viernes, 25 de abril de 2014

El cuaderno de Rosa. Alina Reyes.

- Dahmane -

Al poco de conocernos, una persona me contó que, un día en que fue a verlo a su hotel por motivos de trabajo, tuvieron que abrir la puerta de su habitación, y lo encontraron tendido en la cama, desnudo, borracho perdido, rodeado de botellas vacías y de revistas pornográficas. Con eso me enamoró.

*

Toda postura, toda sensación, tiene su poesía y su filosofía. Cada coito, por rápido o por brutal que sea, debe convertirse en una obra de arte.

*

Mi rosa es un burdel privado en que no entran más que los elegidos de mi vigilante corazón.

*

Y el amor nace del deseo, que es su crueldad y su milagro cotidiano. Y dos milagros aún mayores, y más raros, es capaz de hacer el amor: despertar el deseo de quien no lo ha sentido en sí mismo, y desobedecer al deseo cuando éste no debe triunfar.

viernes, 18 de abril de 2014

Atrévete. Larkin Rose

Editorial Egales


Ellen Von Unwerth

La mujer estaba de espaldas a la puerta. Llevaba unos vaqueros que le marcaban el bonito trasero. Tenía el pelo oscuro y ondulado, a la altura de la nuca; los hombros anchos, las manos en los bolsillos. Kelsey se imaginó a sí misma montándola como un jinete, usando su cabello a modo de riendas y aullando de placer al correrse en su espalda. Pestañeó para apartar la imagen de su mente y poder concentrarse en su trabajo.

La mujer se volvió despacio, paseando su mirada por las paredes. Kelsey vislumbró un perfil de formas duras y cinceladas, con la nariz algo torcida. Tenía el pelo corto por la parte de arriba y escalado a los lados. Sus brazos eran morenos y torneados, y llevaba un polo de color melocotón, de manga corta. Los ojos verde jade que repasaron a Kelsey eran como fuego líquido que la fundía como un bloque de hielo. La recorrió una sensación ardiente que se concentró en su líquido y lo hizo palpitar. El corazón le latió con fuerza en las sienes.

Cerró las piernas con fuerza para mitigar el ardor que la consumía desde la entrepierna.

- ¿Puedo hacer algo por ti?

La mujer respondió con voz firme y profunda:

- Esperaba que me hicieras un lapdance –repuso, con los ojos fijos en los pezones endurecidos de Kelsey.

- Treinta pavos sobre la mesa.

Kelsey cerró la puerta y se dirigió al equipo de música. Cuando miró hacia atrás, había varios billetes sobre la mesa y la otra mujer se había arrellanado en la mullida butaca. Kelsey puso su canción preferida: la había puesto tantas veces que debería de ser la única del CD. La música retumbó desde los altavoces y las luces estroboscópicas centellearon a su alrededor siguiendo el ritmo. Kelsey rodeó la butaca de la mujer y le pasó los dedos por el brazo y por el hombro, hasta colocarse detrás.

- No me puedes tocar, sólo yo a ti.

Se inclinó y le lamió la oreja. Sonrió cuando la otra mujer cerró los ojos. Le gustaba el control que ejercía cuando daba un baile privado. Podía hacer lo que quisiera y dejarse hacer lo que quisiera. En aquel momento, quería ponerse a horcajadas sobre la cara de aquella preciosa mujer.

Le acarició los firmes pechos y los abdominales bien marcados, mientras se acercaba más y más a la cinturilla suelta de los vaqueros. Le mordisqueó el cuello y le pasó las uñas por el brazo, antes de colocarse frente a ella. Los ojos de la otra mujer no reflejaban más que puro deseo y Kelsey sintió que estaba aún más húmeda, por imposible que pareciera.

Subió una pierna hasta el brazo de la butaca y bamboleó sus caderas a escasos centímetros del rostro de su clienta, mientras se acariciaba el sexo húmedo. La mujer movió los labios, como si diera algo, justo cuando Kelsey la rodeaba con las piernas y se la sentaba en el regazo.

- ¿Sí? –la animó Kelsey.

La mujer lo repitió en voz queda.

- A que no te atreves a besarme.

Kelsey sacudió la cabeza y se dio la vuelta sobre el regazo de su clienta. Se inclinó hacia atrás hasta que tuvo el trasero contra su sensual estómago musculado y empezó a frotarse contra sus caderas. Unos dedos fuertes le rodearon la cintura y se insinuaron entre sus piernas, pero Kelsey los apartó, se levantó y movió el dedo índice en señal de negativa.

La otra mujer también se levantó y atrajo a Kelsey contra su cuerpo duro y firme.

- Cuando abras las piernas, asegúrate antes de que te secas el coño mojado.

A Kelsey se le disparó el corazón y notó que le lamía en el interior de los muslos. Reprimió el impulso de mirarse la entrepierna para ver lo mojada que estaba. Los duros ojos verdes de su clienta se posaron en los suyos. Entonces alargó la mano con la intención de quitarle la máscara. Kelsey retrocedió, pero la otra mujer la retuvo con firmeza. Era más fuerte que ella. Sonrió.

martes, 15 de abril de 2014

El deseo es como una herida... Teresa Domingo





El deseo es como una herida que se abre sin dolor, mostrando la sangre que tirita en el vaivén del mundo. 
Silenciosa en su devenir, roja como un manojo de cerezas, la sangre camina lentamente  y explora los  senderos de los cuerpos como si fueran mares en los que perderse como peces estivales. 
Sola en casa, me desnudo. Imagino tu piel y la memoria de tu piel, el tatuaje interior de un corazón que se agolpa y se cierne entre los muslos del tiempo, en las ingles de la alegría. 
Sola en casa, me acaricio. Huelo a incienso, a vela y me corono con un ajuar de rosas. 
Tendida en la cama, fluye el transcurrir, y el clítoris es una emanación  de la sima donde se esconde el alma de la perra, su celo y su lenguaje. 
Entre mis piernas, se evade la sombra. Las manos crean catedrales y, como el gótico, mi destino es perecer, perecer en un momento y resurgir con las olas del éxtasis. 
¡Oh aquelarre de la pasión, misterio de una luna que fracasa en los períodos de sus fases, vencida por el enigma de la carne

martes, 8 de abril de 2014

Las llamas se derraman en mi boca... Teresa Domingo

American silent film actress Anita Stewart pictured on the beach at Santa Monica,
whilst visiting Jack Mulhall, Alice White and Mervyn Le Roy
who were taking a break from filming Ritzy Rosie



Las llamas se derraman en mi boca
como besos, en el solsticio de la luz.

El sol se derrama y como Sémele
te pido tu esplendor, como si Dios pudiera
inseminarme y mi cuerpo fuera
la Pasión del Cristo.

El día me envuelve entre los coches,
huelo el alquitrán, la gasolina y el gasóleo,
el perfume del fuego y su rutina.

Sé que puedo ser hoguera, y mi carne
el combustible de tu semen.

Recreo el humo. Crea un ocaso
mítico, como un Teseo que pudiera
resucitar a Hipólito, como si la culpa de Fedra
recayera en todas las mujeres.

martes, 1 de abril de 2014

Ven, amado, y... Teresa Domingo


Hedy Lamarr



Ven, amado, y
mira el enjambre, cómo las abejas
pierden la miel y la derraman
por mi cuerpo como si mi misma sangre
palpitara en ellas.

El panal es como el motor de un coche
que se encendiera y tú, tras la ventana,
pudieses oír cómo me ducho e
imaginar el jabón que cubre mi piel de reina.

Vienes y acaricias el agua, te pierdes y yo
me pierdo, me río y tú te ríes, y
entre las risas nos resbala el día
como si fuera un reloj sin tiempo.

La colmena late mientras se alza
en el mismo rumor un mar
poblado por serpientes.