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miércoles, 13 de agosto de 2014

Aún te amo. Cristina Ocaña






Aún amo el cadáver que dejaste
el que yace inerte aquí junto a mí.
Te sigo amando a pesar de que no estés
tus ojos oscuros como caballo despiadado,
aún puedo oler el polvo que dejaste a tu paso


Amo lo obsceno de tu sexo que se clavaba en mí
una y otra vez sin tregua, sin compasión.


Y ya no puedo seguir buscándote, pues no puedo,
no puedo abandonar este bonito cadáver que es mi persona
yo yazco junto a él y siento el frío de los besos que no poseo
de las sábanas revueltas de aquel maldito y soñoliento hotel
de tu eterna posesión de mi persona, ya no era yo
era tan sólo un bonito cadáver que contemplar.


Mi cabello ensortijado se enredaba en tus manos
mientras me susurrabas dulces mentiras al oído,
me sentí la diosa de tus silencios y desventuras
bebí el dulce néctar de tus labios que lentamente
me envenenaba.


Amo lo obsceno de tu sexo que se clavaba en mí
una y otra vez sin tregua, sin compasión.


Aún amo el irreverente cadáver putrefacto
poco a poco se consume reduciéndose
a la nada.


Pero sobrevivo y encuentro otras bocas
que me dan placeres descosidos.
Un alma rota se descompone a pedazos,
y esos pedazos solo se curan
con miradas que te traspasan de placer.


Mi sensualidad conectó con tus manos
y me electricé con los latidos de tu corazón
fue tan difícil no ser mala contigo en la cama
y dejarme llevar por miradas desaprobadas.


Amo lo obsceno de tu sexo que se clavaba en mí
una y otra vez sin tregua, sin compasión.


Tal vez te amé ciegamente
Pero sólo fue un instante
En tus pensamientos.



sábado, 11 de enero de 2014

Mente fría. Cristina Ocaña





Me mordiste la pierna en un arrebato de pasión. Estabas sobre mí a punto para la invasión. Las propiedades de la suma te las dejo para ti, yo soy más de letras y de humanismo pacifista.
Tienes la mente fría.
Úsame, pero con moderación, sin destrozarme el corazón, sin ataduras estúpidas, sin rencores. Búscame en el polo norte, yo te daré calor en tus noches disipadas de burbujas inútiles. Bésame, pues no lo haces lo suficiente, mente fría. Parece ser que eso significa para ti algo más trascendental, algo que va más allá de lo íntimo. No quiero nada de ti, sólo encuentros dispares en ocasiones contadas.
Ahora sigo con la invasión, estás encima de mí y me muerdes la boca, pero sigues sin besarme, me rehúyes constantemente, y yo tampoco te busco. Me dejo llevar como la corriente electrizante que recorre nuestros cuerpos semidesnudos. No hay apenas pasión, no hay sabores ni olores peculiares, todo es aséptico, frío, inconsciente.


Madura mente fría, madura. Soy toda una mujer, pero tú no te has dado cuenta.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Tiovivo. Cristina Ocaña





Cinco de la tarde y allí estaba yo esperándote en la puerta de la biblioteca pública. Nos íbamos a conocer aquella misma tarde pues llevábamos semanas hablando por teléfono y no nos conocíamos en persona. Tu vida ajetreada no te daba tregua, pero aquel lunes decidiste parar y tomarte un respiro, y conocerme, conocernos por fin en persona. Cuando nos vimos nos dimos dos besos castos. Lo primero que hicimos fue charlar sin parar y tomar dos granizados bien helados.
Fuiste el único que sostuvo mi mirada, que estudió mi rostro, que puso atención a mis gestos y que me invitó a un granizado de sandía una tarde bochornosa de junio.
Te deseé, pero jugué contigo durante un buen rato porque me encantaba tu sonrisa, tu biblioteca polvorienta, tus gatos asustadizos, tus juguetes antiguos y quería saber más de ti, quería que me contaras historias sobre tu vida, y tus aficiones. No aguanté más y tomé una determinación o más bien dos, o me largaba de allí pitando o caía rendida a tus pies. Te atraje hacía mí, te bese y te empujé al dormitorio en donde minutos antes me habías enseñado un tiovivo de juguete de 1920 algo cochambroso dispuesto a una restauración. Tu curiosidad no lo pudo soportar y me preguntaste en qué momento había decidido acostarme contigo. Te sonreí, porque verdaderamente había pensado en largarme pero tu mirada me convenció y  me lancé de cabeza sin planearlo esperando que surtiera efecto mi falda corta y rabiosa y mis sandalias descubiertas de verano. Sudamos, sudamos mucho aquella tarde y es por eso que acabamos en tu ducha, volviendo a lamernos, volviendo a sentir el deseo.
En aquella bañera, el agua lamía nuestros cuerpos desnudos, que sudorosos bañábamos en jabón deslizante que nos unía y nos desunía constantemente. Te bañe, froté todo tu cuerpo, te enjuagué del jabón pegajoso y llegué hasta tu sexo para introducirlo dentro de mí y te atraje bajo aquella lluvia tibia de nuestra ducha placentera y volvimos al vaivén que rato antes habíamos dejado en la cama de tu dormitorio para buscarnos otra vez con avidez.
Fuiste el único que me envió un sms a la mañana siguiente. Un sms cargado de intenciones sexuales, a volver a repetir un encuentro bajo la ducha.


Repetimos varias duchas jabonosas en un corto espacio de tiempo, luego te perdí la pista. Aún sin saber de ti aún das juego a mi vida para mis escritos, para mi imaginación, para construir a un personaje que prefiere quedarse quieto y no tomar acción en su vida. Adiós tiovivo de 1920; espero que te hayan restaurado y estés como nuevo. Yo sigo girando sin parar, sin detenerme, no como tú que te faltaban engranajes varios.

miércoles, 21 de agosto de 2013

I’m a cam Girl. Cristina Ocaña






I'm a cam Girl, chica inquieta y coqueta a la vez. Siempre estoy dispuesta, abierta 24 horas, sin descanso, cobro por horas, por fracciones de minuto, por fracciones de segundo. Pagada por horas, horas aburridas repitiendo un patrón. Te anhelo, sé que solo quieres una cosa de mí, que me muestre sexy, picarona, desnuda ante ti. Pero mi trabajo me apasiona y te espero, te espero impaciente.

I'm a cam Girl y pinto mis labios con un rouge salvaje y desaforado, que no pega nada con mi cara de niña buena transformada con maquillaje de teatro. Soy tu prostíbulo de las 19.30, hora inamovible por tu mirada escrutadora de voyeur. Pagas la conexión y aparezco como una rosa en primavera, fresca, mojada por el rocío de la mañana. Soy tu musa perfecta, tu ninfa, la única mujer que no te falla. Mientras dure la conexión degustaré una piruleta en forma de corazón, con fruición, con lascivia, dejando que mi lengua, implacable, distraída, juguetee con ella para que tú sueñes e imagines que recorro tu sexo caliente.

I'm a cam Girl y me pides un tributo por esa conexión. Debo llevar picardías que se entremezclen con tus estados de ánimo y con la belleza de los días que pasan. Los lunes son negros, porque negra es tu alma. Los martes son verdes como esas manzanas ácidas, verdes, porque aún hay esperanza de que quieras algo más de mí. Los miércoles son naranjas y pasionales, los jueves azules y algo fríos como tus labios que no puedo besar. Los viernes rojos y sexys en los cuales me fumo un cigarrillo largo, cual prostituta esperando un gemido. Los sábados son rosas con cierto encanto infantil, con lazos del mismo color en mis trenzas. Y por último los domingos toca desnudarse de blanco, porque llevo un camisón romántico con flores rojas enredadas en mi pelo, tristes peonías que se marchitan en mi cabello.

I'm a cam Girl, y visto perlas del pacífico bellas y abrumadoras. Diamantes de Tiffany's tan brillantes como la luna. Esmeraldas dispares como los mares del sur y rubíes tan rojos como la manzana de la bella durmiente. Nunca fui engañada pues jamás un hombre de verdad se enamoró de mí. Yo juego con tu destino, voy tejiendo finos hilos de colores y como Penélope a la mañana siguiente deshago el entuerto. Intento descifrar lo que esconden tus ojos infinitos, pero no puedo, no puedo descubrir el abismo insondable que hay en ellos.


I’m a cam Girl, I’m a cam Girl, I’m a cam Girl.



miércoles, 10 de julio de 2013

Triste Jodienda. Cristina Ocaña





Mierda, nunca sé cómo empezar un poema.
Y no entiendo de métrica ni de esta jodienda.
Entiendo de jodienda.
Cansada de polvos
absurdos,
decidí emigrar como las golondrinas
a un país más cálido.
Atravesé ciudades, países y continentes,
deseando encontrar unos ojos rasgados y una piel
color aceituna,
que me jodiera mejor que tú.
No entiendo de poemas,
entiendo de pollas hostiles;
de desplantes, de inútiles
expertos en joderme.
Cuando decidí despegar del hastío de nuestros encuentros,
la tierra por fin giró.
Me reí de tu despedida
para siempre.
Adiós amor, espero que encuentres a otra
que te la coma con descaro y pleitesía.
Yo estaré revolcándome con mi moreno
de ojos rasgados,
fundiéndome en el trópico.

OK. NO PROBLEM. CUÍDATE.

lunes, 17 de junio de 2013

Deslenguada. Cristina Ocaña





¡Ja! Qué risa que me da. Me dijo que tenía la lengua muy larga y que quería escarbar en mis profundidades con ella. Cada noche quería follarme por escrito, pero yo no le dejaba porque me encantaba jugar a ser una princesa destronada. También me dijo que la tenía grande, muy grande, pero eso a mí me traía sin cuidado. Mucho blablabla, pero poca acción; demasiados desastres en mi vida ya. Los charlatanes transcurrían por mi vida como las lágrimas vertidas por culpa de ellos. Altos, bajos, feos, guapos, despistados, bipolares, locos de atar... Pocos eran los que dejaban una huella indeleble en mí. Pocos eran los que me hacían palpitar el corazón.

¡Ja! Qué risa que me da. Yo llevaba la falda muy corta y una camiseta de tirantes. Me pasé un verano entero con esa falda minúscula que a ratos se resbalaba ella solita junto con mis bragas. Necesitaba amor. Mucho amor, y ¿qué queréis que os diga? Sexo también. Aprendí a beber cerveza y a caminar con paso firme y seguro, como una diosa poderosa dadora de vida. Pasé de rubia tonta a pelirroja divertida y cuando me cansé de tanto deambular vestida de fuego me calmé un poco y me convertí en una morena inteligente.


¡Ja! Qué risa que me da. Morena inteligente… El follador que me follaba por escrito cada día se superaba a sí mismo. Me encantaba su lengua larga, larga, que intentaba lamerme a través de las palabras. Y su sexo que apuntaba al cielo cada vez que yo abría la boca para recibirlo. Poco a poco construíamos una historia sexual que no se correspondía con la realidad. Aunque éramos tiernos como magdalenas recién hechas ya no hubo remedio para nosotros, por mucha masturbación conjunta y orgasmos al unísono.

¡Ja! Qué risa que me da. Se nos acabaron las palabras, ya no sabíamos cuál utilizar para seguir follándonos por escrito. Una pena según tú, y dejamos de gustarnos. Me propusiste quedar, pero yo prefería seguir leyendo literatura erótica que quedar con un tipo al que se le habían acabado los recursos para follarme por escrito. Seguí buscando en el diccionario palabras rocambolescas y así volver a cazar a un desvergonzado como yo.

¡Ja! Qué risa que me da. Muy pocos saben ambientarse en un entorno verdadero y buscan el entorno virtual para ladrar igual que los perros. Aúllan a la luna en busca de una hembra en celo que apacigüe sus instintos animales. Beben los vientos por ninfas desesperadas en busca de un poquito de amor. Pasé por estados alterados disfrutando cada paso que daba y compadeciéndome después por lo acontecido. Llegué al extremo de no entenderme a mí misma porque mis etapas de vida no se correspondían con mi edad verdadera.

¡Ja! Qué risa que me da. Pinté mis uñas con tonalidades oscuras y me propuse soltar mis quejas al viento para que este se las llevara lejos, lejos a los hielos infinitos. Busqué otras manos que acariciaran mis pechos y que me dieran treguas descosidas. Me compré otra falda más corta y otra camiseta de tirantes, pero esta vez todo con un ligero toque de arco iris. Busqué palabras deslenguadas en bocas promiscuas que me alegraran la existencia cotidiana. Los corazoncitos de colores se acabaron para mí. Volví a mis risas sardónicas de siempre, y finalmente encontré a otro follador lascivo que volvió a follarme por escrito.


domingo, 26 de mayo de 2013

Dibujarte. Cristina Ocaña




No me conocías pero una mañana fría de abril esbozaste mi silueta con trazos furiosos y desbocados sobre tu lienzo gastado. Breves imágenes se aparecían ante ti pero solo cuando llegaba el ocaso y ya destrozado sucumbías a Morfeo, en ese preciso instante intuías ese cuerpo femenino que tanto te provocaba. Soñabas conmigo noche tras noche y en tu eterna obsesión –ya que tan solo se te revelaba una fracción de mi anatomía– día a día dibujabas una parte de mi cuerpo, como a pedacitos; ahora una mano que recorría tu espalda, ahora unas piernas sinuosas abiertas al abismo, un pecho voluptuoso encajado en tu boca. 

Fragmentos de imágenes se clavaban en tu retina, olores, sabores truculentos, sonidos de risas cadenciosas. Como en un collage, ibas colgando los dibujos en la pared de tu estudio y enfrascado en tu enajenación decidiste buscarme en los rostros de la gente que transitaban junto a ti, de camino al trabajo, de vuelta a tu casa, en el bar donde cada mañana hacías el café.

Pasaron los meses y ya me tenías completamente dibujada, pero no podías darle vida a ese garabato insensible y carente de vida que representaba mi cuerpo, querías poseer mi alma y todos mis sentidos, pero era improbable porque los rostros mudaban una y otra vez.

Como una Sibila, yo también te soñaba entre mis sábanas juguetonas. Anticipaba tus sueños vinculados a los míos. Mis labios se entumecían con solo pensarte, mi pecho se erguía, mi piel se erizaba con solo pensar en el roce de tus dedos, como una onda eléctrica, la explosión transitaba por todos los rincones de mi cuerpo y se centraba en mi sexo engreído que anhelaba ese engranaje perfecto, con tu miembro presto a sucumbir en una vorágine arrolladora que nos condujera a la locura. Yo sabía a ciencia cierta el día exacto de nuestra tentación más sublime, de nuestro encuentro más arrollador, de la sed, la eterna sed que sentían nuestros cuerpos por apagarse el uno en el otro. Y llegó la roja seducción entremezclada con el fuego incandescente del delirio abrumador. Llegó la hora tenue, la vida desvelada, los besos azul eléctrico que desencadenaban chispas de estrella. Llegó el encuentro que se posaba en nuestra mirada profunda, ansiosa, destructora de nuestros envoltorios desechables como mi vestido, tu camisa y pantalón, la ropa interior, que denostados iban cayendo como pétalos de flores en el suelo.

Ausencias y presencias estallaron en el olvido. Mas tú, sí tú, dibujante ingrato, te obsesionaste con otro retrato y yo Sibila caída en la desdicha, olvidé mis predicciones y sucumbí al encanto de tus besos nefastos.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Contornos. Cristina Ocaña



En la tarde adormecida sigo tus contornos y no me importa que sean imperfectos. Resigo tu rostro cansado, tu mueca torcida, tus arrugas desprovistas de toda delicadeza, tus manos que se confunden con las mías. Resigo un sinfín de líneas que me llevan a tu cuerpo desgarbado y voluptuoso. Amo tu imperfección que al igual que la mía, son desordenes de nuestra propia naturaleza. Aun así tengo la convicción de que somos seres perfectos pero que pasamos desapercibidos por este mundo inconstante y desordenado. La tarde languidece junto a nuestros cuerpos imperfectos y tus dedos resiguen mis curvas deshonrosas y pasadas de moda. Con todo, sigo amando el sentimiento mutuo que nos profesamos, los gestos dulces, los besos que me recuerdan los años vividos, las caricias sedosas que son tuyas y mías.

Has quebrantado toda mi voluntad, has penetrado en mí una y mil veces en un juego infinito de delirios placenteros. No hay rincón de mi cuerpo que no se excite con cada acometida que me prodigas. Nuestras lenguas desbocadas se unen en una especie de rito transmitido por los ancestros. Nuestros contornos se confunden en esa tarde errática y melancólica.

En la tarde denostada se unen nuestros contornos para fundirse en uno solo. Solo los buenos amantes entienden ese momento acaecido en esa fragua ardiente, que llega a forjar un solo cuerpo majestuoso, apolíneo, incandescente, envuelto en pura eternidad. Navego en tu cintura y en ese deleite nos dejamos llevar hasta alcanzar un orgasmo cósmico, mezcla de un Big Bang descontrolado henchido de un éxtasis lujurioso. Es entonces que exploto en miles de pedazos, y los voy dejando en cada esquina recordada por ti; exploto en miles de fragmentos que deposito en esta alcoba para que sueñen contigo. Exploto junto a ti en un torrente de lágrimas que se derraman incontroladas; y en esa explosión arrolladora te llevo conmigo en cada átomo de mi ser.

Y te seduzco para que vengas conmigo –más allá al infinito– porque sé que mis contornos ahora se desdibujan con los tuyos invariablemente.

lunes, 6 de mayo de 2013

Asesinada. Cristina Ocaña




Salvajemente asesinada por tu miembro he quedado muerta. Yazco entre las sábanas de seda de mi oscura habitación; estoy muerta, sin pulso, con las pupilas dilatadas y los brazos extendidos en cruz. El perfume de tu sexo impregna todo mi cuerpo, toda la habitación y me ha embriagado por completo. Salvajemente asesinada por tus besos, por tu lengua afilada y obscena que no ha dejado rincón de mi cuerpo sin estocar. En mis oídos aún puedo escuchar tus jadeos, tu dulce voz, tus palabras ingratas y estremecedoras: voy a asesinarte de placer y te abandonaré ya muerta en tu cama. Entre una confusión de cuerpos, manos y pies me asesinaste salvajemente. Yazco muerta por tus continuas penetraciones. Ya nunca más volveré a recobrar el aliento; te lo llevaste contigo y me avisaste pero yo no lo creí.

Llegaste como un vendaval a mi vida y te fuiste destrozándolo todo como un tornado furioso y dejaste mi vida desordenada y confusa. Y para acabar de rematar tu violencia innata, yazco ahora muerta entre mis sábanas de seda. Lo preparaste todo a conciencia, tu coqueteo estúpido, el aleteo de tus pestañas como inútil mariposa, tu sonrisa torcida y anacrónica, tus ojos oscuros y profundos, tu aliento ácido y tu saliva caliente…

Pensé estar contigo en el paraíso, pero lo que no sabía es que acababa de abrir la puerta a los infiernos, intenté escapar, pero no me dejaste, me abrazaste fuerte y me hiciste sentir como una niña miedosa. Pasamos tardes calientes y bochornosas en el infierno con las manos entrelazadas, yo cabalgándote desaforadamente y tú con las manos en mi cintura pidiéndome más.

Cuando por fin escapé, y volví a retomar mi vida, no lo aceptaste y te llevaste mi alma, porque mi cuerpo ya no te pertenecía, ya no me pertenecía. Es por eso que yazco muerta entre mis sábanas de seda. No supe ver tus ojos de diablillo travieso…

domingo, 28 de abril de 2013

Caja de Bombones. Cristina Ocaña

© Anders Petersen




Me regalaron una caja de bombones y no pude resistir la tentación de mordisquearlos todos, de probarlos todos y esperar a la alquimia de la pasión, tú me gustas, tú no; como una niña maligna y aburrida que juega con todos ellos. Busco algo apetecible, nuevo, diferente, qué sé yo. Por fin doy con el bombón deseado, ése que me ha dejado un regusto amargo pero que no puedo dejar de paladear. Te elegí a ti, bombón de chocolate negro, el menos apetecible pero el que me dio más sabrosura que otros, más placer, más locura. Encontré ese éxtasis frenético, esa pulsión química, mágica, de dos cuerpos calientes masturbándose. Estoy desnuda, me miras y ya no me puedo esconder debajo de la ropa porque me muestro tal y como soy, sin envoltorios sintéticos, y me muestro en todo mi esplendor con mis pechos reclamando tu boca y mi sexo reclamando tu verga.

Te saboreé hasta el infinito, lamí cada rincón de tu cuerpo, olí tus cabellos, tu sexo, tu sudor. Bebí de tu saliva, caliente, suntuosa. Te mordisqueé todo lo que me dejaste, hasta acabar contigo, con tu pulso, con tu último aliento de vida. Lo siento, lo que no te dije es que soy una mantis religiosa, no dejo títere con cabeza, me puede la gula. Adiós bombón de chocolate negro, ¡hola bombón de praliné!