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domingo, 9 de marzo de 2014

Después de. Carmen Solsona







Resonó en su cabeza, el golpe seco, choque de puerta y dintel, la que el día antes había atravesado entre supuestos y conjeturas, deseando que llegado al punto culmen todo fuera como debía. No iba desencaminada, ni siquiera cuando los pasos dados en medida distancia, celeridad precisa, aún a costa de la inquietud y nerviosismo, más propio de una adolescente, que de una mujer madura, zigzagueaban en curvas asfálticas de la ciudad natal que ahora le ofrecía, dadivosa, motivaciones imprevistas, súbitas escenas que esbozaba en su cabeza, cortos y minirrelatos suficientes para hacer un maratón de sensibilidades en versión original. El portazo siguió retumbando durante el descenso, en cuenta atrás, de los siete pisos, no eran números, estaban ahí, las respuestas a aquellas que hizo en sentido contrario, una tras otra, aclaradas y resueltas.

Notaba en su boca un sabor olvidado, el que postergó en pos de un "querer estar" sin más pretensiones; el sabor de su polla, ese último momento de gozo que experimentó, felación ejecutada con torpeza, dada la falta de hábito, ni siquiera podía recordar la última realizada, y sin embargo el temor quedaba atenuado por la lascivia que experimentaba y deseo de traspasarle con su saliva la misma sensación que había experimentado cuando le había tenido entre su piernas, dentro de ella, dentro de su coño húmedo y cálido, provocándole un orgasmo casi eterno.

Apretaba con fuerza los libros, pegado a su pecho, él, poesía reveladora, la que ahora lee queriendo aprender, versos, esos u otros que perfilaron, en su cabeza e interior, lo anterior y lo posterior; el cambio de lo que creyó inamovible, pétreo, frío. Y sin más remedio, volvió al asfalto, intentando contener la pregunta del "después de", ahora sin ondulaciones, sin metáforas, aquellas que las musas reclamaban, las escritas por sus diálogos, sus miradas, sus caricias, sus besos, porque ahora, sin retóricas, explícitamente, le echa de menos.


miércoles, 5 de febrero de 2014

No quieras ver. Carmen Solsona


 Dita Von Teese by Chas Ray Krider


No quieras ver, ciérralos y aléjate, ya lo haces. No quieras la realidad de mi persona, un ego alimentado de melancolía y compasión. Ese mismo tuyo que colmabas en tiempo y misivas con romanticismos no fingidos, supuestos de fases y talantes, reproches y reprobaciones en mí, en ti no reconocidos. Querías no verlo, querías que no lo viera. Notas y gramática con un aliento tímido, corazón babeante en espera y receso. 

No quieras ver mi consuelo, regazos en otros brazos y otros anzuelos. Acurrucada y protegida. No feliz, no satisfecha, no puedo, no podría. Mientras tú vigilante invocas himnos transportados en espacio y tiempo, dirección opuesta hacía un camino ya asfaltado, la meta con aplausos de los que te acogieron esperando tu victoria. 

No quieras verlas, sin aliento, recorriendo simas abismales rebosando ciénagas en las que me atasco, me embarro, me hundo. 

No quieras ver, como yo no quiero verte en tu asiento, atado, eternamente pegado, frente a esa grotesca ventana soporte de estados siempre alterados e imágenes simuladas y a veces traidoras. Crispando tus puños, acalambrando tu  miembro. Callos callados de masturbaciones perpetuas, las que obligan al olvido y postergación de otros placeres omitidos.

No quieras verlas, las escribo claras, concisas, surgidas en cambio  de remolinos turbios, malolientes. Palabras dolosas, dolorosas. 

No quieras verlas, manos húmedas, no las toques, no las huelas; mojadas por rozar deseosa la parte de mi cuerpo que excitabas y excitas. Recuerdos incrustados en mi cerebro, atravesando el corazón, destilando el ardiente líquido que con ellas recojo. No dejes de verlo.

No quieras ver, compleja idiosincrasia, multiestados, multimierdas, descentrada, desorientada, búsqueda de un sitio que jamás encuentro, como el borracho que no encuentra su botella, el jugador su jugada, los gusanos su carroña. No quieras.

No quieras verlos, mis sueños de lunática estremecida, murmullos que trae la noche, aquellos que escuché al roce de tu mejilla, ese último momento, esa última ocasión. Murmullos que a mis oídos sonaron como un eco turbado; ese mismo que ahora me repite, no quieras verlo. Aquel que en mis entrañas grita, querría siempre que vieras.