miércoles, 8 de agosto de 2012

El Sexo en el Cine


“La sexualidad pierde su fuerza y su magia cuando se hace explícita, automática, exagerada, cuando se convierte en una obsesión mecánica. Llega a ser aburrida. Usted nos ha enseñado mejor que nadie lo erróneo que es no combinarla con la emoción, la sed, el deseo, la lujuria, los antojos, los caprichos, los lazos personales, las relaciones más profundas, que cambian su color, su sabor, sus ritmos y sus intensidades. No sabe usted lo que pierde con su análisis microscópico de la actividad sexual y la exclusión de todo lo demás, sin el combustible que la enciende: lo intelectual, lo imaginativo, lo romántico, lo emotivo. Es todo esto lo que da a la sexualidad sus sorprendentes texturas, sus sutiles transformaciones, sus elementos afrodisíacos. Usted reduce el mundo de sus sensaciones. Lo está marchitando, lo hace pasar sed, lo deja sin sangre… No hay dos pieles que tengan la misma textura, nunca hay la misma luz, ni la misma temperatura ni las mismas sombras, ni tampoco el mismo gesto; porque el amante, cuando está encendido por un verdadero amor puede recorrer la interminable historia de tantos siglos de cuentos de amor. Una enorme gama, enormes cambios de época, variaciones de madurez e inocencia, perversidad y arte, animales graciosos y naturales
.”

Anaïs Nin

En su último libro, antimanual de sexo, Valérie Tasso habla del discurso normativo del sexo, una especie de programa ideológico, lo que nos quieren hacer creer que es el sexo pero que no es más que una representación moralista de él. Un modelo que se apoya en tres patas: el coito, el falo y la pareja. Y en el cine ¿qué ocurre con el sexo? ¿También se apoya simplemente en estas tres patas?


El sexo en el cine.
Desde hace unos años el planteamiento del sexo en el cine ha ido evolucionando hacia un punto que oscila entre la belleza de lo erótico y lo explícito del porno. Pero ni es pornografía ni podría considerarse simplemente cine erótico.
Se trata de ver el sexo con la máxima naturalidad, dejando a un lado los tabúes pero sin llegar a banalizarlo como ocurre con el cine clasificado X.
Bernardo Bertolucci supo reflejar esta idea a la perfección hace ya treinty cinco años con El último tango en París (Last Tango in Paris, 1973), un film que relataba la historia de un hombre y una joven que se encuentran fortuitamente en un piso vacío, comenzando así una relación puramente carnal, estableciendo el pacto de encontrarse ocasionalmente en el mismo lugar sin saber si quiera sus nombres.

La película es un drama en toda regla que refleja el cansancio de vivir, la desesperación y la angustia de un hombre cuya mujer acaba de suicidarse, en contraste con la actitud de la protagonista: una joven en la flor de la vida, dispuesta a vivirla, a descubrirla por completo.
Hay muchísimas formas de ver el sexo, como también hay muchísimos fines para los cuales utilizarlo.


En 1975, Pier Paolo Pasolini estremeció al mundo con su obra Saló, o los 120 días de Sodoma, una película donde el sexo interpretaba el papel protagonista, junto a la violencia, como arma para criticar los pilares de la sociedad italiana de su época, representados en el film por medio de los personajes del Presidente, el Duque, el Obispo y el Magistrado. Estos personajes secuestran a nueve jóvenes de entre catorce y dieciocho (he ahí la polémica de la película, ya que los actores tenia esa edad, censurada en varios países) a los que violan, torturan, humillan… Toda una crítica, durísima, a los poderes de la sociedad, muchas veces por medio de metáforas, como la famosa escena en la que unos chicos y chicas comen heces, que es una crítica a los alimentos producidos en masa.
Hasta esta película (basada en una obra del Marqués de Sade) no se habían rodado escenas con toda esa crudeza y tanta libertad con la que el creador se dotó a sí mismo, desdibujando los límites convencionales y cinematográficos que encierran el erotismo, pornografía, expresión, sadismo, provocación y degradación humanas. No apta para todos los estómagos, la cinta hipnotiza a cualquier cinéfilo avezado y sin prejuicios, que entienda realmente el universo de Pasolini y los contornos (o aristas) de su lenguaje, y la película rebosa calidad artística. No obstante no impidió que tras esta película fuera asesinado en circunstancias un tanto extrañas.
Once años después de Saló, David Lynch estrenó Blue Velvet, una película en la que se nos desvelaban las dos caras del sexo. Por un lado, Frank Booth y Dorothy Vallens, interpretados por Dennis Hopper e Isabella Rossellini, representan la sexualidad descarnada, extraña, sádica. Mientras que Jeffrey (Kyle MacLachlan) y Sandy (Laura Dern) son el sexo inicial, mojigato e ingenuo. Un contraste que se verá enfrentado a través de Jeffrey, cuando descubre variables sexuales de la mano de Dorothy.


En este caso el sexo es utilizado por David Lynch para mostrar el bien y el mal, las dos caras de la sociedad, en este caso la americana: hay un aspecto muy inocente e ingenuo en la vida americana, y también hay horror y maldad.
La película relata el descubrimiento de ese horror y esa maldad ocultos. Una evolución hacia la madurez, dejando atrás la inocencia y la concepción clásica de la relación de pareja.
Un descubrimiento que comienza en el momento en que Jeffrey encuentra la oreja amputada. Esta oreja, “es una obertura. Una oreja es ancha y te metes. Va hacia algún lugar inmenso. Es un ticket hacia otro mundo.” Este recurso lo utilizaría David Lynch de nuevo en el 2001, representado esta vez por una extraña cajita, en Mulholland Drive. Un lugar que encierra la triste realidad, con toda la oscuridad que contiene el ser humano. El camino al infierno en realidad es el camino hacia la realidad.
En 1990, Philip Kaufman se atrevería a abrir el universo de Anaïs Nin (1903-1977), quizá la escritora de literatura erótica por antonomasia.

Anaïs Nin escribió diarios desde los doce años. Diarios en los que relataba todas sus experiencias, como por ejemplo, la relación que tuvo con el escritor Henry Miller y su mujer, June, hasta la para nada convencional relación que mantuvo con su padre, recogida en su obra Incesto: diario amoroso.
Henry Kaufman se centró en la etapa vital de Nin en lque conoció a Henry Miller y June, para realizar el film Henry y June.
Una historia real más erótica que ninguna fantasía.
Esta película, protagonizada por Maria de Medeiros en el papel de Nin, Fred Ward como Miller y Uma Thurman como June, relata la relación triangular, desenfrenada y erótica de estos tres personajes. June, ex prostituta, inicia a Anaïs Nin en el voyeurismo y las relaciones lésbicas, por ejemplo, brindándonos una de las escenas lésbicas más oníricas de la historia del cine protagonizada por María de Medeiros y Uma Thurman. Aunque once años más tarde David Lynch también volvió a abrir ese sendero con Naomi Watts y Laura Harring en Mulholland Drive.
Si bien fue El último tango en París la película precursora en la forma de ver el sexo en el cine, Henry y June consiguió que en Estados Unidos se creara una nueva cateogoría: NC-17. Sólo para mayores de diecisiete años. Una clasificación que se encuentra un peldaño más abajo que la categoría X.
Recuerdo cuando se estrenó Lucía y el sexo (Julio Médem, 2001). Por aquel entonces yo tenía trece años y mis amigos querían ir al cine a verla porque decían que era porno. Era porno, según ellos, porque Paz Vega salía desnuda y “se pasan media película follando”. Después, cuando ya la vieron, se quedaron sólo con la imagen de las tetas de Paz Vega, pero la película no les gustó en absoluto porque no la entendieron.
No considero Lucía y el sexo como una película de visualización necesaria, pero creo que fue un punto clave en la evolución del tratamiento del sexo en el cine. El sexo es aquí un torrente de sensaciones, mucho más que una moneda de cambio. Es un medio de expresión para los protagonistas. Desde Paz Vega (Lucía, un rayo de sol, que vive la sexualidad estable, quizá más convencion­al) hasta Najwa Nimri, que ve el sexo como un instrumento con poder sobre el destino. Una vez más, como en Blue Velvet, se nos muestran dos caras diferentes de la sexualidad y la evolución de un personaje en el camino del sexo más o menos convencional hacia un lado más oscuro o, en este caso, más espiritual.
Michael Haneke se atrevió en 2001 a adaptar cinematográficamente la novela de Elfriede Jelinek Die klavierspielerin. A través de Erika (interpretada magistralmente por Isabelle Huppert) nos adentramos en un mundo de dolor, en la represión del placer llevaba al máximo. El placer ya no es disfrutar del sexo en las propias carnes, sino verlo desde fuera (voyeurismo). El placer de ser humillada, maltratada. Una conducta sadomasoquista situada muy lejos de lo que actualmente se conoce como BDSM. Ella quiere el dolor real, que Walter (su alumno y amante) la abofetee y haga con ella cuanto quiera. Quiere, simple y llanamente, ser una esclava. Esta actitud esta claramente marcada por la figura de una madre extremadamente represiva y posiblemente una juventud de aislamiento y desconocimiento.
El cine ha representado en más ocasiones personajes oscuros, frutos de infancias traumáticas y reprimidos por una madre obsesiva, no necesariamente incluyendo escenas sexuales o el sexo como tema, sino másbien las manifestaciones de una educación sexual confusa. Estos personajes suelen poblar las películas de terror o el cine negro. El mejor ejemplo de ello lo podemos encontrar en Norman Bates, de Psicosis.
El sexo femenino y la sangre.
La sangre en el sexo femenino siempre ha sido sinónimo de cambio de etapa vital. Como el paso de la infancia a la edad adulta, etcétera. Personalmente no creo que la primera menstruación signifique gran cosa, como tampoco creo que signifique mucho la primera relación sexual. No creo que después de la primera regla o el primer encuentro sexual la mujer cambie radicalmente, pero sí es cierto que existe una tradición vinculada a este hecho que no podemos obviar. Quizá por eso cuando lo vemos en el cine nos infunda una serie de diversas sensaciones.
Como nos han hecho creer en la vida real, en el cine la sangre vinculada a la mujer puede marcar un corte. El comienzo o el fin de algo.
Por ejemplo, en La Pianista (Michael Haneke, 2001) vemos un claro antes y un después bifurcado por la escena de la mutilación. Apenas ha llegado el minuto treinta y seis del film, Erika (Isabelle Huppert), se sienta en la bañera y con la misma tranquilidad que podría manifestar quien se depila las ingles a cuchilla, comienza a auto herirse con una cuchilla. Michael Haneke no nos permite mirar entre sus piernas. No sabemos precisamente dónde se está dañando. Lo único que vemos es la tranquilidad en su rostro y un reguero de sangre descendiendo desde su sexo hacia la bañera. Después limpia la bañera, se pone una compresa y va hacia el salón, donde le espera su madre con la cena en la mesa.
En el año 2003 Bernardo Bertolucci regresó a París, a los colores pastel y el sexo, como ya haría treinta años antes con El último tango en París.
Pero ahora retrocede. La historia no se centra en los años setenta, si no un poco antes: en 1968, cuando el espíritu revolucionario estaba al dente.
Matthew, un joven estudiante americano, llega a París y conoce a Isabelle y Theo, dos hermanos mellizos. En el momento en que les conoce él ya se siente fascinado por su amor al cine y la música, surgiendo entonces una simple amistad que se verá intensificada cuando los padres de Theo e Isabelle se vayan de casa y Matthew se quede con los hermanos.
Es entonces cuando Matthew descubre la enfermiza dependencia que une a Theo e Isabelle, los retorcidos juegos que llevan a cabo. El mundo que se han creado para quizá evadirse de aquello que se está gestando en la calles de Francia.
Hay una escena bellísima en la que los tres están jugando a “Dime la película o paga la prenda”. Theo se tira al suelo y pregunta: ¿En qué película una cruz marca el lugar del crimen?
La película es Scarface, el terror del hampa (Howard Hawks, 1932), pero Matthew no lo acierta, por lo que Theo le propone la siguiente prueba: quiere verlos, a Isabelle y a él, hacer el amor.
Lo que Matthew no sabe es que ella es virgen. Una vez más vemos en el cine la pérdida de la “inocencia” (aunque no me gusta mucho utilizar este término, pues no creo que uno sea más o menos inocente por haber o no haber practicado sexo). En las calles bulle la revolución, gente corriendo, banderas y fuego; Theo fríe unos huevos como si tal cosa y Matthew descubre que Isabelle es virgen. Eso es lo más importante en ese momento, en ese mundo que han creado encerrados en casa, entre el cine y el sexo.
La sangre de Isabelle en las manos de Matthew, que se encuentra sorprendido, o más bien estupefacto. ¿Por qué ha hecho eso Theo? ¿Qué clase de relación tienen esos hermanos? ¿Por qué ha cedido ella a las órdenes de Theo, si al fin y al cabo aquella prueba sólo era parte de las reglas de un juego? Sólo, sólo un juego.
Matthew agarra el rostro de Isabelle y la besa, manchando sus caras de sangre y lágrimas. Dando lugar al verdadero comienzo de la película. El surgir de los celos entre los hermanos. Un vórtice de incesto, dependencia y, sobretodo, de descubrimiento. Pero todo ello dentro de un universo cerrado, un universo narcisista, alejado de la realidad que colma las calles de París.

Con esta película Bertolucci volvió a abrir una ventana al cine y la visión del sexo como ya hiciera al estrenar El último tango en París. Desde que se estrenara la historia de aquellos dos desconocidos en un apartamento de alquiler (como vemos, un universo también cerrado al mundo exterior), la visión del sexo en el cine tuvo un auge, pero también una decadencia que volvió a recuperarse, y esta vez de manera más explícita, a partir deSoñadores.
A estas dos películas les separa un periodo de treinta años por el que han transcurrido filmes como SalóBlue VelvetHenry y JuneEl Piano (Jane Cambpion, 1993), Entre las piernas (Manuel González Pereira, 1999), Eyes wide shut (Stanley Kubrick, 1999), Lucía y el sexo o Mulholland Drive.
Si bien las primeras películas tenían el sexo como un aliciente importante, donde se le intentaba dar una imagen natural al sexo en todas sus vertientes (desde la parte más oscura, unido a la tortura, en Saló, hasta una manifestación de amor y sentimientos en El Piano). A partir de la segunda mitad de los noventa el sexo volvió a ser un tabú. No importa cuántos desnudos integrales aparezcan en Eyes Wide Shut o que la historia se desarrolle en un club. La película no deja de ser menos moralista por eso. Es lo que decía Valérie Tasso cuando hablaba del discurso normativo del sexo. Es lo que decía
Anaïs Nin en el fragmento de Pajaros de fuego con el que di comienzo a este trabajo: La sexualidad pierde su fuerza y su magia cuando se hace explícita, automática, exagerada, cuando se convierte en una obsesión mecánica. Llega a ser aburrida.
Cuando hablamos de sexo, cuando lo mostramos ante una pantalla de cine, corremos el riesgo de vulgarizarlo, convirtiéndolo en un instrumento contra él mismo. Y quizá fuera ese el fallo que cometió Julio Médem con Lucía y el sexo. ¿Por qué iban todos aquellos púberes a verla? Porque al final el argumento de la película (que, personalmente, me parece bastante bueno) quedaba subordinado a las tetas de Paz Vega.
Soñadores, como ya he dicho, abrió una puerta, una escotilla hacia una nueva filmografía sexual, a un nuevo género que aún no tiene nombre: películas con escenas de sexo explícitas, que son más que eróticas pero menos que porno: 9 songs (Michael Winterbottom) Lie With Me (Clément Virgo, 2005) y Shortbus(John Cameron Mitchell, 2006).
Nine Songs
¿Se puede definir una relación en nueve canciones? Según Michael Winterbottom, sí.
En esta película se dan cita una americana de 21 años en Londres, un inglés en la Antártida, nueve conciertos, alguna que otra raya y, lo que no podía faltar: mucho sexo.
Desde Black Rebel Motorcycle Club hasta Michael Nyman, pasando por Franz Ferdindand y Dandy Warhols entre otros, Michael Winterbottom nos hace testigos de una relación tan profunda como efímera.
Una de esas películas sencillas, (y tanto, como que apenas tiene guión), que te dejan un buen sabor de boca. Amor a quemarropa con canciones pop. Una relación que podría derretir la Antártida entera.
Esta película, que dura un poco más de una hora, abrió el debate sobre los límites de la sexualidad en el cine. ¿Cuándo una película deja de ser un film convencional para considerarse pornografía? 

Es pornografía cuando su objetivo es sólo la excitación sexual de quien lo contempla, dejando a un lado otros factores como un argumento sólido, diálogos y cualquier otro sentimiento que no sea la manifestación de un orgasmo.
Pero claro, teniendo en cuenta que Nine Songs no contaba con dialogos elaborados
(todos los diálogos del filme fueron improvisados durante el rodaje) y el argumento es bastante simple: flashbacks de un amor que duró nueve conciertos, ¿en qué categoría cinematográfica estamos?
Lo que está claro es que no podríamos compara este filme con Hot Rats(Narcís Bosch, 2003). No es una película al gusto de los fans del cine porno, pero tampoco una película recomendable a moralistas o conservadores. ¿En dónde se encuentran esta clase de películas? ¿Ha nacido un limbo de la erótica?
Melissa y Lie With Me.
Hace pocos años se pusieron de moda los diarios eróticos de lulús del dos mil. Dos ejemplos a destacar son Melissa Panarello y Tamara Faith Berger y sus novelas Los 100 Golpes y Lie With Me respectivamente.
Ahora bien, Melissa P (Luca Guadagnino, 2005) título de su adaptación al cine, es, más que otra cosa, un insulto en toda regla a la autora del libro. Da vergüenza ajena ver a María Valverde protagonizando este filme que se escapa de todo lo que representa la novela y a Geraldine Chaplin haciendo las veces de una abuela inexistente en los diarios. La película se convierte en un drama italiano sobre la relación de tres generaciones de mujeres donde la única racional parece ser la madre, pues es l­a que no toma parte en las excentricidades de la abuela y la relación tan anodina que tiene la protagonista (María Valverde) con el sexo.
Melissa P, la de verdad, tal como se describe en la novela, es descarada y sabe llevar con clase unas medias bajo un minivestido aunque acabe sin bragas en el asiento trasero de un coche con su profesor de matemáticas. Melissa P, la del diario, no menciona en el mismo a nadie ajeno a sus relaciones sexuales. Porque la Melissa que retrata Panarello es una adolescente egocéntrica e impúdica que mira con insolencia la obscena hipocresía de su pudorosa ciudad . En las líneas que componen Los Cien Golpes no hay ni rastro de su familia, salvo pequeñas menciones que no son relev­antes para la historia, y al único amigo que presta algo de atención es un chico gay que se disfraza de mujer para deleite de otros y del suyo propio. Los Cien Golpes es una confesión en toda regla que podría haber derivado en un sicalíptico film sin precedentes. Pero se conformaron con hacer un drama moralista para adolescentes.
Lie With Me (Clément Virgo, 2005) en cambio, es arriesgada y sin censuras. No puedo compararla con el libro pues no he tenido el gusto de leerlo pero a nível fílmico, personalmente, creo que es bastante bueno.

La protagonista, Leila, es interpretada de forma magnífica por Lauren Lee Smith (The L World), y el chico con el que miente es David, interpretado por el modelo Eric Balfour.. El argumento de esta peli podría definirse con el título de una de las canciones que componen la banda sonora: I want you to love me (but you just let me go), de Jonny Gee Rogers.
El film comienza con un monólogo interior de la protagonista que nos anticipa qué buscará la protagonista a lo largo del filme y qué vamos a encontrar nosotros:
He visto cómo el placer toca una polla y hace que un tío parezca que no va a volver nunca. El placer le atraviesa por completo. Sé cómo follar y cómo conseguir lo que quiero, pero mi placer nunca brota del todo. Incluso cuando llego al éxtasis hay partes que quedan atrapadas dentro. Es como si el placer me agarrara el estómago removiéndolo por dentro. Necesito sentir como nunca he sentido.
Ahora bien, ¿por qué recaudó más en taquilla Melissa P que Lie With Me?¿Por qué la gente fue a ver la primera, movidos por el morbo de encontrar en imágenes todo lo que les sugirió la novela, o porque preferían ver algo light e hipócrita antes que una película con un alto contenido en sexo?

Shortbus

Hace poco más de un año en España se estrenó Shortbus (John Cameron Mitchel, 2006), eclipsando la controversia que suscitó nine songs.
Esta película nos muestra Nueva York y sus circunstancias tras el atentado del once de septiembre. Nos muestra la soledad de los protagonistas, sus obsesiones y sus dramas; todo narrado desde sus formas de vivir el sexo, manifestadas en un local llamado Shortbus, donde puede pasar de todo.
En Shortbus se mezclan la política, el arte y el sexo. Un lugar donde los protagonistas del film se evaden del Nueva York de Bush. Toda la represión americana (desde el pezón de Janet Jackson hasta la censura de video clips en la MTV, etcétera). En una sociedad en la que oprime la moral (más o menos falsa) existe un refugio donde nadie va a juzgar al resto por sus conductas sexuales o sus tendencias políticas.
De modo que aquí nos encontramos con Sofia (Shock-Yin Lee), una terapeuta sexual que nunca ha alcanzado un orgasmo; Severin (Lindsay Beamish), una dominadora profesional; James y Jaime (Paul Dawson y PJ DeBoy), una pareja que se plantea hacer un trío, etcétera.
Esta película contiene escenas de sexo nunca antes vistas en el cine, como por ejemplo la autofelación que se practica James al comienzo del film o la orgía multitudinaria que contempla Sofia al entrar por vez primera en Shorbus. Todo esto sin olvidar que nada es fingido (o eso nos quiere hacer pensar el director. He buscado información y no encuentro nada que lo desmienta… aunque tampoco nada que lo corrobore con certeza). 
Pero, ¿ acaso no ocurre lo mismo con cualquier película? Qué más da si es cierto o no. El cine es ficción y, cuando lo vemos, queremos que nos mientan.

adriana Bañares

martes, 7 de agosto de 2012

El Coño de las Desconocidas. Juan Manuel de Prada



Esos coños son siempre los mejores, porque nunca han sido vistos por nuestros ojos, que tropiezan con la muralla de las faldas o de los pantalones vaqueros, tan desastrosamente prolíficos entre la juventud. Los coños de las desconocidas se cruzan con nosotros en la calle y nos hiptonizan con su presencia apenas susurrada y nos llaman y nos hacen seguir su rastro, cambiando la dirección de nuestro destino. Los coños de las desconocidas dejan a su paso una estela de carne incógnita, de continente que hay que colonizar, pero cómo. A veces nos hacemos los encontradizos y abordamos a esas mujeres que se cruzan con nosotros en la calle, esas mujeres de belleza displicente que ni siquiera se dignan a responder a nuestro saludo, apremiadas por la cita con su novio o la misa de once a la que acuden solícitas. Yo he perseguido estos coños contra viento y marea, acompañándolos hasta ese parque donde los espera el hombre al que pertenecen, que suele ser un hombre decepcionante y sin alicientes, incapaz de saborear los goces que ese coño promete, y también los he seguido hasta la penumbra de las iglesias y me he sentado a su vera, en un escaño con reclinatorio, y he comulgado una comunión sacrílega en su compañía, y he fingido un tropiezo a la salida de la iglesia para tocar el latido de su carne, purificada por las bendiciones sacerdotes. Pero después de estas persecuciones clandestinas viene el regreso a casa, un regreso envilecido por el fracaso, encanallado por la renuncia inevitable. Y en casa me aguarda mi esposa, a quien amo entrañablemente, pero cuyo coño, de tan archisabido, sufre del agravio comparativo que implica el recuerdo. Porque a esas mujeres desconocidas e inalcanzables nunca -ay- dejamos de recordarlas, lo cual constituye un ejercicio masoquista de la memoria.

Coños, Juan Manuel de Prada, 1995.

Aventuras de Amor y Perversión de CLARA MATEI.

Extraído de Crónicas de las publicaciones eróticas españolas. Los pecados de la carne, de José María López Ruiz. Ediciones Temas de Hoy, 2001.











La Novela Galante

[...]De nuevo -como era habitual años atrás- era "hija" de una imprenta (calle de Provenza, 304, Barcelona), iniciadora de lo que, con el paréntesis de la dictadura y la llegada de la república, llegaría a ser un desmadre sin frenos ni literarios ni gráficos que a veces tuvo que volver a las catacumbas de la clandestinidad, como en otras épocas. No obstante la crudeza de algunos de sus títulos, los tiempos, evidentemente, eran otros, y los autores ya 2daban la cara" y, si hacía falta, "daban" también con sus huesos en la prevención o en la cárcel. Por ejemplo, Fernando Luque y Xymenl, "escribidor" e ilustrador, respectivamente, de La lumbre de la pipa:

"Yo amaba una ninfa llamada Cayetana, que me correspondía espléndidamente. Mis compañeros caprípedos conocían este amor y respetaban a Cayetana, como yo respetaba sus predilectas. Cayetana tenía una de esas hermosuras que se llaman soberbias. Era casi una diosa. Sus flancos, anchos y potentes, se mostraban insaciables y violentos en la hora del amor. Sus formas y sus actitudes irradiaban, a la vez, majestad y gracia. Sus ojos estaban como adormecidos y su lengua aparecía de continuo entre sus labios, porque tenía el vicio de humedecérselos. Se adornaba los cabellos como las bacantes, con hojas de vid.
Era de una indolencia enorme y siempre estaba tendida entre las altas hierbas de las praderas, engañando a las mariposas, que iban a posarse en los altos fresones de sus senos.
Gastaba medias de seda verde, igual que todas las ninfas, y se calzaba con unas caprichosas sandalias blancas de tacón alto, sujetas con anchas cintas entrelazadas al tobillo. Habíala gozado yo cien veces y, no obstante, me enardecía siempre como la primera vez. Poesía el arte de parecer siempre nueva. Y es que como en la variedad está el gusto, ella, que buscaba el gusto, cultivaba con un gran ingenio la variedad. Yo me admiraba de su inventiva en las caricias. Además, era una "virtuosa" del molinete."

La lumbre de la pipa era un cuento completo de apenas 15 páginas que se escudaba en la vieja paganía de Grecia y Roma (a través de sus mitologías) para solazar al lector con refrescantes cuadros bucólicos sacados de la raíz común de "Dafnis y Cloe", pero incidiendo en las sacudidas de las entrepiernas -las de las ninfas, por un lado, y las de sus perseguidores y/o gozadores, los sátiros, por otro-. Siguiendo la moda cinematográfica La Novela Galante se sacó de la manga, rescatándola del olvido, la decimonónica novela por entregas (en su tiempo, la película, el film por jornadas), y uniendo en simbiótica liaison el ayer de La hija de un jornalero con el hoy de Las aventuras de Perla Blanca, de semejante injerto saldría Clara Matei, novela pasional en 18 entregas y formato epistolar, regalando con todo ello dosis infalibles -que, sin remisión, conducían al éxito- de suspense, interés, emoción y ansiedad. El autor de Clara Matei era Valentín de Pedro, un excelente periodista y cultísimo escritor. Las ilustraciones, tanto de las portadas de cada cuaderno como de las páginas interiores, pertenecían a un joven ilustrador que daría mucha, pero que mucha guerra con nuevo tipo de belleza crepuscular, vulgo jamona, rescatada por él para vivir una década más entre jovenzuelos y pollos pera. Su nombre, Demetrio. He aquí un texto parcial:

"Por otra parte, esta francesita [leemos en "Pasión y Muerte", último capítulo de Clara Matei] no me interesa; hay más, creo que difícilmente podría interesarme una mujer. Ayer mismo estuvo en mi camarote, un poco borracha de cocaína. Agotó todo ese dulce vocabulario francés, tan extenso, en sus acepciones amorosas. Me besó con aquellos besos tan húmedos y largos, de los cuales dicen los árabes que son mejores que un coito mal hecho. (¿Recuerda nuestras comunes lecturas del Kama-Sutra?). En fin, bien claramente se veía que venía dispuesta a obtener la victoria; hasta me ofreció dinero, mi querido amigo, todo el dinero que quisiera...
Tuve que echarla de mi camarote, echarla a viva fuerza, porque aquella muñequita se había puesto feroz. A sus lágrimas y súplicas contesté de una manera bien rotunda:
-¡Vete, vete...! Porque me volverías loca y no me satisfarías.
Es, sin duda, lo que contestaría a todas las mujeres. ¿Virtuosa? No, no... El refinamiento que ha llegado a su plenitud exige las dulzuras de una niña y la virilidad de un hombre. ¡Oh, si esta carta fuese abierta por la censura, qué espanto... para el censor! Pero, no. Esta carta está escrita para usted, bien para usted, que es el espejo donde se refleja mi alma."

Clara Matei que tenía, además, nombre y apellido en su existencia real y que De Pedro descubre al final de su novelita: Bianca Valoris, "la mujer más artista y la artista más mujer; a la que, por su gran espíritu, es alta, como Torre de Dios; a la que ha sabido darme la sensación de un feminismo noble y fuerte; a la que ha hecho del amor la más bella de las religiones y de la inteligencia su más fervoroso culto". 

En la última página de La Novela Galante la publicidad ajena era sustituida, a veces, por la propia con llamativos y equívocos reclamos, sin duda de irresistible eficacia. En efecto, a toda plana y en grandes caracteres, se podía leer;: PIERNOGRAFÍAS; que, en un 80 por ciento de los casos estamos seguros se leería PORNOGRAFÍAS. Pues bien, todo, o casi todo, era un equívoco.

La Balada de la Masturbadora Sola. Anne Sexton

Klimt: Demi-nu allongé vers la gauche, 1916-1917


El final de la aventura es siempre la muerte.
Ella es mi taller. Ojo resbaladizo,
fuera de la tribu de mí misma mi aliento
te encuentra ausente. Horrorizo
a aquellos que están cerca. Estoy saciada.
De noche, sola, desposo la cama.

Dedo a dedo, ahora es mía.
Ella no está lejos. Ella es mi encuentro.
La sacudo como a una campana. Me reclino
en la enramada donde tú solías montarla.
Me tomaste prestada sobre las sábanas floridas.
De noche, sola, desposo la cama.

Toma, por ejemplo, esta noche, amor mío,
en la que todas las parejas juntan
con giros compartidos, debajo, arriba,
el abundante dos en esponja y pluma,
arrodillándose y empujando, cabeza contra cabeza.
De noche, sola, desposo la cama.

Salgo de mi cuerpo de esta forma,
un milagro molesto. ¿Podría
exhibir el mercado de los sueños?
Estoy extendida. Me crucifico.
Mi pequeña ciruela fue lo que dijiste.
De noche, sola, desposo la cama.

Entonces vino mi rival del ojo morado.
La mujer de agua, alzándose en la playa,
un piano en la punta de sus dedos, vergüenza
en sus labios y un discurso de flauta.
Y yo era la escoba de usar y tirar.
De noche, sola, desposo la cama.

Ella te agarró como una mujer agarra
un vestido de saldo en un estante
y yo me rompí igual que una piedra.
Te devuelvo tus libros, tu sedal.
El periódico de hoy dice que te has casado.
De noche, sola, desposo la cama.

Chicos y chicas son uno esta noche.
Se desabrochan blusas. Se bajan las cremalleras.
Se quitan los zapatos. Apagan la luz.
Las trémulas criaturas están llenas de mentiras.
Se comen mutuamente, bien saciadas.
De noche, sola, desposo la cama.



Del libro: "Poemas de amor"

Editorial: Linteo

lunes, 6 de agosto de 2012

Los Cien Golpes (fragmento). Melissa P.




Tropezamos varias veces entre las piedras, por aquellas calles pequeñísimas y oscuras, ceñidas por muros; lo único visible era el cielo, tachonado de estrellas, y la luna que iba y venía jugando tal como hacíamos nosotros. No sé por qué, este sitio me inspiró sentimientos macabros y sombríos: pensaba estúpidamente, o quizá legítimamente, que en alguna parte, cerca se celebraba una misa negra en la que yo era la víctima elegida. Hombres encapuchadas me atarían a una mesa, me rodearían con velas y candelabros, luego me violarían por turno y, al final, me asesinarían con un puñal de hoja sinuosa y afilada. Pero confiaba en él; quizá sólo eran pensamientos surgidos de la inconsciencia de aquel momento mágico. Aquellas callejuelas que me habían provocado un cierto temor nos condujeron a un acantilado que caía a plomo en el mar, se podían oír las olas que rozaban la orilla con su espuma. Las rocas blancas, lisas y grandes: pronto me imaginé para qué servirían. Antes de acercarnos a ellas tropezamos por enésima vez: me sostuvo atrayéndome hacia él y acercándome a su rostro, nos rozamos los labios sin besarnos, oliendo nuestros olores y escuchando nuestra respiración. Y entonces empezamos a comérnoslos, chupándolos y mordiéndolos. Nuestras lenguas se encontraron: la suya era cálida y blanda, me acariciaba por dentro como una pluma, pero me sofocaba. Los besos se pusieron al rojo vivo, hasta que me preguntó si podía tocarme, si era el momento. Sí, respondí, es el momento. Se cortó cuando descubrió que no llevaba bragas y se quedó quieto, inmóvil por unos segundos ante mi carnosa desnudez. Pero después percibí las yemas de sus dedos que frotaban el volcán en explosión. Me dijo que quería degustarme.

Me senté en una de esas enormes piedras y su lengua acarició mi sexo como la mano de una madre acaricia la mejilla de un recién nacido: despacio, con dulzura; el placer era inexorable y continuo, denso y frágil al mismo tiempo. Me derretía.

Se levantó y me besó y paladeé mis propios humores en su boca: eran dulces. Ya le había rozado el miembro varias veces y lo había sentido tieso y apretado bajo los vaqueros. Se desabotonó y me ofreció su pene. No, nunca había estado con un hombre circunciso, no sabía que el glande ya estuviera fuera. Se presenta como una punta lisa y suave, a la cual me era imposible no responder de rodillas.

Me levanté y, acercándome a su oído, le susurré:

-Fóllame.

Mi lengua serpentina lo había vuelto loco y, mientras me incorporaba, me preguntó dónde había aprendido a mamar de ese modo...

Me dijo que le diera la espalda, con las nalgas bien a la vista. Primero se detuvo a observarlas y este gesto suyo me pareció extravagante, pero su mirada clavada en mis redondeces me excitó muchísimo. Esperé el primero golpe con las manos apoyadas en la piedra fría y lisa. se acercó y apuntó a la diana. Le pedí que me describiera, que le diera un calificativo a la manera en que me estaba ofreciendo a él: una putita que no tiene fin. Lancé un gemido de asentimiento que él acompañó con un golpe bien asestado, seco. Luego me solté de aquel puzzle agradable y mirándolo, deseosa de volver a sentirlo dentro, le dije que si esperábamos unos minutos antes de apoderarnos el uno del otro, se intensificaría nuestro placer.

-Vamos al coche -le dije-, estaremos más cómodos.

Cruzamos de nuevo el laberinto oscuro, pero esta vez ya no tenía miedo, mi cuerpo estaba atravesado por mil duendecillos que se divertían persiguiéndome y haciéndome sentir, por momentos, angustiada y, por momentos, eufórica, en una euforia inasible. Antes de subir al coche volví a observar los nombres escritos en el portón y sonreí dejando que él entrara primero. Me desvestí en seguida, completamente, quería que cada célula de nuestro cuerpo y de nuestra piel entrara en contacto con la del otro e intercambiasen sensaciones nuevas, exaltantes. Me puse encima y comencé a cabalgarlo con vehemencia dándole golpes suaves y rítmicos alternados con golpes secos, duros y severos. A fuerza de lamidos y besos lo hice gemir. Sus gemidos son agujas de muerte: pierdo el control. Es fácil perder el control con él.

-Somos dos amos -me dijo, y preguntó:- ¿cómo haremos para someternos al mismo tiempo? ¿Quién someterá a quién?
-Dos amos se follan y gozan recíprocamente- respondí.

Lo embestían embates incisivos y mágicamente aferré aquel placer que ningún hombre ha sabido nunca darme, ese placer que sólo yo estoy en condiciones de procurarme. Fueron espasmos por doquier, en el sexo, en las piernas, en los brazos, hasta en la cara. Mi cuerpo era una fiesta. Se quitó la camiseta y sentí su torso desnudo y velludo, calentísimo, en contacto con mi pecho blanco y liso. Froté los pezones contra quel descubrimiento maravilloso, lo acaricié con ambas manos para hacerlo mío del todo.

Descendí por su cuerpo y él me pidió:

-Tócala con un dedo.

Lo hice y, estupefacta, vi lagrimear su miembro; instintivamente acerqué la boca y tragué el esperma más dulce y azucarado que nunca haya probado.

Me abrazó durante algunos instantes que me parecieron interminables y tuve la impresión de poseerlo entero, completo. Luego, mientras estaba aún desnuda, me apoyó tiernamente la cabeza sobre el asiento. me quedé acurrucada iluminada por la luna.

Tenía los ojos cerrados, pero de todos modos sentía su mirada clavada en mí. Pensé que era injusto ponerme los ojos encima durante tanto tiempo, que los hombres no se conforman nunca con tu cuerpo, que además de acariciarlo, besarlo, quieren imprimírselo en la cabeza y que ya no se borre jamás. Me preguntaba qué podía sentir mirando mi cuerpo adormecido y quieto. Para mí no es necesario mirar, lo importante es comprender y esta noche lo he comprendido. Traté de reprimir una carcajada cuando lo oí farfullar lamentándose de no encontrar el encendedor y con los ojos aún cerrado y la voz ronca le dije que lo había visto volar del bolsillo de la camiseta mientras la tiraba en el asiento delantero. Se limitó a mirarme un mísero instante y abrió la ventanilla dejando entrar aquel frío al que antes no había prestado atención.

Luego, después de muchos minutos de silencio, dijo, echando el humo del cigarrillo:

-Nunca lo había hecho así, nunca algo semejante.

Sabía a qué se refería, sentía que aquel era el momento de los discursos serios que romperían o, por el contrario, reforzarían esta peligrosa, precaria y excitante relación.

Le apoyé la mano en el hombro y sobre la mano apoyé los labios. Esperé antes de hablar, aunque sabía exactamente las palabras que pronunciaría desde el primer instante.

-El que no lo hayas hecho nunca antes no significa que esté mal.
-Pero tampoco que esté bien -dijo, aspirando de nuevo.
-¿Y a nosotros qué nos importa el bien y el mal? Lo importante es que lo hemos pasado bien, que lo hemos vivido a fondo -me mordí los labios, consciente de que un hombre adulto nunca escucharía a una chiquilla presuntuosa.

En cambio, se volvió, tiró el cigarrillo y dijo:

-He aquí por qué me haces perder la cabeza: eres madura, inteligente y la pasión que llevas dentro no tiene límites.

Es él, diario. La ha reconocido. Mi pasión, quiero decir. Cuando me llevaba de vuelta a casa me ha dicho que era mejor que dejáramos de vernos como profesor y alumna, que ya no podría considerarme bajo ese aspecto y, además, él nunca mezclaba el trabajo con el placer. Le respondí que me parecía bien, lo besé en la mejilla y abrí el portón. Se quedó esperando hasta que entré.



Traducción de Juan Carlos Gentile Vitale.
Poliedro, 2003.

domingo, 5 de agosto de 2012

La Flor del Castaño. Marqués de Sade




Se supone, yo no lo afirmaría, pero algunos eruditos nos lo aseguran, que la flor del castaño posee efectivamente el mismo olor que ese prolífico semen que la naturaleza tuvo a bien colocar en los riñones del hombre para la reproducción de sus semejantes.

Una tiema damisela, de unos quince años de edad, que jamás había salido de la casa paterna, se paseaba un día con su madre y con un presumido clérigo por la alameda de castaños que con la fragancia de las flores embalsamaban el aire con el sospechoso aroma que acabamos de tomarnos la libertad de mencionar.

-¡Oh! Dios mío, mamá, ese extraño olor- dice la jovencita a su madre sin darse cuenta de dónde procedía-. ¿Lo oléis, mamá ... ? Es un olor que conozco.

-Callaos, señorita, no digáis esas cosas, os lo ruego.

-¿Y por qué no, mamá? No veo que haya nada de malo en deciros que ese olor no me resulta desconocido y de eso ya no me cabe la menor duda.

-Pero, señorita…

-Pero, mamá, os repito que lo conozco: padre, os ruego que me digáis qué mal hago al asegurarle a mamá que conozco ese olor.

-Señorita -responde el eclesiástico, acariciándose la papada y aflautando la voz-, no es que haya hecho ningún mal exactamente; pero es que aquí nos hallamos bajo unos castaños y nosotros los naturalistas admitimos, en botánica, que la flor del castaño...

-¿Que la flor del castaño...?

-Pues bien, señorita, que huele como cuando se eyacula.

sábado, 4 de agosto de 2012

Suzanne. Leonard Cohen



Suzanne te lleva
a su casa junto al río
Puedes oír el paso de las barcas
Puedes pasar la noche con ella
y sabes que está medio loca
pero esa es la razón por la que quieres estar allí
Te ofrece té y naranjas
que llegan de la lejana China
y justo cuando quieres decirle
que no tienes amor para darle
Ella te pone en su onda
y deja que el río responda
que tú siempre has sido su amante
y tú quieres viajar a ciegas
y sabes que ella confiará en ti
porque tú has tocado su cuerpo perfecto
con tu pensamiento.


Suzanne takes you down to her place near the river
You can hear the boats go by
You can spend the night beside her
And you know that she's half crazy
But that's why you want to be there
And she feeds you tea and oranges
That come all the way from China
And just when you mean to tell her
That you have no love to give her
Then she gets you on her wavelength
And she lets the river answer
That you've always been her lover
And you want to travel with her
And you want to travel blind
And you know that she will trust you
For you've touched her perfect body with your mind.

And Jesus was a sailor
When he walked upon the water
And he spent a long time watching
From his lonely wooden tower
And when he knew for certain
Only drowning men could see him
He said "All men will be sailors then
Until the sea shall free them"
But he himself was broken
Long before the sky would open
Forsaken, almost human
He sank beneath your wisdom like a stone
And you want to travel with him

And you want to travel blind
And you think maybe you'll trust him
For he's touched your perfect body
with his mind.

Now Suzanne takes your hand
And she leads you to the river
She is wearing rags and feathers
From Salvation Army counters
And the sun pours down like honey
On our lady of the harbour
And she shows you where to look
Among the garbage and the flowers
There are heroes in the seaweed
There are children in the morning
They are leaning out for love
And they will lean that way forever
While Suzanne holds the mirror
And you want to travel with her
And you want to travel blind
And you know that you can trust her
For she's touched your perfect body

with her mind.