martes, 7 de agosto de 2012

El Coño de las Desconocidas. Juan Manuel de Prada



Esos coños son siempre los mejores, porque nunca han sido vistos por nuestros ojos, que tropiezan con la muralla de las faldas o de los pantalones vaqueros, tan desastrosamente prolíficos entre la juventud. Los coños de las desconocidas se cruzan con nosotros en la calle y nos hiptonizan con su presencia apenas susurrada y nos llaman y nos hacen seguir su rastro, cambiando la dirección de nuestro destino. Los coños de las desconocidas dejan a su paso una estela de carne incógnita, de continente que hay que colonizar, pero cómo. A veces nos hacemos los encontradizos y abordamos a esas mujeres que se cruzan con nosotros en la calle, esas mujeres de belleza displicente que ni siquiera se dignan a responder a nuestro saludo, apremiadas por la cita con su novio o la misa de once a la que acuden solícitas. Yo he perseguido estos coños contra viento y marea, acompañándolos hasta ese parque donde los espera el hombre al que pertenecen, que suele ser un hombre decepcionante y sin alicientes, incapaz de saborear los goces que ese coño promete, y también los he seguido hasta la penumbra de las iglesias y me he sentado a su vera, en un escaño con reclinatorio, y he comulgado una comunión sacrílega en su compañía, y he fingido un tropiezo a la salida de la iglesia para tocar el latido de su carne, purificada por las bendiciones sacerdotes. Pero después de estas persecuciones clandestinas viene el regreso a casa, un regreso envilecido por el fracaso, encanallado por la renuncia inevitable. Y en casa me aguarda mi esposa, a quien amo entrañablemente, pero cuyo coño, de tan archisabido, sufre del agravio comparativo que implica el recuerdo. Porque a esas mujeres desconocidas e inalcanzables nunca -ay- dejamos de recordarlas, lo cual constituye un ejercicio masoquista de la memoria.

Coños, Juan Manuel de Prada, 1995.

Aventuras de Amor y Perversión de CLARA MATEI.

Extraído de Crónicas de las publicaciones eróticas españolas. Los pecados de la carne, de José María López Ruiz. Ediciones Temas de Hoy, 2001.











La Novela Galante

[...]De nuevo -como era habitual años atrás- era "hija" de una imprenta (calle de Provenza, 304, Barcelona), iniciadora de lo que, con el paréntesis de la dictadura y la llegada de la república, llegaría a ser un desmadre sin frenos ni literarios ni gráficos que a veces tuvo que volver a las catacumbas de la clandestinidad, como en otras épocas. No obstante la crudeza de algunos de sus títulos, los tiempos, evidentemente, eran otros, y los autores ya 2daban la cara" y, si hacía falta, "daban" también con sus huesos en la prevención o en la cárcel. Por ejemplo, Fernando Luque y Xymenl, "escribidor" e ilustrador, respectivamente, de La lumbre de la pipa:

"Yo amaba una ninfa llamada Cayetana, que me correspondía espléndidamente. Mis compañeros caprípedos conocían este amor y respetaban a Cayetana, como yo respetaba sus predilectas. Cayetana tenía una de esas hermosuras que se llaman soberbias. Era casi una diosa. Sus flancos, anchos y potentes, se mostraban insaciables y violentos en la hora del amor. Sus formas y sus actitudes irradiaban, a la vez, majestad y gracia. Sus ojos estaban como adormecidos y su lengua aparecía de continuo entre sus labios, porque tenía el vicio de humedecérselos. Se adornaba los cabellos como las bacantes, con hojas de vid.
Era de una indolencia enorme y siempre estaba tendida entre las altas hierbas de las praderas, engañando a las mariposas, que iban a posarse en los altos fresones de sus senos.
Gastaba medias de seda verde, igual que todas las ninfas, y se calzaba con unas caprichosas sandalias blancas de tacón alto, sujetas con anchas cintas entrelazadas al tobillo. Habíala gozado yo cien veces y, no obstante, me enardecía siempre como la primera vez. Poesía el arte de parecer siempre nueva. Y es que como en la variedad está el gusto, ella, que buscaba el gusto, cultivaba con un gran ingenio la variedad. Yo me admiraba de su inventiva en las caricias. Además, era una "virtuosa" del molinete."

La lumbre de la pipa era un cuento completo de apenas 15 páginas que se escudaba en la vieja paganía de Grecia y Roma (a través de sus mitologías) para solazar al lector con refrescantes cuadros bucólicos sacados de la raíz común de "Dafnis y Cloe", pero incidiendo en las sacudidas de las entrepiernas -las de las ninfas, por un lado, y las de sus perseguidores y/o gozadores, los sátiros, por otro-. Siguiendo la moda cinematográfica La Novela Galante se sacó de la manga, rescatándola del olvido, la decimonónica novela por entregas (en su tiempo, la película, el film por jornadas), y uniendo en simbiótica liaison el ayer de La hija de un jornalero con el hoy de Las aventuras de Perla Blanca, de semejante injerto saldría Clara Matei, novela pasional en 18 entregas y formato epistolar, regalando con todo ello dosis infalibles -que, sin remisión, conducían al éxito- de suspense, interés, emoción y ansiedad. El autor de Clara Matei era Valentín de Pedro, un excelente periodista y cultísimo escritor. Las ilustraciones, tanto de las portadas de cada cuaderno como de las páginas interiores, pertenecían a un joven ilustrador que daría mucha, pero que mucha guerra con nuevo tipo de belleza crepuscular, vulgo jamona, rescatada por él para vivir una década más entre jovenzuelos y pollos pera. Su nombre, Demetrio. He aquí un texto parcial:

"Por otra parte, esta francesita [leemos en "Pasión y Muerte", último capítulo de Clara Matei] no me interesa; hay más, creo que difícilmente podría interesarme una mujer. Ayer mismo estuvo en mi camarote, un poco borracha de cocaína. Agotó todo ese dulce vocabulario francés, tan extenso, en sus acepciones amorosas. Me besó con aquellos besos tan húmedos y largos, de los cuales dicen los árabes que son mejores que un coito mal hecho. (¿Recuerda nuestras comunes lecturas del Kama-Sutra?). En fin, bien claramente se veía que venía dispuesta a obtener la victoria; hasta me ofreció dinero, mi querido amigo, todo el dinero que quisiera...
Tuve que echarla de mi camarote, echarla a viva fuerza, porque aquella muñequita se había puesto feroz. A sus lágrimas y súplicas contesté de una manera bien rotunda:
-¡Vete, vete...! Porque me volverías loca y no me satisfarías.
Es, sin duda, lo que contestaría a todas las mujeres. ¿Virtuosa? No, no... El refinamiento que ha llegado a su plenitud exige las dulzuras de una niña y la virilidad de un hombre. ¡Oh, si esta carta fuese abierta por la censura, qué espanto... para el censor! Pero, no. Esta carta está escrita para usted, bien para usted, que es el espejo donde se refleja mi alma."

Clara Matei que tenía, además, nombre y apellido en su existencia real y que De Pedro descubre al final de su novelita: Bianca Valoris, "la mujer más artista y la artista más mujer; a la que, por su gran espíritu, es alta, como Torre de Dios; a la que ha sabido darme la sensación de un feminismo noble y fuerte; a la que ha hecho del amor la más bella de las religiones y de la inteligencia su más fervoroso culto". 

En la última página de La Novela Galante la publicidad ajena era sustituida, a veces, por la propia con llamativos y equívocos reclamos, sin duda de irresistible eficacia. En efecto, a toda plana y en grandes caracteres, se podía leer;: PIERNOGRAFÍAS; que, en un 80 por ciento de los casos estamos seguros se leería PORNOGRAFÍAS. Pues bien, todo, o casi todo, era un equívoco.

La Balada de la Masturbadora Sola. Anne Sexton

Klimt: Demi-nu allongé vers la gauche, 1916-1917


El final de la aventura es siempre la muerte.
Ella es mi taller. Ojo resbaladizo,
fuera de la tribu de mí misma mi aliento
te encuentra ausente. Horrorizo
a aquellos que están cerca. Estoy saciada.
De noche, sola, desposo la cama.

Dedo a dedo, ahora es mía.
Ella no está lejos. Ella es mi encuentro.
La sacudo como a una campana. Me reclino
en la enramada donde tú solías montarla.
Me tomaste prestada sobre las sábanas floridas.
De noche, sola, desposo la cama.

Toma, por ejemplo, esta noche, amor mío,
en la que todas las parejas juntan
con giros compartidos, debajo, arriba,
el abundante dos en esponja y pluma,
arrodillándose y empujando, cabeza contra cabeza.
De noche, sola, desposo la cama.

Salgo de mi cuerpo de esta forma,
un milagro molesto. ¿Podría
exhibir el mercado de los sueños?
Estoy extendida. Me crucifico.
Mi pequeña ciruela fue lo que dijiste.
De noche, sola, desposo la cama.

Entonces vino mi rival del ojo morado.
La mujer de agua, alzándose en la playa,
un piano en la punta de sus dedos, vergüenza
en sus labios y un discurso de flauta.
Y yo era la escoba de usar y tirar.
De noche, sola, desposo la cama.

Ella te agarró como una mujer agarra
un vestido de saldo en un estante
y yo me rompí igual que una piedra.
Te devuelvo tus libros, tu sedal.
El periódico de hoy dice que te has casado.
De noche, sola, desposo la cama.

Chicos y chicas son uno esta noche.
Se desabrochan blusas. Se bajan las cremalleras.
Se quitan los zapatos. Apagan la luz.
Las trémulas criaturas están llenas de mentiras.
Se comen mutuamente, bien saciadas.
De noche, sola, desposo la cama.



Del libro: "Poemas de amor"

Editorial: Linteo

lunes, 6 de agosto de 2012

Los Cien Golpes (fragmento). Melissa P.




Tropezamos varias veces entre las piedras, por aquellas calles pequeñísimas y oscuras, ceñidas por muros; lo único visible era el cielo, tachonado de estrellas, y la luna que iba y venía jugando tal como hacíamos nosotros. No sé por qué, este sitio me inspiró sentimientos macabros y sombríos: pensaba estúpidamente, o quizá legítimamente, que en alguna parte, cerca se celebraba una misa negra en la que yo era la víctima elegida. Hombres encapuchadas me atarían a una mesa, me rodearían con velas y candelabros, luego me violarían por turno y, al final, me asesinarían con un puñal de hoja sinuosa y afilada. Pero confiaba en él; quizá sólo eran pensamientos surgidos de la inconsciencia de aquel momento mágico. Aquellas callejuelas que me habían provocado un cierto temor nos condujeron a un acantilado que caía a plomo en el mar, se podían oír las olas que rozaban la orilla con su espuma. Las rocas blancas, lisas y grandes: pronto me imaginé para qué servirían. Antes de acercarnos a ellas tropezamos por enésima vez: me sostuvo atrayéndome hacia él y acercándome a su rostro, nos rozamos los labios sin besarnos, oliendo nuestros olores y escuchando nuestra respiración. Y entonces empezamos a comérnoslos, chupándolos y mordiéndolos. Nuestras lenguas se encontraron: la suya era cálida y blanda, me acariciaba por dentro como una pluma, pero me sofocaba. Los besos se pusieron al rojo vivo, hasta que me preguntó si podía tocarme, si era el momento. Sí, respondí, es el momento. Se cortó cuando descubrió que no llevaba bragas y se quedó quieto, inmóvil por unos segundos ante mi carnosa desnudez. Pero después percibí las yemas de sus dedos que frotaban el volcán en explosión. Me dijo que quería degustarme.

Me senté en una de esas enormes piedras y su lengua acarició mi sexo como la mano de una madre acaricia la mejilla de un recién nacido: despacio, con dulzura; el placer era inexorable y continuo, denso y frágil al mismo tiempo. Me derretía.

Se levantó y me besó y paladeé mis propios humores en su boca: eran dulces. Ya le había rozado el miembro varias veces y lo había sentido tieso y apretado bajo los vaqueros. Se desabotonó y me ofreció su pene. No, nunca había estado con un hombre circunciso, no sabía que el glande ya estuviera fuera. Se presenta como una punta lisa y suave, a la cual me era imposible no responder de rodillas.

Me levanté y, acercándome a su oído, le susurré:

-Fóllame.

Mi lengua serpentina lo había vuelto loco y, mientras me incorporaba, me preguntó dónde había aprendido a mamar de ese modo...

Me dijo que le diera la espalda, con las nalgas bien a la vista. Primero se detuvo a observarlas y este gesto suyo me pareció extravagante, pero su mirada clavada en mis redondeces me excitó muchísimo. Esperé el primero golpe con las manos apoyadas en la piedra fría y lisa. se acercó y apuntó a la diana. Le pedí que me describiera, que le diera un calificativo a la manera en que me estaba ofreciendo a él: una putita que no tiene fin. Lancé un gemido de asentimiento que él acompañó con un golpe bien asestado, seco. Luego me solté de aquel puzzle agradable y mirándolo, deseosa de volver a sentirlo dentro, le dije que si esperábamos unos minutos antes de apoderarnos el uno del otro, se intensificaría nuestro placer.

-Vamos al coche -le dije-, estaremos más cómodos.

Cruzamos de nuevo el laberinto oscuro, pero esta vez ya no tenía miedo, mi cuerpo estaba atravesado por mil duendecillos que se divertían persiguiéndome y haciéndome sentir, por momentos, angustiada y, por momentos, eufórica, en una euforia inasible. Antes de subir al coche volví a observar los nombres escritos en el portón y sonreí dejando que él entrara primero. Me desvestí en seguida, completamente, quería que cada célula de nuestro cuerpo y de nuestra piel entrara en contacto con la del otro e intercambiasen sensaciones nuevas, exaltantes. Me puse encima y comencé a cabalgarlo con vehemencia dándole golpes suaves y rítmicos alternados con golpes secos, duros y severos. A fuerza de lamidos y besos lo hice gemir. Sus gemidos son agujas de muerte: pierdo el control. Es fácil perder el control con él.

-Somos dos amos -me dijo, y preguntó:- ¿cómo haremos para someternos al mismo tiempo? ¿Quién someterá a quién?
-Dos amos se follan y gozan recíprocamente- respondí.

Lo embestían embates incisivos y mágicamente aferré aquel placer que ningún hombre ha sabido nunca darme, ese placer que sólo yo estoy en condiciones de procurarme. Fueron espasmos por doquier, en el sexo, en las piernas, en los brazos, hasta en la cara. Mi cuerpo era una fiesta. Se quitó la camiseta y sentí su torso desnudo y velludo, calentísimo, en contacto con mi pecho blanco y liso. Froté los pezones contra quel descubrimiento maravilloso, lo acaricié con ambas manos para hacerlo mío del todo.

Descendí por su cuerpo y él me pidió:

-Tócala con un dedo.

Lo hice y, estupefacta, vi lagrimear su miembro; instintivamente acerqué la boca y tragué el esperma más dulce y azucarado que nunca haya probado.

Me abrazó durante algunos instantes que me parecieron interminables y tuve la impresión de poseerlo entero, completo. Luego, mientras estaba aún desnuda, me apoyó tiernamente la cabeza sobre el asiento. me quedé acurrucada iluminada por la luna.

Tenía los ojos cerrados, pero de todos modos sentía su mirada clavada en mí. Pensé que era injusto ponerme los ojos encima durante tanto tiempo, que los hombres no se conforman nunca con tu cuerpo, que además de acariciarlo, besarlo, quieren imprimírselo en la cabeza y que ya no se borre jamás. Me preguntaba qué podía sentir mirando mi cuerpo adormecido y quieto. Para mí no es necesario mirar, lo importante es comprender y esta noche lo he comprendido. Traté de reprimir una carcajada cuando lo oí farfullar lamentándose de no encontrar el encendedor y con los ojos aún cerrado y la voz ronca le dije que lo había visto volar del bolsillo de la camiseta mientras la tiraba en el asiento delantero. Se limitó a mirarme un mísero instante y abrió la ventanilla dejando entrar aquel frío al que antes no había prestado atención.

Luego, después de muchos minutos de silencio, dijo, echando el humo del cigarrillo:

-Nunca lo había hecho así, nunca algo semejante.

Sabía a qué se refería, sentía que aquel era el momento de los discursos serios que romperían o, por el contrario, reforzarían esta peligrosa, precaria y excitante relación.

Le apoyé la mano en el hombro y sobre la mano apoyé los labios. Esperé antes de hablar, aunque sabía exactamente las palabras que pronunciaría desde el primer instante.

-El que no lo hayas hecho nunca antes no significa que esté mal.
-Pero tampoco que esté bien -dijo, aspirando de nuevo.
-¿Y a nosotros qué nos importa el bien y el mal? Lo importante es que lo hemos pasado bien, que lo hemos vivido a fondo -me mordí los labios, consciente de que un hombre adulto nunca escucharía a una chiquilla presuntuosa.

En cambio, se volvió, tiró el cigarrillo y dijo:

-He aquí por qué me haces perder la cabeza: eres madura, inteligente y la pasión que llevas dentro no tiene límites.

Es él, diario. La ha reconocido. Mi pasión, quiero decir. Cuando me llevaba de vuelta a casa me ha dicho que era mejor que dejáramos de vernos como profesor y alumna, que ya no podría considerarme bajo ese aspecto y, además, él nunca mezclaba el trabajo con el placer. Le respondí que me parecía bien, lo besé en la mejilla y abrí el portón. Se quedó esperando hasta que entré.



Traducción de Juan Carlos Gentile Vitale.
Poliedro, 2003.

domingo, 5 de agosto de 2012

La Flor del Castaño. Marqués de Sade




Se supone, yo no lo afirmaría, pero algunos eruditos nos lo aseguran, que la flor del castaño posee efectivamente el mismo olor que ese prolífico semen que la naturaleza tuvo a bien colocar en los riñones del hombre para la reproducción de sus semejantes.

Una tiema damisela, de unos quince años de edad, que jamás había salido de la casa paterna, se paseaba un día con su madre y con un presumido clérigo por la alameda de castaños que con la fragancia de las flores embalsamaban el aire con el sospechoso aroma que acabamos de tomarnos la libertad de mencionar.

-¡Oh! Dios mío, mamá, ese extraño olor- dice la jovencita a su madre sin darse cuenta de dónde procedía-. ¿Lo oléis, mamá ... ? Es un olor que conozco.

-Callaos, señorita, no digáis esas cosas, os lo ruego.

-¿Y por qué no, mamá? No veo que haya nada de malo en deciros que ese olor no me resulta desconocido y de eso ya no me cabe la menor duda.

-Pero, señorita…

-Pero, mamá, os repito que lo conozco: padre, os ruego que me digáis qué mal hago al asegurarle a mamá que conozco ese olor.

-Señorita -responde el eclesiástico, acariciándose la papada y aflautando la voz-, no es que haya hecho ningún mal exactamente; pero es que aquí nos hallamos bajo unos castaños y nosotros los naturalistas admitimos, en botánica, que la flor del castaño...

-¿Que la flor del castaño...?

-Pues bien, señorita, que huele como cuando se eyacula.

sábado, 4 de agosto de 2012

Suzanne. Leonard Cohen



Suzanne te lleva
a su casa junto al río
Puedes oír el paso de las barcas
Puedes pasar la noche con ella
y sabes que está medio loca
pero esa es la razón por la que quieres estar allí
Te ofrece té y naranjas
que llegan de la lejana China
y justo cuando quieres decirle
que no tienes amor para darle
Ella te pone en su onda
y deja que el río responda
que tú siempre has sido su amante
y tú quieres viajar a ciegas
y sabes que ella confiará en ti
porque tú has tocado su cuerpo perfecto
con tu pensamiento.


Suzanne takes you down to her place near the river
You can hear the boats go by
You can spend the night beside her
And you know that she's half crazy
But that's why you want to be there
And she feeds you tea and oranges
That come all the way from China
And just when you mean to tell her
That you have no love to give her
Then she gets you on her wavelength
And she lets the river answer
That you've always been her lover
And you want to travel with her
And you want to travel blind
And you know that she will trust you
For you've touched her perfect body with your mind.

And Jesus was a sailor
When he walked upon the water
And he spent a long time watching
From his lonely wooden tower
And when he knew for certain
Only drowning men could see him
He said "All men will be sailors then
Until the sea shall free them"
But he himself was broken
Long before the sky would open
Forsaken, almost human
He sank beneath your wisdom like a stone
And you want to travel with him

And you want to travel blind
And you think maybe you'll trust him
For he's touched your perfect body
with his mind.

Now Suzanne takes your hand
And she leads you to the river
She is wearing rags and feathers
From Salvation Army counters
And the sun pours down like honey
On our lady of the harbour
And she shows you where to look
Among the garbage and the flowers
There are heroes in the seaweed
There are children in the morning
They are leaning out for love
And they will lean that way forever
While Suzanne holds the mirror
And you want to travel with her
And you want to travel blind
And you know that you can trust her
For she's touched your perfect body

with her mind.

jueves, 2 de agosto de 2012

Oculto vacío. José Manuel Vara y Begoña Grande + Crítica de Mery Caos


adelanto del libro Diosas de Burdeles de Almas (Neurótika Books)
Texto: Vara
Fotos performance: Begoña Grande
Crítica: María Góngora aka Mery Caos

Oculto vacío


La bañera escupe sangre hacia dentro,
siempre lo hizo;
de alguna manera aquella escena,
que ahora reproduzco hasta el más mínimo detalle,
forma parte del tejido neuronal de mi memoria;

Hoy me dispongo a regresar al trauma uterino,
hoy debo sumergirme de nuevo
en el líquido amniótico,
hoy quiero volver a experimentar lo que se siente
en el interior de la placenta,
hoy quiero encontrarme conmigo misma
o perder definitivamente la cordura.

Todas mis performance se basan en viejos traumas
anclados en lugares oscuros de mi cerebro,
silenciosos como oscuros pasajeros
de lagunas estigias particulares;

Conozco a la perfección cada centímetro cuadrado
de mi cuarto de baño,
con ese telón de fondo sensitivo que es el olor a humedad,
rancio como las traicioneras puñaladas de mil fracasos;

Cuento mentalmente cada ojo de cerdo
ensartado en el palo,
ritual fisiomecánico que responde a pulsiones internas
que me llevan a extremar el concepto de oralidad,
a destruir todos los conceptos aprendidos
desde pequeña;

Necesito experimentar algo similar a la repulsión,
notar el vómito fluyendo desde lo más íntimo de mí
después del acto cotidiano de la masticación
de algo ajeno a nuestros hábitos culturales:
masticación vómito, masticación vómito,
apreciando el sabor agridulce de la bilis
con hedor a dioses apestados y cosas muertas;

El peluche siempre estuvo allí,
jugando cruelmente a practicar regresiones de mi yo
a partes oscuras y violentas de mi niñez,
es por ello que planeé asesinarlo.

Asesinar a mi peluche predilecto
se convirtió en un acto obsesivo compulsivo
donde planificaba hasta el extremo el más mínimo detalle
de cómo se realizaría tal carnicería bizarra,
el peluche devorador de risas infantiles
con el ansia desbocada de un asesino en serie
días previos a su primer crimen;

El peluche del amor odio,
el peluche que quería masticar,
engullir,
tragar,
trozo a trozo,
pelo a pelo,
bocado a bocado
hasta ahogarme en él
obstruyendo mis vías respiratorias
en una apnea violenta,
escapando,
huyendo de una realidad hecha jirones,
cosidos de nuevo por modista ciega
aquejada de tuberculosis espiritual;

Me hundo con él en el agua turbia de la bañera,
con su textura malsana acariciando mi piel desnuda,
me hubiera gustado que alguien entrara de repente
y me hubiera follado allí mismo,
en el fondo abisal de mi infancia
y que me hubiera incrustado el peluche en mi vagina
mientras su polla se me atragantaba
en la garganta
y, luego, al final, me daría la vuelta como despojo humano,
y mientras el agua inundaba mi boca y mis fosas nasales
su miembro erecto navegaría por las entrañas de mi recto,
buscando, quizá, un oasis cuajado de excrementos;
y luego la nada,
el vacío,
el ahogamiento definitivo
mientras azotaba mis nalgas
con correa de padre violento,
castigándome por haber sido mala,
una niña muy mala
y luego me quedaba sola,
perdida en un mar minúsculo
de agua helada,
entre mi propia sangre, mi propia mierda
y filamentos amorfos
de semen coagulado adherido a mi piel,
a mi oscuridad,
a mi negación,
a mi abismo personal de locura contenida,
a mi realidad absurda,
a mi peluche asesinado con cuchillo de cocina
oxidado,
como los recuerdos de los amantes que nunca fueron
nada sincero,
sólo usureros emocionales
que me hicieron mutar en marioneta catatónica,
adicta al odio y a la metanfetamina,
y a la marihuana, y al alcohol en noches agrias
de bilis y rabia,
y a la ketamina,
y a la cocaína,
y al cristal cuando me apetecía visionar colores imposibles
dentro de uno de mis tantos cerebros paralelos
y a escapadas neuronales por el DF
en noches donde los demonios andaban sueltos
copulando con mentes-vagina
en trastiendas de luz mortecina
y olor a pescado en descomposición,
y a todo tipo de sustancias
que supusieran subir un peldaño más
en la escalera de la autodestrucción
así era yo desnuda ante la bañera,
la vieja bañera que escupía sangre hacia dentro,
como si tuviera el don de la menstruación,
menstruación dolorosa y vengativa,
como poso ranció de amantes asesinados
por sueños mutilados de pasión enrarecida;

Y me fascina mi propia imagen,
ensangrentada,
mirándome desde el espejo que filmo inconscientemente
con la cámara de vídeo digital que sostengo en la mano
me miro,
me analizo,
me observo,
y me doy cuenta de que algo anda mal
dentro de mi cabeza.
Enfoco al suelo:
sangre desparramada
sobre mis pies desnudos,
y tomo conciencia de que hoy aún no he follado;

Muchas horas pensando en esto: pelo mojado
y olor a humedad enganchado en el cuello,
silencio abisal,
un peluche flotando muerto en la bañera,
la imagen estática de un niño llorando,
quizá mi propio hermano o yo misma vestida
con ropas de niño,
entonces y sólo entonces decido cerrar los ojos
y hacer un desesperado fundido en negro
mientras dejo que la cámara siga grabando















La crítica constructiva que sigue es de María Góngora o Mery Caos, mi compañera en este dulce y amargo viaje de DIOSAS DE BURDELES DE ALMAS:


    • Vale, ya lo he releído un par de veces más, y antes de que se me olviden las cosas, voy a decirte lo que me parece. Espero no tomarme demasiada confianza al hacer esto que voy a hacer. Me pides mi opinión, y te la doy. A veces peco de ser demasiado sincera. Espero que no te moleste.

      Intuyo que las im
      ágenes forman parte de un vídeo performance. Me gusta la idea de que te pongas en la piel de la autora y "poetices" sobre el tema. Pero quizá sea demasiado explicativo, que no explícito. Es decir: si tenemos las imágenes, hay cosas que quizá no haga falta nombrar en el texto. Yo me centraría en "lo de dentro" y quitaría lo que ya vemos, si no todo, una parte.

      He mandado mis textos a algunas personas y tambi
      én he participado en veladas en las que leíamos y comentábamos nuestra poesía. De estas sesiones he aprendido lo que yo no veo en mis propios textos. También, los errores que cometía y sigo cometiendo a la hora de escribir un poema. No quiero decir con esto que haya que seguir siempre unas reglas, pero sí que a veces esas reglas ayudan al que escribe, y sobre todo, al que lee, a comprender y empatizar con lo que queremos contar.

      Hay cierto exceso de adjetivos y de conectores en el texto y eso hace que en algunos versos, resulte un tanto "pesado". Yo aliviar
      ía el ritmo, quitando comas y poniendo más puntos. Ayuda al lector a "respirar" y poder ir asimilando lo que está leyendo. El esceso de conectores se puede permitir en la prosa, pero en el verso, pesa demasiado y parece que estamos en una "lista de la compra" No se si me explico bien o me estoy pasando de la raya. (espero que no, joder!)
    • el exceso de adjetivos a veces hace que el verso se vuelva demasiado pesado y se pierda la imagen que queremos transmitir. Muchos son necesarios, es cierto, pero otros, podemos prescindir de ellos.

      El texto est
      á bien ordenado, comienza muy muy fuerte, y te dan ganas de seguir leyendo. Después viene una sucesión de imágenes en las que quizá sobran algunos verbos. Si estamos hablando desde dentro, desde lo que se siente en esa bañera, no hace falta buscar imágenes demasiado enrevesadas para explicar lo que queremos. Es simple, y es fácil. Está ahí.

      Hay versos que me encantan:

      "ese tel
      ón de fondo sensitivo que es el olor a humedad,
      rancio como las traicioneras pu
      ñaladas de mil fracasos;"

      sin embargo, yo, por ejemplo, quitar
      ía el adjetivo "traicioneras" no me hace falta. Ya traición ya la marca el puñal. no sé si me explico bien.

      "el peluche devorador de risas infantiles
      con el ansia desbocada de un asesino en serie
      d
      ías previos a su primer crimen;"

      me parece una imagen perfecta, sin embargo, en los dos si
      guientes versos, vuelves a repetir "el peluche" y sabes? me da la sensación de que si buscaras otra palabra que no fuera esa, ganaría en fuerza la imagen. Si ponemos "animal" y ya tenemos la imagen del peluche siendo descuartizado por el cuchillo, estamos dándole más fuerza al texto, no crees? "Peluche" es una palabra difícil de encajar en un texto tan fuerte y violento como este. Es cierto que es un peluche, y que estamos regresando a traumas infantiles, pero lo tenemos en la imagen, ¿para qué más? Es mi opinión, solamente.

      Lo que viene despu
      és me encanta. Toda esa estrofa en la que ella recrea el sueño de que alguien la folle, es bestial. Y aún así, me sobra algún adjetivo.


      No s
      é. ME gusta mucho la idea. MUcho, mucho, pero creo que puedes darle una vuelta más.

      Espero que no te moleste mi "cr
      ítica constructiva" EL texto es bueno, muy bueno. No me extraña que te hayas inspirado así, porque las imágenes son brutales, y dan para un texto así.

      A ver si podemos charlar pronto y me cuentas qu
      é te parece lo que te he dicho.

      Un abrazo ca
      ótico.
Mery Caos