia,
un diccionario plagado de dobles sentidos,
una miserable cajita con cuatro tonterías…

y una herida que supura
cada vez que desempolvo la poca correspondencia
que se salvó de la quema,
pruebas que conservo para rememorar
mi entrega absoluta a lodo biológico,


para no olvidar jamás que yo soy dolor.



(Del poemario inédito “Perra”)