martes, 25 de septiembre de 2012

Un poema de amor y veinte versos de mierda. Iván Rafael

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»
(Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Pablo Neruda)

Michael Winterbottom. 9 Songs


No puedo escribir un poema de amor esta noche
y recitarlo luego como un balance de cuentas.
Las cifras tiritan en los paneles de la Bolsa
alumbrando una noche con las estrellas en venta.
Los pretendientes pujan debajo de los balcones
cantando serenatas en la jerga financiera.
No puedo escribir un poema de amor esta noche.
No puedo escribir que me siento como una cartera
donde tu eres un valor repartiendo dividendos
con un saldo positivo entre ganancias y pérdidas.
Que tus manos dan rentabilidad a mi producto
aumentando el rendimiento del flujo por mis venas.
Que tus labios son una oportunidad de negocio
si amplias tu demanda para colocar mi oferta.
No puedo escribir un poema de amor esta noche
aunque abras tu sesión y repunte mi tendencia.
Aunque nos fusionemos y coticemos al alza
y mi capital de beneficios entre tus piernas.
No quiero escribir un poema de amor esta noche
sino veinte versos de mierda.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Un fragmento de Los Cuadernos del Hafa, de Pablo Cerezal.


Tampoco tenía mucha importancia el nombre tanger restaurant impreso en la carta, ni la equívoca descripción de los platos en un francés de andar por casa descalzo y sin cervezas en la nevera, ya que, al fin y al cabo, yo prefería seguir pensando si nos encontrábamos a las puertas del Atlántico, para no reparar en el sudor que dibujaba senderos en mi frente o el incipiente sucedáneo de epilepsia abrazando mis muslos mientras ella me sonreía y pretendía explicarme los ingredientes y sabores de las especialidades de la casa, buscando mi rodilla bajo la mesa, encontrándola y considerándola un estorbo en su camino hacia lugares más remotos de mi geografía. Y yo repitiendo mentalmente atlánticoatlánticoatlántico como un mantra subnormal, dando vueltas mentales a un mandala estructurado, en mi mente, de agua y peces, oleajes y playas, todo lo necesario, lo que sea, con tal de no desmayarme y golpear con mi frente el pegajoso hule que protegía la madera de la mesa con un ejército de florecillas de colores de incierta procedencia. Así que atlánticoatlánticoatlántico y sí, por supuesto, me parece bien, tajín de kefta, sí, y ella descerrajaba un disparo en mi líbido, encañonándome con sus labios certeros y mejorando su español cada vez que repetía comer con las manos, es bueno, luego tu poder chupar dedos míos, ¿sí?, vamos a comer con las manos, verás qué bueno, no pasa nada, luego te dejaré lamer mis dedos, y podrás seguir lamiendo toda parte de mi cuerpo que desees, ¿sí?, comeremos con los dedos como buenos marroquíes y después no los lavaremos, los dejaremos así para que tu lengua pueda lavarme y dejar impoluto mi cuerpo entero, ¿sí?, mejorando su español y olvidando el Atlántico porque ahora las aguas se habían abierto y, al frente, sólo quedaba ella, como un Moisés femenino, impío y libidinoso. Así que el español de ella, tan de juguete, repiqueteaba en mis oídos con la excelencia de un idioma perfecto, con frases que ella no pronunciaba pero que, de poder, de saber, sin duda, hubiera pronunciado. Mientras, yo anticipaba ya el momento en que, definitivamente controlados mis nervios, pudiera hundirme en el océano, mar o laguna (¡qué más da ya el tamaño de los flujos acuáticos!), de su vientre.


Más sobre Los Cuadernos del Hafa siguiendo este enlace.

martes, 18 de septiembre de 2012

Placeres. Daniel Fernández

© José Bénazéraf  L'éternité pour nous, le cri de la chair



1
Cae la tarde
y salgo a pasear
con mis cachorros.






2
Orinar en la tierra,
cagar en el camino,
hacerlo donde pille...






3
Dormir desnudo,
bañarse idem
y comer con las manos






4
Desde pequeño,
la piel se eriza
si me secas el pelo.






5
Desnudarnos.
Estar en tu regazo
y que estés en el mío






6
Ver estrellas fugaces,
salpicarte de besos,
leerte y que me leas.









7
Que me abriguen tus ojos,
comerte y que me comas,
contagiarnos la risa






8
Cobra sentido
descubrir lo que sea,
pero contigo.






9
Beber tu jugo,
despeinarte despacio
y despenarte.






10
Sudar contigo,
confundir nuestras tripas,
nuestros latidos.

Enunciado (fragmento). Sergio Gaspar

Extraído de Estancia (DVD, 2009)



No podré.
Pronunció las palabras en baja voz, apenas en un susurro, mientras observaba el suelo de cemento y aguardaba una respuesta, porque cualquier gesto le serviría ahora, una orden enérgica, una caricia que recorriese su espalda, un golpe de castigo en la nuca, un tirón suave o firme de la correa que reunía su cuello  con la mano derecha de la mujer que permanecía a su espalda en perfecto silencio, quieta, hasta rozar la desaparición.

Cerró con fuerza los ojos, persiguiendo recuperar la excitación perdida, salvar un resto de erección que justificase la imagen de su cuerpo a cuatro patas y desnudo, sosteniendo la larga y gruesa cola de felpa que colgaba del anal hundido entre sus nalgas.

Se vio entrando tras la mujer en el hipermercado dos horas antes. La vio vestida exactamente como él se lo había indicado, igual que la vería ahora si se atreviese a abrir los ojos, separarlos del suelo, y girar la cabeza hacia atrás, al punto del pasillo desde el que la mujer empuñaba la correa. Vio sus caderas y sus muslos marcándose bajo la falda gris ceñida. Vio la tela llegar a sus rodillas y transformarse en dos columnas de charol brillante y blanco, terminadas en tacones de aguja. Vio a la mujer dirigirse con su traje chaqueta a la sección de alimentos para mascotas. La vio proceder exactamente como él se lo había indicado: retirar de las estanterías varios paquetes y bolsas de comida de perros, sostenerlos entre sus manos el tiempo suficiente para que él pudiera gozar con la figura de la mujer mientras leía la lista de los ingredientes, mientras estudiaba los alimentos más nutritivos y sabrosos para su mascota.

El marido le había entregado el guión a su mujer cuatro días antes.

Guárdalo. No quiero que lo leas delante de mí. Quiero que lo hagas en el trabajo mañana. Que lo leas a solas.

El hombre la penetró aquella noche con violencia. La puso de rodillas en el borde de la cama, la cabeza entre las manos, y la golpeó con el pene hasta obligarla a gritar. Antes de cada penetración la llamaba perra. La llamó sucia perra de mierda, sólo eres mi sucia perra de mierda, mientras se vaciaba en su sexo. Después, todavía con el pene en su interior, le dijo que la quería. Ella lo oyó.

Mónica leía en el despacho con un dónut de chocolate en la mano.

Había atrasado el momento de sacar las páginas impresas del bolso para prolongar la excitación que le producía aquel gesto inesperado de su marido. Hacía tiempo que Javier la había acostumbrado a representar sus fantasías, más aún, que la había forzado a descubrir y aceptar que las fantasías de su marido se habían transformado en las suyas.

Javier le describía con precisión el escenario y los personajes, la ropa con la que debería vestirse. Le concedía un nombre y una edad. Se llamaría Montse, por ejemplo, y actuaría como la sumisa de un amo que iba  cederla por primera vez a un desconocido como prueba de obediencia y amor.
Había sido obligada a lamer de rodillas, con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda, los testículos del policía que la interrogaba, forzada a suplicarle a su interrogador que se corriese en su boca. Entró con quince años en el despacho del director del internado, un hombre que la doblaba en edad, un hombre vestido con un traje oscuro, que empuñaba una regla de plástico y que le ordenaba a la señorita quitarse las bragas ante él. Después la apoyaba contra su mesa, la obligaba a levantarse ella misma la falda y a mantenerla en alto el tiempo que durase el correctivo. Era virgen, y tuvo que elegir ante ese director entre perder su virginidad o que la penetrase por el culo.

Mónica se llevó a la boca el dónut de chocolate y lo mordió por primera vez.

Era la primera vez que Javier usaba un guión escrito. Cuando le anunció que escribiría el guión de un ritual, sintió aquel temor violento y conocido, idéntico al que la asaltaba las últimas semanas durante la representación de las fantasías y que contribuía a excitarla y turbarla todavía más. Reconocía aquel miedo a traspasar una frontera tras la que no encontraría el dolor y la humillación sin escenificaciones, sino algo aún más aterrador: la posibilidad de dejar de amar a Javier. Llevaba semanas intuyendo que corría y buscaba un peligro oculto en aquellos juegos deseados e impuestos, percibiendo el vértigo creciente de no desear más a su marido, sino a los hombres que la estaban poseyendo.

A Mónica le encantaban los donuts de chocolate. Sacó el segundo de la caja y empezó a leer.

Cuando la mujer regresó del trabajo, Javier la estaba esperando. No podía, quizá no deseaba tampoco, disimular su impaciencia. La mujer cruzó el salón y se sentó en el sofá, al lado de la butaca que ocupaba el hombre. Abrió el bolso y sacó las páginas impresas.

Lo haremos con dos condiciones.
Entonces, ¿estás de acuerdo?
No contestó.
Lo haremos con dos condiciones. Una: la palabra de seguridad no será la del guión. La palabra será donuts.

El hombre sonrió.

Te burlas de mí. Veo que te has disgustado.

La mujer no contestó.

Dos: tu perrera no la montaré en nuestro dormitorio, sino en la habitación del sótano. Mañana saldré antes del trabajo, así compraré tu uniforme y lo necesario para amueblar la perrera. El sábado por la tarde me acompañarás al híper y te mantendrás a distancia mientras me observes elegir tu comida. Cumpliré el guión y quiero que tú lo cumplas. A partir de ahora, empieza tu ayuno, sólo beberás agua. En las próxima cuarenta y ocho horas, hasta que te baje a la perrera, no te ducharás, tampoco te la lavarás las manos. Si cagas, no podrás limpiarte. Recuerda que los perros no se tocan, tú tampoco te tocarás, ni siquiera para orinar. No te cruzarás conmigo en el trabajo. Desde este momento no te dirigiré la palabra ni quiero que me la dirijas.

¿Puedo decirte una cosa, cariño?
No puedes decirme nada, sólo donuts.



lunes, 17 de septiembre de 2012

Besos Eléctricos. Noelia Olmedo "Anaïs Nit"


© Alain Robbe-Grillet  Glissements progressifs du plaisir 


Te excita que escriba palabras obscenas grandes como naranjas perfumadas, suculentas y calientes. Palabras que te hagan agua, que te derritan entero, que vuelvan del revés todos tus sistemas y oscurezcan tu razón.

Lames la pantalla mientras tu mano sudorosa toca tu polla tiesa y estiras cada segundo de fantasía eléctrica. Me imaginas húmeda, abierta de piernas para ti.

Y yo juego. Juego como la ludópata que soy. Niña mala sin esperanza, sin gloria. Juego y mis pechos están desnudos y mis piernas están separadas. Tecleo palabras mojadas para ti.

¿Pero ésta que escribe quién es? Me pregunto asustada. Una niña oscura. Mujer quebrada, perversa de deseo, deslenguada. La niña sin bragas. Tu sucia lolita virtual que come piruletas de fresa eléctrica y se toca delante de la webcam como si no hubiera un mañana.

La que está dispuesta a dejarse vencer. Para ti. Un apetitoso regalo.

Sé que no dejas de pensar en ello. Tu pequeña rutina se ha poblado de turbios reflejos de mi carne, de mis tetas bamboleantes sobre el teclado. De mis labios entreabiertos y sudados.

Me rondas como un gato en celo. Desde la distancia te huelo. Me dices que te gustaría olerme, hundir tu nariz entre mis muslos y aspirar hasta la locura.

Jugamos una y otra vez. Esto es peligroso. Porque empiezas a poblar mi vida con tus exigencias, que me vuelven loca, que deseo complacer. Siento que ya no tengo el control.

Internet era nuestro secreto, y allí nos tocábamos como dos adolescentes cachondos. Pero ahora, todo se ha vuelto frágil, insólito, porque hemos roto la última frontera. Hay una línea que no debimos cruzar.

Pero cruzamos…

Nos hemos pasado los números de móvil. Hemos concretado el encuentro. Te esperaré en el último rincón de la madrugada, desnuda, cómo a ti te gusta. Como yo deseo. Es este juego el que me mantiene cuerda, y en celo.

Así que seguiremos.

Mientras aguante el deseo.

:*

domingo, 16 de septiembre de 2012

Bambú. Carmen Pola




No estaba muy segura, ¿cómo debía colocarse? Quizá él orquestara todo y lo único en que tuviera que pensar M. fuera en abandonarse al placer de sentir por primera vez el calor y la suavidad de los dedos de Bruno adentrándose en el cuerpo a través de su coño. Sentía cómo crecía la felicidad resbalando por sus labios y pensó que cuando al tacto conociera su miel, iba a sentirse tímida y muy avergonzada, aunque quizás lo mismo le excitara sobremanera… Quiso entonces pensar cómo de mojada estaría su boca pero no con su gel sino con el de él, cómo sería su sonrisa más brillante que nunca cuando él dejara con sus yemas el gloss de su cuerpo como dijo que haría. ¿Qué sabría? ¿Querría entonces maquillarla con el color de su adentro una y otra vez?

La falta de referencia le dio la sensación de que el vagón le miraba y hasta era capaz de leer su pensamiento. Habían transcurrido pocos segundos desde que entraran, buscó a Bruno entre los pasajeros y lo descubrió observándola como distraído aunque en el fondo no perdía detalle. Estaba disfrutando al verla a escasos centímetros suyos, turbada y como perdida. “Por fin” pensó y la polla empezó a reaccionar de manera irrefrenable. Trató de no resultar inoportuno y se acercó cuanto pudo con el fin de que notara entre sus muslos cuánto la deseaba. M. buscó apresuradamente gentes más altas entre las que camuflarse y Bruno siguió sus pasos muy de cerca para que nadie pudiera descubrir su abrupto deseo. Se pararon uno frente a otro y entonces sucedió. Todavía no se explica cómo nadie lo supo, pues casi se sintió gemir generosa cuando la mano de Bruno buscó y mejor aún, encontró su clítoris. Pero no quiso detenerse en él y primero paseo con sus dedos sobre la anatomía oculta por la falda.

“Qué razón tenías” y en ese instante pensó que todo era desenlace, que tal y como le había dicho, era ya una sierva para lo que ellos, su sexo y su amo Bruno, la quisieran. M. quería seguir las normas del juego de los desconocidos (en realidad no eran otra cosa) pero el deseo de saber el crepitar de sus ojos fue más fuerte, clavó su mirada en la de él y entonces sí, el estómago se le hizo tan pequeño. Respiró profundamente y acercó la mano hasta lo suyo: “¡qué duro!”, bajó la mirada y lo imaginó como la primera y única vez que lo había visto. Sus ojos y ahora sus dedos ya lo conocían pero su boca y su lengua aún lo querían. Su nariz también deseaba olerlo y perdida en ese pensamiento, creyó que iba a empezar a correrse de un momento a otro. Volvió en sí rápido y cerró las piernas, quedando la mano de Bruno atrapada por ellas, entonces la miró y le sonrió, ella también rió. Cuando pudo zafar su mano de ahí, la cogió por el cuello mojándolo y atrayendo su cara hasta su boca, primero besó una de sus mejillas, ardía, y luego la otra.

“Próxima parada…” le hizo una señal con la cabeza y bajaron. Medio empujada la llevo hasta aquel rincón, con un golpe severo sobre los hombros consiguió que se arrodillara ante él, bajó su bragueta y le metió la polla con tanto vigor que casi consigue ahogarla pero no, a pesar de la novedad, M. estaba más que preparada y nada podría estropear ese maravilloso concierto. Apenas tardó unos segundos en llenarle la boca de semen, tan pronto le cogió de los brazos e hizo que subiera, quería verle sonreír rezumando su premio, ver cómo M. se relamía y gozaba llena de él. Acercó su mano de nuevo hasta su coño y con la primera caricia consiguió hacerle la perra más feliz. Aún no había dejado de agitarse que ya estaba ideando un segundo, un tercer y hasta un cuarto encuentro.

Así, Bruno la estrechó contra él y ella pudo notar la ternura percibida tantas veces en las cariñosas palabras que le escribía, “¡Fantástico Bruno!” No tenía ni idea de qué iba a ser lo próximo que sucediera entre ellos, cualquier cosa maravillosa pues, de cerca, era incluso mejor de lo que lo había imaginado.

Pocos días de primavera habían transcurrido y M. y B. supieron que esa no iba a ser una cualquiera, pero eso él ya lo había augurado.