jueves, 13 de diciembre de 2012

Triunfo de Artemis sobre Volupta. Ana Rossetti

Fotografía de Lucía Bailón












                                                                               "Ah!, sí..."

                                                                        Marie Dorval

Edad inimitable, a tu espejo interrogo
en cuál de mis innumerables
alacenas está la máscara de diosa
que de oscuro los mármoles cubría.
Vuestro fervor, tan obsesivo éxtasis,
la hizo hermosa y distante y proclamó única.
Sin embargo, tantas veces os maltrató!
Su lengua tan cruel como un látigo era.
Tras de los balcones atisbaba ansiosa
y a los suplicantes ojos se negaba
si de vuestros deseos tenía certidumbre.
No os consintió ni una sola hebra de su túnica,
ni tan siquiera que hurgarais entre sus collares.
Ni pudisteis, a través de una cerradura,
mirar cómo parsimoniosa se desvestía
haciendo crecer su desnudo desde la bañera.
Vaho de enredadera gris. La mano recurriendo
a la esponja. Y la fragante espuma, reptando
por su cuerpo, en él se introduce
instalando su invisible dominio.
No bebisteis tampoco en las sabrosas fuentes
que anegaban los turbios laberintos
que una maligna virginidad clausuró.
Ni las sombrías axilas, ni la frondosa concha
de la pelvis, ni la entrelazada cabellera
supieron del amable tacto de esos dedos
que conozco tan bien. Pero cuánto la amáis!
No la oisteis gritar cuando el estrépito
del placer os sobrevino y tumultuosamente
desbordó la hendida cúpula.
Mas el recuerdo de ella, precipitándose,
os asaltay en mí la buscáis. Qué terrible
e inimitable edad. Siempre a tu espejo interrogando.
Intento renacer, antigua identidad
que os fascinaba, aquel cuerpo tan desconocido,
si es que es posible tal metamorfosis.
Sabéis ya en qué precisos
lugares de mi piel Eros se asienta;
los secretos, derramados por la colcha,
por vuestras hábiles bocas sorprendidos.
Rendida, mis piernas fuertemente a vuestras piernas
enlazarán para que la total arremetida
a mi vientre penetre y arda en él.
Ahora soy costumbre,
invadida patria de rutinarias delicias.
Al poseerme perdisteis mi belleza anterior
y se os han desvanecido los deseos.
Mas si me ayudáis a buscar
en los armarios las túnicas olvidadas
y a rescatar la máscara propicia,
si me vuelvo arrogante, ¿os podré convencer?
Tan sagaz es la experiencia
y tan indestructible su mandato
que os sobrepasé largamente.
Incluso os instruiría. Y me lo reprocháis.
Edad inimitable,
donde los dioses habitaban y era
la admiración el tributo único
que a mis pies esparcíais.

No me pidáis que vuelva,
pues la inocencia es irrecuperable.
De "Los devaneos de Erato" 1980

sábado, 1 de diciembre de 2012

martes, 27 de noviembre de 2012

Marina en el bus. Ishay




El autobús llega puntual y Marina pasa su tarjeta de estudiante sobre el dispositivo magnético. La universidad no está lejos, pero sí lo suficiente como para tener que hacer ese rutinario viaje matinal.

Atraviesa el pasillo y llega al fondo del autobús, donde tres mujeres gruesas chismorrean haciendo caso omiso al hombre que hay a su lado y dos chicas jovencitas planean su próxima quedada.

Marina alza la mano para asir la barra superior y desenvuelve una piruleta, ayudándose con los dientes, con forma de corazón para entretener un poco el viaje. Es rojiza, pegajosa y dulce al tacto de la lengua.

Mientras la saborea su mirada se pierde en el paisaje a través de la ventana hasta que, al girar la cabeza, se fija en el hombre a su lado con la mirada atenta en su escote.

El top blanco y liviano que lleva ceñido dibuja su busto a la perfección. Preferiría disimularlo un poco más, pero esos días hace calor y el trayecto se torna asfixiante. El hombre alza la vista y sus miradas se cruzan solo para volver a desviarse en direcciones opuestas, al percatarse de haber sido descubierto en su intencionado descuido.

Ella se gira para ocultar la tentación a la vista del hombre y trata de continuar el viaje con normalidad. Pero un giro brusco le hace perder el equilibrio y tropieza de espaldas con él, quen la sujeta tomándola del vientre e imprimiendo sobre su piel jovial el tacto áspero de su mano. Marina le mira de reojo y él le dedica una sonrisa un tanto sardónica, mientras retira su mano deslizando las yemas de sus dedos sobre ella durante un largo segundo.

Marina se ve atrapada entre las mujeres y el desconocido, apretada contra su cuerpo y sin poder reaccionar. Se sobresalta al sentir una incipiente presión sobre su falda y un aliento viciado sobre su cuello desnudo. Unos dedos masculinos se rozan contra su cintura aprovechando cada vaivén del autobús, erizándole la dermis en la franja que queda descubierta entre la parte inferior del top y sus jeans, sintiendo cómo en algunas arremetidas el tacto llega hasta la frontera de su ombligo.

Su mente se empieza a ofuscar y un leve mareo se apodera de ella, haciendo que no consiga distinguir las palabras que alguien le susurra al oído. 

Un frenazo del autobús la saca de su ensimismamiento y reconoce su parada, apeándose velozmente del autobús para entrar en la cafetería donde ha quedado con sus compañeras de la universidad.

Entra directamente en el baño y se refresca un poco la cara. Aún con los nervios a flor de piel, trata de respirar con calma y echa el cierre del baño para tranquilizarse.

Al día siguiente, Marina se sube al autobús para acudir a la universidad.

El conductor la ve pasar de reojo, luciendo un bonito vestido azul de primavera, con escote y una faldita que le deja las piernas al descubierto un palmo por encima de las rodillas. Podría haber escogido uno más largo, pero es verano y hace calor.

Espera a que haya terminado de cruzar la zona con asientos libres y se acomode en el fondo del autobús, donde tres mujeres están hablando entre ellas y hay dos chicos con aspecto de deportistas.

La ve colocarse justo entre ellos y cómo saca una piruleta roja con forma de corazón.

El conductor se ríe y arranca el autobús.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Tengo en la retina tatuada tu imagen. Lourdes Lasheras





Tengo en la retina tatuada tu imagen, pero tu rostro se desdibuja con el tiempo.
El contorno de tus labios se ha convertido, cuando intento recordarte en un borrón de sangre desvaído.
El ámbar de tus ojos, ahora, solo es el fondo de un pozo que refleja soledad.
Tus hombros, tu cuello y tu pecho, que albergaron mi reposo y mi inquietud, son una informe masa de carne desolada.
Tu nombre aún cuelga en mi paladar, lo rozo con la lengua y rebota entre mis dientes. Me esfuerzo en pronunciarlo o escupirlo y sacarlo de mí, pero es en vano. Tampoco mis lagrimas y mi orgullo son suficientes para tragarlo y permanece en mi boca como una melodía inconclusa.
Los años acentúan cada pliegue de esta piel ajada y en cada uno se conserva, al menos, uno de tus besos. Y en cada poro de cada centímetro de mi piel todavía escuece la sal del sudor que compartimos.
Tu olor, que permanece bordado en el filo de mi almohada, inunda mis sueños, escarcha mi aliento y hiela mis huesos.
Y la añoranza, como un eterno sudario, cubre las curvas de mi cuerpo donde pernoctaron tus caricias.




sábado, 17 de noviembre de 2012

Clases de cine. Mara Blackflower








Cruzo las piernas. Aprieto los muslos. Una rodilla bloquea la circulación de la otra.
Me inclino hacia delante en el asiento. Espalda recta, pechos turgentes. Entreabro los labios. Sé que la sangre se me acumula en la entrepierna. Siento cómo las mejillas toman color. Me brillan los ojos. La música disminuye y la pantalla se torna lentamente negra.
Sé que no soy la única que se ha quedado a medias.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Muñeca de Carne. Israel Esteban



Te tengo que tocar para saber que estás viva.
Sé que vives porque andas, gesticulas, comes, bebes y respiras; eso es lo que te salva.
A veces olvido que estás ahí. Cuando conduzco miro a mi derecha y al verte me asusto; me gusta cuando callas pero es que eso es casi siempre.
Cuando apoyas la frente en la ventanilla, los cristales se quedan empañados por efecto de la respiración. Si un día te vas para siempre, quisiera saber en qué momento, por eso te miro.
Te cojo de la mano cuando vamos paseando por la calle, no te siento. Eres como un manojo de carne y huesos que arrastro a cada paso, como cuando un carnicero lleva al hombro esa pieza ensangrentada y basculante.
Te abrazo y cojo tus extremidades para que rodees mi cuello. Te beso y con mi lengua intento encontrar la tuya; apenas la rozo cuando tus dientes caen por su propio peso, impidiéndome el paso.
Me conformo con apoyarme en tus confortables labios. Me conformo en deleitarme con el constante efluvio de feromonas que emergen de tu cuerpo. Es tu olor y tu rostro lo que me retienen.
Lleno la bañera de espuma, te meto en ella y enjabono todo tu cuerpo. Me encanta acariciar tu sexo.
Te llevo hasta la cama y hundo mi lengua entre tus piernas. Me gusta cuando gimes, cuando gritas estás viva, cuando te penetro dices que me quieres y que eres mía.

Cuando llega el inevitable clímax y el germen ha quedado dentro de tu  vientre estéril, me mandas separarme.


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