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martes, 23 de julio de 2013
viernes, 18 de enero de 2013
El Kama Sutra contado de nuevo. Sujata Bhatt
![]() |
| Lucía Bailón |
Entonces Roman Svirsky dijo
Es ilegal en Rusia escribir
sobre sexo
de tal manera que
para Vasily Aksyonov
es importante escribir sobre ello
Te ríes
pero yo quiero saber
cómo romperíamos el largo silencio
si estuviéramos bajo esas mismas reglas.
No basta con decir
le besó los huevos,
le lamió toda la verga,
su lengua no podía parar.
Y es que él piensa en el primer día:
ella mira hacia otro lado
mientras se quita la camiseta
los vaqueros, las bragas, el sujetador.
Ni siquiera se gira a verlo
hasta que ya está en el lago,
con el agua clara hasta el cuello
pero incapaz de ocultar su piel.
Nadan
hasta las islas
pero él no recuerda haber nadado;
sólo rozar su pierna
una vez, y después sumergirse
bajo sus muslos y estar bajo el agua
lo suficiente para echar una buena mirada,
salir a respirar y observar
su pelo negro flotando liso,
y observarla después
escalar
las piedras, para salir del agua.
Ella no sabe qué decir,
Él desearía que fuesen cisnes,
los cisnes de Yeats
que no tenían necesidad de hablar
y podían deslizarse siempre
por otros mundos;
mágicos, aunque rozando carrizos de verdad.
El sol le da a ella en los ojos
por eso se acercan a los pinos.
Al tocar sus pezones
él no sabe
quién de los dos está más sorprendido
(años después él recuerda esa mirada,
el modo en que sus ojos se agrandan).
A él le sorprende
que ella quiere que le bese
una y otra vez los pezones
porque ella tiene apenas diecisiete años le sorprende
que sus pechos están tan llenos.
A ella le sorprende
lo bien que se siente
porque él apenas tiene diecisiete años le sorprende
que pueda ser tan tierno
y tan duro dentro de ella,
así como agujas de los pinos
pueden ablandar la tierra.
¿En dónde termina la tierra
y empieza ella?
Debió haberse tragado el cielo
el lago, y todos los bosques
veteados de senderos marrón ámbar;
ya que ahora una enormes alas blancas
van descendiendo entre
sus muslos, aleteando más fuerte
por su pecho,
el pico
acariciándole la columna
las plumas hormigueándole la piel,
la sangre adentro
de sus ingles se hincha
mientras unas alas arremeten por salir,
arremeten.
Sujata Bhatt Ahmedabad, India, 1956. Poeta y traductora.
jueves, 13 de diciembre de 2012
Triunfo de Artemis sobre Volupta. Ana Rossetti
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| Fotografía de Lucía Bailón |
"Ah!, sí..."
Marie Dorval
Edad inimitable, a tu espejo interrogo
en cuál de mis innumerables
alacenas está la máscara de diosa
que de oscuro los mármoles cubría.
Vuestro fervor, tan obsesivo éxtasis,
la hizo hermosa y distante y proclamó única.
Sin embargo, tantas veces os maltrató!
Su lengua tan cruel como un látigo era.
Tras de los balcones atisbaba ansiosa
y a los suplicantes ojos se negaba
si de vuestros deseos tenía certidumbre.
No os consintió ni una sola hebra de su túnica,
ni tan siquiera que hurgarais entre sus collares.
Ni pudisteis, a través de una cerradura,
mirar cómo parsimoniosa se desvestía
haciendo crecer su desnudo desde la bañera.
Vaho de enredadera gris. La mano recurriendo
a la esponja. Y la fragante espuma, reptando
por su cuerpo, en él se introduce
instalando su invisible dominio.
No bebisteis tampoco en las sabrosas fuentes
que anegaban los turbios laberintos
que una maligna virginidad clausuró.
Ni las sombrías axilas, ni la frondosa concha
de la pelvis, ni la entrelazada cabellera
supieron del amable tacto de esos dedos
que conozco tan bien. Pero cuánto la amáis!
No la oisteis gritar cuando el estrépito
del placer os sobrevino y tumultuosamente
desbordó la hendida cúpula.
Mas el recuerdo de ella, precipitándose,
os asaltay en mí la buscáis. Qué terrible
e inimitable edad. Siempre a tu espejo interrogando.
Intento renacer, antigua identidad
que os fascinaba, aquel cuerpo tan desconocido,
si es que es posible tal metamorfosis.
Sabéis ya en qué precisos
lugares de mi piel Eros se asienta;
los secretos, derramados por la colcha,
por vuestras hábiles bocas sorprendidos.
Rendida, mis piernas fuertemente a vuestras piernas
enlazarán para que la total arremetida
a mi vientre penetre y arda en él.
Ahora soy costumbre,
invadida patria de rutinarias delicias.
Al poseerme perdisteis mi belleza anterior
y se os han desvanecido los deseos.
Mas si me ayudáis a buscar
en los armarios las túnicas olvidadas
y a rescatar la máscara propicia,
si me vuelvo arrogante, ¿os podré convencer?
Tan sagaz es la experiencia
y tan indestructible su mandato
que os sobrepasé largamente.
Incluso os instruiría. Y me lo reprocháis.
Edad inimitable,
donde los dioses habitaban y era
la admiración el tributo único
que a mis pies esparcíais.
No me pidáis que vuelva,
pues la inocencia es irrecuperable.
en cuál de mis innumerables
alacenas está la máscara de diosa
que de oscuro los mármoles cubría.
Vuestro fervor, tan obsesivo éxtasis,
la hizo hermosa y distante y proclamó única.
Sin embargo, tantas veces os maltrató!
Su lengua tan cruel como un látigo era.
Tras de los balcones atisbaba ansiosa
y a los suplicantes ojos se negaba
si de vuestros deseos tenía certidumbre.
No os consintió ni una sola hebra de su túnica,
ni tan siquiera que hurgarais entre sus collares.
Ni pudisteis, a través de una cerradura,
mirar cómo parsimoniosa se desvestía
haciendo crecer su desnudo desde la bañera.
Vaho de enredadera gris. La mano recurriendo
a la esponja. Y la fragante espuma, reptando
por su cuerpo, en él se introduce
instalando su invisible dominio.
No bebisteis tampoco en las sabrosas fuentes
que anegaban los turbios laberintos
que una maligna virginidad clausuró.
Ni las sombrías axilas, ni la frondosa concha
de la pelvis, ni la entrelazada cabellera
supieron del amable tacto de esos dedos
que conozco tan bien. Pero cuánto la amáis!
No la oisteis gritar cuando el estrépito
del placer os sobrevino y tumultuosamente
desbordó la hendida cúpula.
Mas el recuerdo de ella, precipitándose,
os asaltay en mí la buscáis. Qué terrible
e inimitable edad. Siempre a tu espejo interrogando.
Intento renacer, antigua identidad
que os fascinaba, aquel cuerpo tan desconocido,
si es que es posible tal metamorfosis.
Sabéis ya en qué precisos
lugares de mi piel Eros se asienta;
los secretos, derramados por la colcha,
por vuestras hábiles bocas sorprendidos.
Rendida, mis piernas fuertemente a vuestras piernas
enlazarán para que la total arremetida
a mi vientre penetre y arda en él.
Ahora soy costumbre,
invadida patria de rutinarias delicias.
Al poseerme perdisteis mi belleza anterior
y se os han desvanecido los deseos.
Mas si me ayudáis a buscar
en los armarios las túnicas olvidadas
y a rescatar la máscara propicia,
si me vuelvo arrogante, ¿os podré convencer?
Tan sagaz es la experiencia
y tan indestructible su mandato
que os sobrepasé largamente.
Incluso os instruiría. Y me lo reprocháis.
Edad inimitable,
donde los dioses habitaban y era
la admiración el tributo único
que a mis pies esparcíais.
No me pidáis que vuelva,
pues la inocencia es irrecuperable.
De "Los devaneos de Erato" 1980
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