viernes, 23 de mayo de 2014

Beatriz y los cuerpos celestes. Lucía Etxebarría.

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Mónica sabía que en el colegio nadie le perdonaba su promiscuidad. Tuvo que enfrentarse con millones de malas caras e indirectas. Pero no le importaba. Mi cuerpo es mío, decía, y había algo en la ensayada intensidad de esa cursiva hablada con que cargaba el posesivo que la imponía por encima de sus atacantes. ¡Cuánto la admiraba yo entonces…!

Pero en realidad Mónica, tan independiente en apariencia, vivía a través de otros. (Y otros vivían a través de ella, yo incluida). Porque Mónica no entendía la vida si no era en pareja: nunca estaba sola. Pero vivía la pareja según sus propias ideas: se trataba de relaciones basadas en la competitividad antes que en la cooperación, en el parasitismo antes que en la intimidad. Yo era su amiga, sus novios eran sus novios. Nada que ver. Arreglaba todas sus diferencias con ellos a base de sexo. Negociaba todas sus relaciones haciendo el amor. Su cuerpo era su moneda de cambio. Yo era virgen, entonces, y esperaba grandes cosas del sexo. Creía que algún día, si llegaba a conocerlo, sería algo así como una especie de acontecimiento milagroso que me abriría las puertas de la percepción. Mónica, al contrario, no esperaba ya nada, nada especial ni desconocido podían depararle su cuerpo y los hombres con los que se acostaba. Había despojado aquella ilusión del misterio prometido y la incluyó en la categoría de lo simplemente esperado, convirtiéndola trivial y vulgar, como un partido de fútbol.

Pero no creo que en realidad disfrutara tanto del sexo, a pesar de que lo probó en todos sus modos y maneras. Mientras yo aún era virgen, ella lo había hecho en coches y portales, en aceras oscuras y en el teleférico. Y había probado sexo oral, la postura del perrito, las luces rojas y la lencería cara. Vivía una vida empeñada en añadir sal y pimienta a la experiencia del coito. Pero seguía aburrida. Desde la cólera de su deseo, aquella necesidad de controlar y poseer, nunca le escuché referirse con cariño a ninguno de sus amantes. No podía existir el cariño en la sordidez de aquellos trepidantes polvos de diez minutos, de aquellos encontronazos saldados a trompicones que se recordaban más tarde desde los cardenales y los arañazos. Ahora que soy mayor y revivo desde la distancia aquellas historias que ella me narraba, creo que ella entendía por sexo, violencia; por amor, sexo; y por dominio, amor.

 Muchas mujeres educadas como católicas han tenido la sensación de que era urgente cometer pecados y se han pasado años encadenando aventuras. Quizá ella era así, quizás caminaba por el mundo llena de esperma, sintiéndose carnal, quizás el sexo se convirtió en una experiencia mística que era una gracia de los hombres, lo mismo que a santa Teresa de Ávila era Dios el que le concedía el éxtasis. Yo no puedo saberlo, sólo puedo imaginarlo, pero estoy casi segura de que ella se empeñaba en acumular hombres por pura rebeldía, no por verdadero deseo.

Yo la deseé siempre, y cuando ella me relataba sus aventuras sentía crecer en mí una especia de tronante torbellino interior, una mezcla de celos y de excitación. Sus ojos negros me enviaban oscuros mensajes sin palabras que yo intentaba deletrear como una párvula esforzada. La miraba y sentía cómo el deseo me echaba un balón llamándole a jugar con Mónica. Pero siempre me la encontraba mirando a otro lado con ojos ávidos.


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