miércoles, 1 de agosto de 2012

Amor Manual (Fragmento) Ángel Muñoz






Receso

Aún fabrica seguridad.

Onanismo sin menosprecio aunque tú.








7 Feb 98

Fui capaz de simular
la pose de los curtidos.

Tatuar tu nombre
en el arcén.

Aprender a mentir
sobre mi experiencia
para sentirnos iguales.






Antes tu amiga

Insistíamos en predecir algo
que no tiene pautas.
Con el oficio de la piedra
interpuso sus dedos.

Después un montón de calderilla
desde cualquier parte.
El hábito de tu perfil a mi paladar.
Tu espalda de maceta.

Fragmento de Elogio del Proxeneta. Luis Miguel Rabanal


 


23 de abril
No soy capaz de acostumbrarme a aguantar acostado sabiendo como sé que la rúa está apacible y que la gente sospecha, por las pintas, que el perfume agobiante del calor será definitivo. Aunque establezca ordenar en perfecto estado de revista las cosas en mi mente, por escasos intervalos que asigne para finiquitar este cuaderno, yo no me postraré lo mismo que un cadáver reciente en su esquina de detritus. Superado el miércoles, es como si tuviera contados los segundos para abandonar el paquebote. Para colmo el páncreas y la gota, sendos hervideros de aguijones, y Laura que insiste en sonsacarme por qué no se le empina a D. si ella lo prepara bien y se limita a ejercitar con él satisfacciones antiestéticas que con anterioridad sí que resultaban. Complejo reflexionar así, incómodo descuartizar el recuerdo con los párpados cerrados y sin la dosis palpándome los bronquios para socorrerme en lo de retocar iconografías, entresacar nombres propios del baúl o cruzar los dedos si, irrevocablemente, se nos ha ido a pique la ganancia. Alguna vez la derrota no tendría que ver con el cinismo, sino con la sinceridad inconsolable puesto que en la boutique del pan se nos machucó Betty con jarrones y desmayos. ¿Embarazada de Cluck? Sobre el alféizar emplazan coronas de azaleas y es la señal: se inclinan a sugerirme de esta guisa que me queda poco poco poco poco poco poco.

24 de abril
Espléndida la mañana, espléndido mi humor, espléndidos los ojos que me atisban cuando asiento los capítulos de precios sin la tortura de las onerosas fechas precedentes. Presuntuoso comprobar cómo, por desgracia, de la más horripilante negrura se deriva una fluorescencia que llamaríamos interminable por lo abstrusa y bien venida, o por lo borde, y cómo a traición nos sobrecoge blandamente el cerebelo. Dormí ceñido al vientre liso de Belar y por casualidad me encuentro con un ser privilegiado que no soy yo. O que sí soy yo, depende; quizá la polinización que me genera una alergia irrisoria y me ataca como a Azucena, una becaria de Campo Nubes con la que me codeo, ese algodón que flota sin piedad ante el cenador y, al desbandarse, me obsequia horas, acaso todo un día, de plenitud, de desahogo. Belarmina trepó a mi mesa, me liberó de la boina y a horcajadas de mi cuello se le escapó musitar abuelito dime tú y chúpate eso. Como broche, me lavó en silencio entre los muslos, me mordió los labios, me la meneó con la exasperación de un demonio inconmovible y arrasado, pobló mi noche de esperanza en la Humanidad mediante argucias exquisitas. Reposamos como dos novios resentidos y gentiles. Ahora le agradezco desde aquí mi salvación y me aturdo con los ruidos de la calle, tan diferentes a los pestañeos sigilosos de la Sal, y me encierro a releer la voluminosa monografía dedicada al Bakunin presenil en la que me topo con soflamas en el margen. A ver si así tiene sentido alimentar la vida, pegar saltos en la planta baja con las nenas al anochecer y detallarle al desamor que ese cuerpo que no nos relega pese al maltrato del dolor y de la angustia es acomodaticio...

S.M. me llama por el walki. El pretexto, requerirme más perseverancia en el negocio ya que no ignora que los plazos últimos han concurrido erróneos, rezagados como tranvías en desuso sobre vía muerta. Me conmina a cumplir con la responsabilidad juramentada de prodigar placer a los asiduos aun hallándome a la sazón gravísimo. Que no se me inmiscuya. Y que se instale en los tocadores del Averno, su club de segunda categoría o de tercera, a meterse con Marcia y Rodrigo, sus apuestas guardaespaldas. No obstante, para esta medianoche se nos ha oficiado la cita de supervisión a nuestro Gran Burdel del señor Ministro sin Cartera. Charlotte deambula atareadísima permutando las alfombras iraníes, vaciando de colillas los ceniceros e introduciendo en la maquinita expendedora condones de frutas, de pinchos, de colores. Un personaje tarambana y depravado. Y sus propinas, por lo que ellas divulgaron por la tarde, la mar de envidiadas. Se intuye la noche amable, jodedora...

25 de abril
Mañana estrenaré cuaderno porque transcribo las líneas finales, las que me ocasionan más quebranto abdominal. Cada uno que completo me provee de un tedio escrupuloso que rechazo. Es la vida que transcurre y culmina con atributos de indecencia, labios amoratados y murga para la capitulación. A la memoria le sucederá el Sanatorio donde embeberse de presencias, sobre una nota en blanco se trocarán pronto en amago de ignominia. En una palabra, eclecticismo. Pero mientras se proclama y no se proclama el corolario, testimoniar que hoy vuelve la lluvia a concretar la perspectiva que me sobrevive, y la tos ferina, otro desaire personal con mi desánimo, y hay niños en el pasaje comercial que sollozan como una expiación que ya no sirve. Reaparecen la lluvia y la oscuridad a inundar las serosidades de mis ojos y presiento más mañanas y más noches de indeterminación. El pajarraco apenas ya si habla, es más que creíble que a causa del desprendimiento de retina. O por fimosis. Las cocotas prolongan su letargo a solas con sus orgasmos preteridos. Y yo, yo estoy magníficamente huérfano... Qué descorazonador es todo.

Luis Miguel Rabanal
De "Elogio del proxeneta", Ediciones Escalera, Col. Trayectos, Madrid 2009

Entonando el Mea Culpa a Golpe de Latido. Ana Patricia Moya


-->
Tamara de Lempicka


Me ofreciste una cama azul
de sábanas desgastadas
- demasiado sudor ajeno -,
tus hormonas desbocadas
- un parpadeo, y mis bragas,
en el suelo -
e infieles,
- compartidas extraoficialmente -,
una correa para retenerme
- en caso de emergencia
por falta del polvo de turno,
tirar fuerte de la cadena -,
tu acento pegajoso, tu saliva impura,
tus cartas y poemas de corta y pega
- trampa perfecta para princesas desorientadas -,
tu patriotismo ególatra
- tú, tú, tú, y sólo tú -,
tu exquisita colección de corazones fragmentados
y coños saboreados con avaricia,
un diccionario plagado de dobles sentidos,
una miserable cajita con cuatro tonterías…

y una herida que supura
cada vez que desempolvo la poca correspondencia
que se salvó de la quema,
pruebas que conservo para rememorar
mi entrega absoluta a lodo biológico,


para no olvidar jamás que yo soy dolor.



(Del poemario inédito “Perra”)



martes, 31 de julio de 2012

Love Poem. David González




y       creo que explotaban
         bombas
         no sé dónde:
         mientras pensaba en ti:

         me escribe Musa en un e-mail:

         mi chumino: desesperado:
         las bragas: chorreando:
         tan , pero tan mojada
         que no me podía ni vestir:

y       luego: en mi buzón: su voz:

        acabo de masturbarme:
        se me aparecían muchas caras:
        pero yo solo buscaba la tuya
y      con ella me he corrido:

        gritando tu nombre
        por encima de las infernales
        detonaciones de aquellas bombas
        que explotaban

        ya sé dónde:



David González, 2012.

Para mi trisílaba. Jorge M. Molinero



Compras zapatos en rebajas,
yo hago un poema de cada polvo no echado.
Cada uno masturba como puede las ganas.

J. Malone Miller

Roy Stuart


Ya ves:
yo te necesitaba
como recipiente, caduco
después de la lefa.

Tú querías mis brazos,
la ternura rosa de un silencio
donde mitigar la ausencia del humo.

Ya ves, tan distintos que
la dureza lacerante
de mi cuerpo afligido envidió
la ingravidez de los agujeros
negros en los versos boca a boca
entre Ginsberg y Kerouac.


Mi Coche. Antonio Díez

Roy Stuart


me dijiste
con mi semen todavía resbalando por tu espalda
que ya no nos veríamos
más

mientras yo
me limpiaba la polla con un trapo
y miraba absorto la ventana
pensando dónde
dónde
había aparcado


Mallorca. Anaïs Nin



Veraneaba yo en Mallorca, en Deyá, cerca de la cartuja donde se hospedaron George Sand y Chopin. A primera hora de la mañana, a lomo de asno, recorríamos el duro y difícil camino hasta el mar, montaña abajo. Nos llevaba alrededor de una hora de lento esfuerzo por senderos de tierra roja, pisando rocas y traicioneros guijarros, por entre olivos plateados, hacia las aldeas de pescadores, simples barracas apoyadas en la ladera de la montaña.

Todos los días bajaba a la cala, donde el mar penetraba en una pequeña
bahía redonda, de tal transparencia, que podía sumergirme hasta el fondo y ver bancos de coral e insólitas plantas acuáticas.

Los pescadores me contaron una extraña historia. Las mujeres mallorquinas
eran muy inaccesibles, puritanas y religiosas. Cuando se bañaban, llevaban
anticuados trajes de largas faldas y medias negras. La mayor parte de ellas no
creía en absoluto en las virtudes del baño y lo dejaban para las desvergonzadas veraneantes extranjeras. También los pescadores condenaban los modernos bañadores y la conducta obscena de las europeas. Decían de ellas que eran nudistas, que esperaban la menor oportunidad para desvestirse por completo y echarse al sol desnudas como paganas. También miraban con desaprobación los baños de medianoche introducidos por los americanos.
Una noche, hace varios años, la hija de un pescador, de dieciocho años,
caminaba a la orilla del mar, brincando de roca en roca, con su vestido blanco
ceñido al cuerpo. Paseando así, soñando y contemplando los efectos de la luna
sobre el mar, con el suave chapaleo de las olas a sus pies, llegó a una recoleta
cala donde se dio cuenta de que alguien estaba bañándose. Sólo podía ver una
cabeza que se movía y, de vez en cuando, un brazo. El bañista se encontraba muy alejado. La joven oyó entonces una voz alegre que la llamaba:

–Ven y báñate. Es maravilloso. –Estas palabras fueron pronunciadas en
español, con acento extranjero. La voz la llamó–: ¡Eh, María! –Era alguien que la conocía. Debía de tratarse de una de las jóvenes americanas que se bañaban allí durante el día.
–¿Quién eres? –preguntó María.
–Soy Evelyn. ¡Ven y báñate conmigo!

Era una tentación. Podía despojarse fácilmente de su vestido blanco, y
quedarse en camisa. Miró a su alrededor. No había nadie. El mar estaba en
calma, manchado de luz de luna. Por primera vez, María compartió la afición de las extranjeras por el baño de medianoche. Se quitó el vestido. Tenía el cabello largo y negro, cara pálida y ojos rasgados y verdes, más verdes que el mar.

Estaba bien formada, de pechos erguidos, largas piernas y cuerpo estilizado.
Sabía nadar mejor que cualquier otra mujer de la isla. Se deslizó en el agua e
inició sus largas y ágiles brazadas en dirección a Evelyn.

Evelyn buceó, salió a flote y la agarró por las piernas. Estuvieron jugando
dentro del agua. La semiobscuridad y el gorro de baño de Evelyn hacían difícil
ver su cara. Las mujeres americanas tenían voces como de hombre.

Evelyn forcejeó con María y la abrazó bajo el agua. Ascendieron para
respirar riendo, y nadaron indolentemente, separándose y volviéndose a reunir.
La camisa de María flotaba en torno a sus hombros y estorbaba sus movimientos, hasta que se desprendió y María quedó desnuda. Evelyn se sumergió y la tocó jugando, forcejeando con ella y buceando por debajo y por entre sus piernas.

También Evelyn separó sus piernas para que su amiga pudiera bucear entre
ellas y reaparecer por el otro lado. Flotando, dejó que María pasara bajo su
arqueado trasero.

María advirtió que también Evelyn estaba desnuda. De pronto, sintió que ésta
la abrazaba por detrás, cubriendo todo su cuerpo con el suyo propio. El agua
estaba tibia, como un lujuriante almohadón, tan salada que las llevaba,
ayudándolas a flotar y a nadar sin esfuerzo.

–Eres hermosa, María –dijo la profunda voz, y Evelyn mantuvo sus brazos en
torno a la muchacha.
María quiso alejarse flotando, pero la retenían la calidez del agua y el roce
constante con el cuerpo de su amiga. Se relajó, aceptando el abrazo. No sintió los pechos de Evelyn, pero recordó que había visto mujeres americanas que no los tenían. El cuerpo de María languidecía y quiso cerrar los ojos.
De pronto, lo que sintió entre las piernas no era una mano, sino otra cosa,
algo tan inesperado y turbador que gritó. No era Evelyn, era un hombre, el
hermano menor de Evelyn, que acababa de deslizar su pene erecto entre las
piernas de María. Esta chillaba, pero nadie la oyó, y su grito fue sólo una reacción que le habían enseñado a esperar de sí misma. En realidad, el abrazo le pareció tan arrullador, cálido y placentero como la misma agua. El mar, el miembro y las manos conspiraron para despertar su cuerpo. Trató de alejarse nadando, pero el muchacho nadó bajo ella, la acarició, le agarró las piernas y la atrapó de nuevo por detrás.

Forcejearon en el agua pero cada movimiento la afectaba más, hacía que
notara más el otro cuerpo contra el suyo y las manos sobre ella. El agua hacía que sus senos se balancearan adelante y atrás, como nenúfares flotando. El se los besó. Con el constante movimiento, no podía tomarla, pero su miembro tocaba una y otra vez el punto más vulnerable de su sexo, y María sentía cómo se esvanecían sus fuerzas. Nadó hacia la orilla, y él la siguió. Cayeron sobre la
arena. Las olas seguían lamiéndoles mientras jadeaban, desnudos. Entonces, el
hombre tomó a la mujer, y el mar llegó hasta ellos y lavó la sangre virginal.

A partir de aquella noche se encontraron a la misma hora. La poseyó en el
agua, bamboleándose y flotando. Los movimientos de sus cuerpos gozosos al
compás del oleaje parecían formar parte del mar. Encontraron un repecho en una roca, y allí permanecieron juntos, acariciados por las olas y estremeciéndose en el orgasmo.

Cuando iba a la playa de noche me parecía verlos, nadando juntos, haciendo
el amor.