lunes, 22 de octubre de 2012

Sin Título. Inguz Mentti



He aborrecido las noches taciturnas
en el universo de los cuerpos celestes

aquellos que flotan con el último gramo
de éxtasis que les queda en la libido



Reniego de ellos.
De sus prepucios impacientes
Y de sus anónimas babas



Ahora solo quiero las tuyas


quiero tus babas


que paseen con vicio
determinación
y lascivia
por este cuerpo

el que una vez se perdió

el que una vez fue celeste





martes, 16 de octubre de 2012

¿Se me pasará mañana? Chubi Pirri


me senté al lado suyo. el local estaba vacío y ella estaba sentada en la barra, en la parte más oscura del local, junto a unos divanes cerca de los reservados. nunca he estado en uno, me bastaba y me basta cualquier portal o cualquier pequeño tigre para la práctica de tan grandes y diversos placeres. Además yo acaba de entrar en el bar y fue fácil sentarme junto a ella, puesto que solo estábamos los dos, y por no parecer un marginao, me senté junto a ella. pronto tomó la iniciativa y entablamos conversación. solo estábamos conociéndonos y tengo que reconocer que a veces me comporto como un carca según tanteo o percibo el ambiente, por miedo a que la otra persona en cuestión se asuste a causa de mi total desvergüenza e indiferencia ante cualquier cosa impensable y en consecuencia censurable de inmediato en la mente y la psicología ordinaria de las masas. A veces mis pensamientos y mis poco sólidas teorías se derrumbaban de tal forma que era ella quien tomaba la iniciativa: se dejaba de camelos y directamente me echaba la mano a la entrepierna en medio del bar, mientras me daba a conocer sus labios y exploraba cada parte de nuestras lenguas con una sensualidad desbocada, intensa, y a su vez sin perder en ningún momento su clase, su estilo en cada uno de sus gestos, en su forma de moverse, de caminar. no era marylin, no era sofia loren. no le hacia falta, su sencillez suplía todo ese estúpido protocolo, de un feminismo predeterminado, prepensado, hortera, y que no corresponde en absoluto con la realidad. era una chica de la calle, una chica de verdad, a la que no le hacían falta disfraces para resaltar todo su sex appeal. sus dedos acariciando mi cuello... y yo el suyo y su chupa vaquera... eso era, eso era lo que hacía que pudiese permitirse el lujo de acariciarme la polla delante de todo el personal. porque realmente parecían mucho más guarras todas las que miraban de reojo y cuchicheaban criticándola por lo bajini... la única diferencia era una envidia causada por prejuicios inculcados consciente o incoscientemente pero innegables en unas pibas muertas e envidia a sabiendas de que ellas no podían hacerlo puesto que no disponían del feeling necesario y suficiente para poder montárselo como ella se lo montaba, sin quedar como una pobre chica borracha y/o facilona. pero ella tenía la sartén por el mango, y a mí me gustaba estar dentro de la sartén, qué coño. esa fuerza física, esa vitalidad, esa mentalidad, sus ganas de yo que se qué y ella qué sabe, sus ganas de hacer, construir, vivir, aprovechar cada momento, exprimir el tiempo... una despreocupación total y absoluta hacia la muerte, más cerca del optimismo que de los emos, que llamaba la atención y le afianzaba aún más si cabe en esas zapatillas pegadas al suelo y en ese aura tan especial que desprendía, como un televisor de tubo o algo así. sin precedentes en mi vida, una belleza sencilla que no ruda, vaqueros, zapatillas, sin maquillaje, ni falta que le hacía... ojos en los que se veía qué habían visto, mirada que mostraba levemente sus adjetivos más palpables a primera vista. la lucha, su fuerte personalidad y seguridad en sí misma, autodidacta en su ser, en lo que es, en lo que ha querido convertirse, y a la vez encajando los golpes de lo que no le gusta, llevándose lo bueno por donde pasa, absorbiendo conocimientos que cree que debe adquirir para alcanzar sus metas, aunque a veces no esté tan segura de que sirva para tanto... pero sigue adelante con su fatiga y su dos ovarios, y cada vez más cerca de ellas... cero por ciento palique, bastantes palabras y sonrisas, precisas, interesantes aunque abundantes, sin caer en la pesadez, quizá la culpa es mía debido a mi aislamiento y mi falta de conversación y risas. no todo el mundo es un hijo de puta. simpática, risa real, no forzada, sincera, trasparente. ¿por qué? hay muchísimas chicas y algunas más provocativas que ella, pero ninguna tan atractiva, ninguna tan "auténtica", tan ella, indomable, ¿qué coño tiene? ese buen rollo que notas cuando un alma te acoge recién conocidos, ¿dónde queda mi prioridad con lo físico? ¿por qué siendo tan guapa, que no despampanante, me mola cómo es ella prioritariamente sin olvidar que está como un quesito? preciosa para mí y, seguro, y para mi desgracia, para muchos más. solo su forma de agarrar la copa y de sentase en la barra supera cualquier estereotipo de lo que la sociedad hoy considera belleza. no lleva mil mierdas en la cara, le gusta como es. ¿qué me pasa? ¿se me pasará mañana? ¿por qué por mi coco pasan gilipolleces que más que románticas son una horterada y un chiste? ¿por qué desbocarme por una conversación de bar normal y corriente? ¿por qué esta locura? ¿y si no vuelvo a verla? joder... ¿por qué soy tan cobarde? ¿por qué me parecen locuras e incongruencias lo que antes consideraba que era la guinda del pastel de la existencia? ¿por miedo al no? ¿a sentir un fracaso inexistente y una frustración infundada? siempre que no caiga en la pedantería, y vea la simpleza, por qué negarlo, complicarlo, y hacerlo más difícil, que intentar apartar la mirada de tus piernas.

domingo, 14 de octubre de 2012

A la brasileña. Pepe Pereza


© Aaron Siskind



Estábamos desnudos. Acabábamos de follar y cada uno ocupaba su lado de la cama fumando en silencio. En un momento dado, Ana se acarició el vello púbico con la yema de los dedos.

- ¿Crees que debería de afeitármelo? 
- Facilitaría las cosas a la hora del cunnilingus.
- Entonces ¿me lo afeito? 
- Haz lo que quieras, es tu coño.
- Sola no sé si podré.

Cogí un par de maquinillas de afeitar de triple hoja, espuma en spray, un par de toallas y una palangana con agua caliente. Cargué con todo y regresé al dormitorio. Ana me estaba esperando en la cama, sentada sobre sus piernas. Se la veía nerviosa y excitada, deseosa de eliminar cuanto antes todo el vello púbico. Apliqué la espuma de afeitar en la zona.

- Esto me recuerda a una peli que dirigió el tipo ese… el que le gusta mezclar la gastronomía con el sexo.
- Bigas Luna – contesté.
- Sí, ése… 
- Vale, ahora no te muevas que voy a empezar.

Me dispuse para el afeitado. Pasé la maquinilla por el monte de Venus, repetí el movimiento un par de veces más y luego enjuagué la maquinilla en la palangana.

- ¿Sabes a qué película me refiero? 
- Las edades de Lulú.
- Esa… Ya sabes, la escena donde él le afeita el coño a la prota. Recuerdo que cuando la vi en el cine mojé las bragas de lo cachonda que estaba.

Le pedí que no se moviera tanto y que abriese más las piernas. Ana obedeció. Entonces me acordé de que hacía un año coincidí con Bigas Luna y le saqué una foto.

- ¿Te acuerdas de esa exposición colectiva que organizó el Ayuntamiento el año pasado, esa en la que reunieron a varios artistas para que expusieran su obra en las calles de la ciudad? No sé si sabrás que uno de los artistas invitados era Bigas Luna.
- No tenía ni idea  – reconoció ella.
- Él se encargó de diseñar una especie de huerto ecológico en medio de La Plaza del Parlamento. Coincidí con él y le hice una foto.
- ¿Le hiciste una foto a Bigas Luna?
- Sí, lo recuerdo porque un minuto después ocurrió algo horrible. 

Ana me miró con los ojos muy abiertos esperando a que yo continuara hablando.

- Una niña de cinco años se cayó del balcón de un cuarto piso.
- ¡Qué horror! ¿Y murió?
- Fue una caída tremenda. Creo que su muerte fue instantánea.
- ¿Bigas Luna también lo vio?
- No lo sé. Yo solo tenía ojos para aquel pequeño cuerpo que estaba tirado sobre el empedrado de la plaza. Estaba a menos de tres metros y tenía la cámara en el bolsillo. Sabía que podía hacer unas fotos únicas, más cuando la madre bajó a la calle y se arrodilló junto al cadáver de su hija. La pobre gritaba y lloraba como una desquiciada.
- ¿Sacaste las fotos?
- No me atreví. 
- Debió ser una experiencia horrible.
- Lo fue. 
- Supongo que yo tampoco hubiese tenido el valor para sacar fotos.
- No, no era el momento.

Casi había acabado con la zona del monte de Venus, me quedaban los labios vaginales y la zona del ano. Decidí cambiar de maquinilla, para las zonas difíciles era mejor utilizar cuchillas nuevas.

- Bien, ahora quiero que no te muevas.
- ¿Y qué más pasó?
- No lo sé. Me fui de allí antes de que llegase la ambulancia.
- ¿Te fuiste?
- Lo que había allí no era agradable de ver.

Me acomodé para hacer una pasada con la maquinilla, entonces ella se movió y a mí se me fue la mano. 

- ¡Joder, tío! Me has cortado.  

La espuma de afeitar se fue tiñendo de rojo. Cogí una de las toallas y limpié la zona para poder ver con claridad el alcance de los daños. El corte apenas medía un par de centímetros pero el riego de sangre era escandaloso. Vi que Ana palidecía. 

- Me estoy mareando.
- Tranquila, no es nada. 

Traté de quitarle importancia al asunto, aunque realmente estaba acojonado. Intenté parar la hemorragia presionando la zona afectada con la toalla.

- Relájate… solo es un pequeño corte. 

Yo sabía que Ana sentía aprensión por la sangre y bastaba la visión de una sola gota para que se desmayase. De pronto perdió el sentido y se desplomó sobre el colchón. 

- Por favor, cariño… 

Le di unos suaves cachetes para que volviese en sí, pero no reaccionó. Estaba fría y blanca como un cadáver. Yo estaba tan asustado que no sabía qué hacer. A falta de ideas seguí presionando la toalla contra la herida. Noté los bomberos acelerados de mi corazón y por un momento creí que también yo iba a perder el conocimiento. Finalmente logré sobreponerme. Pensé que lo mejor era llamar a una ambulancia y así lo hice. De la centralita me dijeron que la ayuda llegaría en breves minutos. Volví al dormitorio. Ella seguía desmayada sobre la cama con la toalla manchada de sangre cubriéndole las vergüenzas. Parecía la escena de un crimen sexual. Entonces me di cuenta de que tendría que dar unas cuantas explicaciones cuando llegase el personal médico. Intenté pensar en cómo les contaría lo sucedido. Además no tenía claro si apartar la palangana y el resto de útiles o dejarlo todo tal cual estaba. Al final resolví no tocar nada, eran pruebas que apoyarían mi testimonio. Ese pensamiento me dio seguridad. Me encendí un cigarro con la intención de calmarme. Como estaba desnudo opté por vestirme. Volví a acercarme a ella y comprobé su respiración. Lo que me preocupaba era el flujo continuo de sangre que salía del pequeño corte. Tal vez le había seccionado una arteria, aunque albergaba serias dudas de que una arteria pasase justamente por ahí. Consulté la hora, los de la ambulancia estarían al llegar. Salí del dormitorio y fui al salón. Rebusqué entre los álbumes de fotos, elegí uno y busqué una fotografía en concreto. Era la foto que le había hecho a Bigas Luna antes de que la niña se precipitase al vacío. Me quedé mirando la cara del famoso director pero lo que realmente vi fue el cadáver de la niña y a su madre gritando su dolor a los cuatro vientos. Aquella foto de Bigas Luna siempre sería la que no me atreví a hacer con mi cámara. Recordé el espantoso ruido que produjo el cuerpo de la chiquilla cuando impactó contra el suelo. La vi tirada en la plaza y a su madre saliendo del portal para encontrarse cara a cara con la desgracia. El estómago se me encogió. Siempre que pensaba en la niña me colocaba en esa fina línea que separa el llanto de la contención. Estuve así hasta que llamaron al timbre. Entonces cerré el álbum, lo dejé en la estantería y fui a abrir a los de la ambulancia.



martes, 9 de octubre de 2012

Adictum est. Lucas Rodríguez Luis

© Alain Resnais Hiroshima mon amour


Una vez consumado el proceso
una vez probado tu cuerpo,
yo soy un dependiente más
arrastrando mi adicción,
me deslizo con torpeza
entre las hojas de los libros,
platos de comida, vasos,
travesías plagadas de personas,
mi dolor -entrañas que gritan-
mi desequilibrio me destina al suelo,
cómicamente me descalabro en silencio
y me hablan aunque apenas pueda escucharles.
-que quiero desintoxicarme -me dicen,
-mañana lo dejo -les digo,
después del último polvo
lo juro.


De Samsara (deambulación). (4 de agosto, 2005)

lunes, 8 de octubre de 2012

Encontrándote. Iñaki Echarte Villarte



Cuando te miro, no te veo.
Cuando te miro, veo a James Dean.
Cuando me miras, me miras [sin más].
Cuando me miras, me siento Sal Mineo.
En mi corazón.

En mi corazón anida una absurda esperanza.
Construida con el idilio, siempre perfecto, de mis progenitores,
con las historias siempre perfectas, escritas, filmadas, transformadas,
con la intoxicada y estúpida idea [mía] del amor perfecto.

Tus dedos han subido por mi espalda.
Tus palabras han escalado hasta mis oídos,
han penetrado a través de mi organismo
y mis deseos, mis esperanzas las han transformado,
te han transformado,
en un dios de celuloide.

Tus labios forman palabras que no escucho,
palabras que transformo en lo que quiero oír
[en lo que ya oí en falsas bocas].
Tus gestos son retazos que encadeno
con aquello que jamás harás,
con aquello que jamás soñé
[con lo falso escribo mi propio guión].

Hoy eres James Dean
en la pantalla de mis ojos
Mañana serás Warren Beaty,
o quizás Montgomery Clift.

Hoy eres tan maravilloso que mi felicidad
se alimenta de tu reflejo en un cosmopolitan.
Mañana puedes ser tan decepcionante
[una historia sin happy end]
que mi desdicha
puede ahogarse en el reflejo de tu reflejo de otro cosmpolitan.
[hasta que sea interminable]



de Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco. (Ed. Vitruvio, 2011)