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sábado, 10 de mayo de 2014

Una noche de sexo. Germán Piqueras



Hoy he descubierto el sexo por primera vez.
Y en él no hay Dioses ni creyentes,
solo un fuerte olor que aún perdura bajo la ducha.
Solo eso. Un olor permanente que no se puede borrar,
que va más allá de ser bueno o malo.
Es el sexo una tercera categoría en nuestra moral,
un espacio donde la patria es el color de un trozo
de carne degradándose hasta ser placer.
Ese placer de encontrar un charco
donde antes había un zapato,
ese placer de generar una idea
que nunca antes había presidido tu cabeza,
ese poder que solo brota cuando las lenguas se enredan
como queriendo arrancar los órganos.

Todo esto pasará y mi vida será plena,
creeré que no necesito al sexo,
hasta que los meados de perro en la pared
vayan borrando todas las superficiales capas blancas de pintura,
y solo quede una. En la que te encontré.
La real, la sucia, la mía. La que siempre está a la venta
y nunca se vende.

lunes, 17 de febrero de 2014

La madrugada roja de Barcelona. Germán Piqueras


M.R.
Flickr de M.R




No te des la vuelta,
podría ser demasiado
… y ambos callaríamos
ante la violencia de tanto silencio de mentira.

Es todo lo que me sugiere el gesto
de que tú me persigas por delante,
atenta a mis desvaríos de calles e ideas,
y a ti misma, por si acaso se te olvida
perderte. Una noche más.
Y no va ninguna.

Continúas tu persecución.
Tu ego y el mío son uno,
tus pasos y los míos hedor,
de algo impalpable que amamos
porque tememos.

Sé que acabaremos lejos de aquí.
En aquella calle que no nos mira
… y allí, necesitados de afecto y miedo,
follaremos los tres, mientras
Barcelona se debate entre la idea
de amanecer o morir.

Nunca perseguiste tanto una duda.


lunes, 10 de febrero de 2014

Nuestra última noche de sexo. Germán Piqueras


The Lodger: A Story of the London Fog.  Alfred Hitchcock, 1927



Es demasiado domingo,
pero te abres de piernas
como si volviéramos a empezar.
Y entonces comenzamos a hablar.
Queremos saber de qué tenemos miedo,
si aún seguimos creyendo en nuestros defectos.

Y la conversación se paraliza en mi lengua,
que no sabe contestar a nada y huye
hacia esas zonas que los niños eligen
para nacer. Acariciándola como si no te conociera
de nada. Y eso nos gusta.

Porque tú y yo siempre seremos dos desconocidos.
Porque tú y yo beberemos siempre de esa oscuridad
hasta no ver absolutamente nada. Nada más que
nuestra carne, preocupada por envejecer en las manos
de extraños más extraños que nuestra propia historia
y por los huesos que cada vez nos sugieren más fuerte
que esta, puede ser nuestra última noche de sexo.




sábado, 7 de diciembre de 2013

La chica que llegaba tarde. Germán Piqueras





Más deprisa que yo, 
en esa hora en que la tarde
no parece más que un camino
hacia ningún lugar,
dos medias grises me adelantaron,
seguras de sí mismas,
con maneras de nuca amenazada
por un revólver.

Iban a ese ningún lugar
a no encontrarse conmigo,
y no dejarme tocarlas,
para así,
seguir siendo perfectas.

Sin embargo yo me quedé ahí,
con la imaginación triunfante y arrugada,
en ese momento donde el neón verde
de las farmacias nos alerta
de que podemos estar enfermos.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La vecina británica. Germán Piqueras.







Escuchar su cucharilla removiendo el hielo,
con los mismos sonidos, agudos y persistentes,
de la pajita que absorbe el limón derretido.
Y verla.

Verla desde arriba cómo siente la música
y sentir que ella es el verano,
mientras el sol decide quedarse en sus piernas
y en su bikini tendido arrugado,
aunque caiga la losa de la noche.

Mirar cómo sonríe excitada,
mientras me quemo y alrededor
ondean las toallas de los extranjeros,
que duermen desnudos esperando
la hora exacta de comenzar a lamer mi país,
dándoles igual que yo ahora sea ceniza y miseria.

La amada impotencia de saber que no soy nadie
al admirarla.

martes, 29 de octubre de 2013

Vecinos extranjeros. Germán Piqueras



The bedroom used by Little Edie after her mother died.
A single light bulb hangs in a bird cage above the bed.



Esta prisión de escuchar
cómo dos, que quieren ser uno,
hacen y deshacen el amor
a su manera, sin bromear.
Ese no pensar en el ataúd
en el que estoy yo,
inyectándome las agujas del reloj,
para que el tiempo se quede
dentro de mí y pueda domarlo,
hacer perpetua la musicalidad
del placer ajeno.
Este silencio impaciente
que viene cuando el mundo se ha acabado.
Esos alaridos que superan todo
lo que la filosofía ha intentado explicar
a lo largo de su historia muerta.



lunes, 21 de octubre de 2013

La noche es nuestra. Germán Piqueras





Vivo en un lugar donde solo se escucha.

Mi única visión es la luz amarillenta
que ilumina los candentes tacones,
de chicas que celebran cada noche
que tienen veinte años.

Yo, sin embargo, tengo todos los años que existen.
Los oídos más grandes y sensibles de este universo,
y una imaginación que roza alguna sinceridad,
y casi todas las perversiones. Por dulces que sean.

Tengo la suerte de escuchar nuevos pasos
cada diez minutos, cuyas ondas ahondan
más mis arrugas y forman otras nuevas
en los lugares más tersos de mi enferma inocencia.

Mis ojos tienen la mueca de quedarse aquí,
en esta eternidad de desconocimiento mutuo
entre quien camina y quien escucha.

Me conformo con que pisen mi silencio
con su jaleo desmadrado.
Sus tacones tienen más poder que los
libros que no leo.